La reorientación del dinero con fines éticos y espirituales


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© Alain Baumgarten

 

Una conocida empresa tecnológica ha perdido en los últimos meses cerca de cinco mil millones de euros por la crisis del coronavirus. Si tenemos en cuenta que su facturación puede rondar los sesenta mil millones de euros ¡¡al trimestre!! podríamos pensar que las pérdidas pueden llegar a ser peccata minuta. Con cerca de doscientos mil millones de euros en efectivo, uno nunca podría imaginar todas las cosas de bien que se podrían hacer con tanto dinero.

En la pequeña empresa editorial no sabría decir aún si los efectos van a ser devastadores. La empresa no tiene dinero en efectivo, pero tampoco un exceso de deudas. Una de las premisas que pensamos antes de lanzarnos a la aventura empresarial fue a costa de no endeudarnos con ningún banco. Eso permitió que nunca creciéramos en facturación, a cambio de la libertad de ir editando libros de escaso o nulo valor comercial, pero sí de un gran valor espiritual. Por suerte solo debemos unos pocos miles de euros que quizás podamos afrontar poco a poco en un futuro. Por suerte esto nos permite seguir adelante con nuestra labor cultural y espiritual.

La editorial siempre funcionó más como una ONG que como una empresa. Si tiene algo de dinero intenta ayudar a otros. Si tuviera remanente suficiente contrataría a personas que necesitaran un puesto de trabajo. Eso sería ideal, sobre todo para no soportar totalmente el peso de la gestión de una pequeña empresa y toda su propia y misteriosa logística.

Los mil euros asignados de nómina suelo administrarlos de forma austera. No es mucho dinero pero con eso voy supliendo mis necesidades más básicas. Vivir en una humilde cabaña tiene que tener alguna ventaja. Con esa pequeña asignación pago algunos caprichos. Entre ellos algunos viajes como los de ahora. Mis vacaciones suelen ser voluntariados. Unas semanas en Ginebra al año encerrado en una hermosa oficina llena de libros esotéricos es mi forma de disfrutar de un merecido descanso. Trabajar ocho o nueve horas diarias editando libros de mística durante tres semanas al año es mi forma de desconectar del mundo. A veces también marcho a Escocia, a la comunidad de Findhorn. Una semana al año es suficiente. Allí suelo escribir, reeditar libros agotados o poner al día asuntos de la fundación, del proyecto o de la propia editorial. La austeridad del resto del año me permite estos escenarios. No tener vicios tiene sus ventajas. La austeridad tiene sus recompensas.

El año pasado terminó económicamente sin excesos pero bien, y este año, gracias a la infinita generosidad de buenos amigos, las cuentas de la editorial se han estabilizado, lo cual he aprovechado a su vez para apoyar a otros. Al menos hasta septiembre, momento en el que volveremos al reto acostumbrado. Por otro lado, la fundación parece que está cumpliendo con su propósito. La casa de acogida está casi lista, a pesar de que hoy, aprovechando mi ausencia, hubo una rebelión de los obreros que amenazan con no seguir trabajando si no les adelanto algún dinero más. A pesar de que estos dos meses hemos sido puntuales en los pagos, es verdad que las dos últimas semanas hemos pinchado y eso ha creado un cierto pánico que ha coincidido con mi marcha. Veremos a ver cómo termina el aglomerado de acontecimientos.

Esta mañana realizábamos en grupo la meditación para la reorientación espiritual del dinero. Si esas meditaciones consiguieran que todos los recursos que se gastan al año en armamento pudieran ser reorientados para fines pacíficos, para cultura, para educación, para convivencia, el mundo sería otro. En mi pequeño negocio, por llamarlo de alguna manera, ocurre precisamente eso. Todos los recursos son reorientados no para fines egoístas, sino para compartir, para crear lugares de convivencia donde el mensaje de la cultura de la paz permeabilice cada vez a más consciencias. Si consiguiera más recursos, la proporción sería la misma. Crearía más lugares donde personas pacíficas y orientadas espiritualmente pudieran llevar a cabo labores de servicio, de estudio y de meditación. El reto en estos días es encontrar vocaciones, personas realmente orientadas al servicio y con deseos de desentrañar los misterios que se engendran en comunidad. La iniciación grupal será lo que validará los nuevos tiempos, y será el grupo, y no el individuo, el que gestará los cambios para la nueva era que viene.

Supongo que en los próximos años deberé prestar más atención no solo a la reorientación del dinero con fines espirituales, sino a su correcto desarrollo. En un cenobio moderno veo necesario que los escribas sigan editando libros imprescindibles de la tradición, de la sabiduría perenne, para que esta siga en la cadena áurea. En ese sentido la editorial ya está madura para seguir con esa labor. También la construcción del templo requiere proeza y dedicación. Nuestro pequeño templo, llamado escuela, será la semilla de inspiración para el futuro.

Hoy los coordinadores de la Escuela en Ginebra nos invitaban a cenar una típica fondue suiza. En la conversación salía el tema inevitable de cómo se estaba desarrollando el proyecto de la futura Escuela en Samos. La preocupación va más allá de cómo reorientar el dinero para la consecución de su construcción. Este es un gran reto. Pero el reto futuro, y al que debo empeñar parte de los próximos diez años será el dotar de contenido útil lo que allí se vaya a compartir. Eso requerirá de mucha disciplina, contemplación, meditación, oración y silencio. También de mucho estudio añadido y de buenos colegas y aliados que deseen participar en esta pequeña utopía. Ese será el próximo reto vital. Un doctor en el estudio del ser humano, con un cierto bagaje, acompañado de excelentes aliados, algo, aunque sea modesto, podrá aportar. Que así sea.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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