El nuevo mundo


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Podéis sugerir un nuevo advenimiento, una nueva venida. Podéis imaginar un reino que se alza entre montañas, entre cumbres violetas teñidas por perfúmenes imposibles. Podéis persuadiros en sueños, volcando toda la esperanza en la maraña de un renacer. Veo el miedo en vuestros ojos y me sumerjo en la explosiva necesidad de vencerlo. Aquí ya no hay miedo. Nos resignamos al destino, al inocuo velo que todo lo cubre. Nos desprendemos piedra a piedra de nuestro peso, de nuestro angosto orgullo. A cada esfuerzo le corresponde una lección que aboca al inconmensurable océano de la humildad. No puede haber miedo en un lugar que no tiene cerraduras, que no esconde nada, excepto aquello que es sagrado para todo aquel que lo pueda abrazar.

El nuevo mundo existe. Es un pequeño germen inseminado en nuestras consciencias. Es el mismo que ama por igual a todos los seres sintientes, que entiende la muerte como un proceso natural y sagrado, y por lo tanto, respeta hasta el límite toda vida. Es aquel que abandona la esclavitud de un tiempo para abrazar la libertad de la sencillez. El nuevo mundo germina en cada paso hacia la simplicidad. No es pobreza, es libertad. Pobre es aquel que ata su vida a diez mil cosas, que no sabe consagrar un minuto a la mera contemplación de toda la creación, que no es capaz de embriagarse y conmoverse con los detalles más extraordinarios de cada una de las cualidades ordinarias que nos rodean.

El nuevo mundo emerge en cada sonrisa, en cada comunicación amorosa, sencilla, locuaz. En cada abrazo, en esa caricia, en esa luz que los amantes desprenden cuando juntos realzan la brillantez del universo. Fijémonos en la belleza invisible del viento, en la profundidad de un ocaso o el desvelo de un arrumaco ofrecido fortuitamente. El Logos se conmueve con el amor. La Mónada se alimenta de centelleantes puntos de luz que crecen cuando se entregan a lo más profundo y bello de la vida.

El amor siempre es respaldado por la omnisciencia. Forma parte de uno de los tres aspectos que gobierna todo el universo. El nuevo mundo es un mundo amoroso, sensible, especialmente entregado al cortejo nupcial de cada mañana, de cada atardecer compartido, de cada noche abrazada. No se podría entender el mundo sin esa necesidad de unión, sin esa pertenencia a lo sublime, lo bello, lo hermoso. La perfección no es más que realzar una y otra vez el mimo por el querer, por el amar. Cada vez que se enciende una llama, se potencia la precipitación del nuevo mundo. Cada vez que el respeto, la tolerancia, la simpatía, la alegría o cualquier otra virtud se manifiesta, el mundo se transforma, inevitablemente.

El miedo desaparecería de entre nosotros si fuéramos capaces de amar en plenitud, en completo desapego, desde el buen humor, incondicionalmente. La lucha de egos se terminaría si las conversaciones nacieran de alma a alma, de espíritu a espíritu. Todos seríamos amantes si pudiéramos comunicarnos sin máscaras, sin orgullo, sin miedo. El nuevo mundo se manifestará cuando seamos capaces de ver al otro sin maquillaje. Cuando nosotros mismos vaguemos desnudos por las praderas incandescentes de la existencia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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