Relato de un náufrago


 

a

A las cinco de la mañana sonó el despertador. Mis buenos amigos me llevaron muy temprano hasta el aeropuerto de Inverness. Aún tuve tiempo de ver algo de amanecer antes de marcharme de la hermosa Escocia. Sentí cierta angustia por todos los acontecimientos que se habían precipitado de repente. Era como si estuviéramos afrontando el inicio de la tercera guerra mundial y tuviera que volver precipitadamente a casa, al frente. Esa era más o menos la sensación que tenía por dentro. Llegué a Londres y cogí un autobús. Por un descuido, estuve casi seis horas subido en autobuses, recorriendo de forma graciosa tres aeropuertos londinenses. Por fin llegué a mi destino, donde iba viendo por las pantallas a medida que pasaban las horas como se iban cancelando los vuelos hacia Italia o España.

Por suerte mi vuelo no se canceló. Era el último avión para España y era de las últimas plazas que quedaban. En el avión había un ambiente excesivamente cargado. Todos habían dejado algo. No era un vuelo normal, y eso se percibía en el olor, en las caras angustiadas, a veces de miradas desconfiadas por si alguno fuera portador del coronavirus. El avión llegaba muy tarde a España y había pedido a varias personas que me recogieran a mi llegada. Pero había demasiado miedo a salir. Se había decretado el estado de queda y no era recomendable ningún tipo de desplazamiento. De repente me sentí como un náufrago perdido en una gran deriva. Solo ella se atrevió, atravesando media Galicia para ir en mi búsqueda. Cuando el avión aterrizó, una chica lloraba porque la policía había impedido a su novio ir a recogerla. El miedo se extendió entre los pasajeros porque no sabíamos qué nos esperaba a la llegada.

Quedé con ella a las afueras del aeropuerto. Tenía miedo de que la policía la interceptara y le impidiera llegar. A la salida había un control policial, pero tuve la sensación, al ver la sonrisa de los policías, que nos recibían como héroes. De alguna manera, habíamos renunciado a algo para estar entre los nuestros. Me alegró mucho el recibimiento policial, y la sonrisa amable y sincera, cómplice, de ese agente que nos atendía con cierto cariño mientras nos pedía la documentación. Hubo una bonita reconciliación humana.

Salí con algo de miedo a las afueras. No sabía qué me iba a encontrar y caminé con cierta ansiedad hasta la rotonda donde habíamos quedado. Ella apareció como una heroína que rescataba a un náufrago. De repente la miré y sentí un profundo agradecimiento, un profundo reconocimiento a su valentía, a su generosidad, a su valía. Alguien había arriesgado algo de sí misma en sacrificio por otro. Era solo un gesto, pero para mí, era algo más que eso. A los pocos kilómetros, ya aparentemente a salvos, paramos el coche en la cuneta y salimos para abrazarnos, como hacen esos enamorados que se besan con desesperación en tiempos de guerra. Fue un momento hermoso y emocionante, significativo, revelador.

Llegamos a las dos de la mañana después de casi veinte horas desesperadas para llegar a casa. Me embriagaba una sensación de cumplimiento con cierto deber, sin saber de qué deber se trataba. Al menos una sensación de alivio por estar en casa, en la pequeña cabaña, abrazado al destino que siempre une aquello que parece inevitable. Vivir un tiempo extraordinario, experimentar grupalmente una vivencia que jamás hubiéramos imaginado, resultaba algo más que sorpresivo.

Y ahora la incertidumbre. Hoy me tiré todo el día, aún con el cansancio bajo los pies, viendo la situación empresarial. Ni un solo pedido en días, ni un solo ingreso. Gasté lo último que quedaba en comida para un mes. A partir de ahora todo es incertidumbre, supongo que algo así como suspensión de todos los pagos y cancelación de todo tipo de compromisos económicos. Las obras en la casa quedaron sin terminar, los libros en el aire y la vida enseñándonos sobre lo esencial y verdaderamente importante.

Me quedo con el acompañamiento, con el abrazo a las afueras del aeropuerto, por el compromiso renovado, con la esperanza de que esto puede ser una oportunidad para hollar el mundo nuevo, o al menos, para poder imaginarlo, soñarlo. Me quedo con nuestra vulnerabilidad, con nuestros miedos, pero también con los actos heroicos de todas las personas que están dándolo todo estos días, me quedo con la esperanza. También con la sonrisa amable del agente de policía al recibirnos en el aeropuerto. Éramos quizás los últimos. Éramos los que preferían enfrentarse a lo que venga de frente, en casa. Me quedo, por supuesto, con el abrazo de mi particular héroe. Agradecido, eternamente agradecido.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s