La inconveniencia de la existencia


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Hoy paseaba con Geo hollando los caminos habituales. Llevaba botas de agua ya que por la mañana había nevado, por la tarde había caído granizo y el cielo amenazaba con lluvia. Paseaba alegre y despreocupado cuando divisé una senda que nunca había caminado. Sentí deseos de explorarla, o al menos, de asomarme hasta el alto de una colina adyacente para ver qué se divisaba. Llegué a lo alto y las vistas eran impresionantes. Montañas, valles frondosos, ríos que corrían de un lado para otro. Se despertó en mí el deseo de explorar y seguí caminando durante horas. Hacía frío y de repente, perdí la orientación. Había llegado lejos, pero me vi atrapado en el curso de un pequeño arroyo. Hubo un momento de desesperación al ver que la noche se echaba encima y el cielo empezaba a chispear leves gotas que caían tímidas en el rostro. Tardé una eternidad en salir del lío y llegué agotado a la pequeña cabaña. Por un momento me di cuenta de lo fácil que es perderse en la vida, y de lo fácil que es, ante un error fatal, abandonarla. Las caídas y los caminos imposibles me enfrentaron de nuevo a la preocupante aventura.

Esta experiencia me recordó a mi primera etapa intelectual. En esa época siempre me consideré un existencialista. Citaba constantemente a autores que leía con pasión y utilizaba en mis artículos de prensa escrita. Devoraba los libros de Sartre y especialmente del incombustible Ciorán. Era un enamorado de Kierkegaard y Nietzsche. Luego llegaron Heidegger y Camus. Al igual que Ciorán, me liberé de los garrotes de la nacionalidad y de las ideas, de propias y ajenas. No tener nacionalidad era, en un sentido amplio, el mejor estatus posible para un intelectual, pero también, como más tarde descubrí, una liberación profunda. Como Juan Sin Tierra vagué de un lado para otro. Mi pensamiento se estremecía con la podredumbre, con la mirada gris y atónita ante la inconveniencia del vivir. Ser existencialista era una forma de sobrevivir a la razón. ¿Cómo si no cuestionar el mundo? Sólo desde el pesimismo se podía soportar la levedad del ser, la inconmensurable incógnita de la existencia. La vida era una tragedia, sin más.

Un día, en mis años universitarios, escalando una gran montaña, sentí el roce de la muerte cerca. Tanto tiempo cuestionándome la vida y de repente aparecía en escena la posibilidad de morir. Aquella experiencia fue como un rito de pasaje. De repente abandoné la intelectualidad, la razón pura, el mundo de las ideas, y quise vivir y entender profundamente la existencia desde una confortable y sincera reconciliación. El sufrimiento existencial enfrentado a la muerte fue el antídoto para resucitar a la vida. El pesimismo existencial desapareció para siempre y la vida entró en mí. De alguna manera, como ya ocurrió con los cínicos de otro tiempo, la amargura era sublimada por la ironía, inclusive, por el deseo de abrazar afanosamente la vida desde el humor.

Por eso hoy pensaba que la contemplación de la vida como método de autoexistencia es imprescindible. También organizar la acción de forma que cada instante sea motivo de alegría, de belleza, de sublimidad. Para ello descubrí tres metalenguajes que ayudan a mejorar nuestra existencia. Uno de ellos es el silencio, la mera contemplación, el mero contacto con nuestra parte más sutil. El silencio, la meditación, inclusive la oración, son momentos de regocijo para el alma. La otra es la música. La música es un lenguaje cuasi divino, diría que angélico. Si los arcángeles se relacionan entre sí mediante arquetipos, los ángeles lo hacen mediante música. Por eso muchas veces se representan con algún tipo de instrumento musical. Los pitagóricos entendía bien ese significado profundo. Cantar es hablar el idioma de los ángeles, y por lo tanto, aspirar y evocar su mundo. El tercer metalenguaje tiene que ver con el cuerpo, con el amor a aquello que sostiene nuestras vidas. Un cuerpo sano, vivo, sincero, embellece la creación entera.

Por eso hace muchos años que dejé de pensar la vida y me aproximé al axioma existencial de vivirla, de aprender a vivirla. Tanto pensarla me agotaba, pero cuando empecé a experimentarla en todas sus complejidades y retos, empecé a entenderla realmente. Las dudas (existenciales) desaparecieron y entraron en escena respuestas contundentes. Empecé a entender el metalenguaje de la existencia, empecé a leer en los libros arquetípicos, empecé a saber sobre los susurros angélicos. Dejé de ser un intelectual, me rebelé ante lo inconmensurable y acerté a vivir viviendo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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