Que no llame Cupido, no se le espera


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© Chris Monette 

Mañana es un día bonito si le quitamos ese melodrama de lo material. El día del amor. Dicho así, dan ganas de lanzarse a esa piscina imaginaria. Pero uno se vuelve cauto con la edad, o con la experiencia. Cauto y precavido. Quizás por eso hace tiempo que no hablo de amor, de relaciones. También hace tiempo que no tengo amor, ni relaciones. Al menos no del tipo de amor y de relaciones que uno siempre imagina de forma romántica, duradera, consolidada. Hace casi dos años que algo se quebró en mí y desde entonces no he sido capaz de volver a recomponer nada. Mañana es San Valentín y supongo que Cupido pasará de largo, lo cual, en cierta forma, agradezco. Con un corazón congelado y una actitud nada favorable para imaginar bonitas escenas de amor, virgencita que me quede como estoy. Y realmente debo decir que estoy bien. Nadie diría, años atrás, que pudiera estar bien disfrutando de esta tranquila soledad, de este espacio interior que mantengo protegido. No echo en exceso nada de menos. Ni siquiera los abrazos nocturnos, ni los besos desenfrenados, ni la locura de perder la cabeza ante la belleza del otro, en este caso, de la otra, porque mira que sois bellas las mujeres. Sí, también los hombres, ya me entendéis.

No es que me sienta egoísta por no querer compartir nada con nadie, es que vivir perdido en una cabaña en mitad de un bosque en un paraje aislado no es una buena carta de presentación para nadie. Y menos si tienes oficio, pero poco beneficio. Un desastre para el ligue, o para la seducción mínima, a sabiendas que uno de los requisitos imprescindibles para ser un buen partido es ofrecer seguridad y a veces exagerarla. Y no me gusta eso de la mentira piadosa, ni de que otros se mientan con ideas que se fabrican por eso de tener un pasado de gloria o por un presente apasionante o bucólico. Lo siento pero esto es lo que hay, poca cosa si uno vive una normalidad agazapada en la seguridad.

Por un lado, pienso que esta peculiar situación mía también es una ventaja. Porque si alguien se acerca, y no se deja llevar por la neblina de lo aparente, ni por la ilusión de supuestos figurados, puede entrar con buen pie a un lugar tan recóndito y apartado. Si alguien tuviera capacidad de entender este estilo de vida, no como una huida, sino como una apuesta contundente de compromiso y responsabilidad hacia un valor y un ideal intrínsecamente profundo, podría participar del cortejo y dejarme llevar por el batir de alas. En el fondo esta cabaña me defiende de lo ilusorio, o del mundo mentiroso, como dirían los antiguos. Si alguien se atreve a llamar a la puerta, no habrá motivo para imaginar que detrás de ella hay un suculento palacio cargado de tesoros, sino una humilde cabaña de madera, de no más de veinte metros. Y eso, de cara al amor, al verdadero, me resulta importante.

Es cierto, mañana es San Valentín, y según la tradición, uno podría estar disfrutando de la compañía de un ser cercano. Pero mañana no habrá celebración, ni poderosa convicción de que la pudiera haber en los próximos tiempos. De repente me hice muy mayor, y la sensación que tengo es como si el amor hubiera muerto aquella cálida noche de verano y se marchara para no volver nunca más. Ojalá esto tan solo fuera un espejismo y volviera, de nuevo, a perder la cabeza en aras del corazón.

No me quejo. Todos hemos perdido siempre algo. Todos hemos emanado alguna vez algún tipo de dolor emocional. También descubrimos que, con paciencia y calma, con algo de fortaleza interior, hasta lo más difícil se supera. Todo siempre se diluye. Ese es el gran secreto de la quietud interior. Inclusive la pérdida de un ser querido. Y si el ser querido nunca más volvió, ni dio señales de vida, es que realmente le importabas un pimiento, por lo tanto, como decía, virgencita que me quede como estoy.

¿Y el Amor? Ese no necesita mucho, y hay que celebrarlo todos los días. Así sí, en mayúsculas. Uno puede amar el silencio, los libros, las vistas al bosque, la música, los amigos, incluso a esos que vienen y van, aunque al final termines amándolos en silencio. Ya no necesitas atrapar a nadie, ni poseerlo, aunque para la mayoría el amor no puede entenderse sin cierta posesión. ¡Qué paradojas! ¿Cómo amar sin poseer? Se preguntaba el poeta… ¿Cómo amar sin adueñarse del otro? ¿Cómo amar sin hacer de su vida, tu vida?

¿Y el amor? En minúscula, el pequeñito, el de aquí te pillo y aquí te mato, a ese no se le espera. El amor en pequeño mejor que no venga. Amar para solo amar un instante no lo necesito. Virgencita, mejor así. Esos amores que te declaran vida eterna y luego, a la mínima y fugaz prevalencia desaparecen, mejor que no asomen. No tengo tiempo ni ganas para pasajes de ida y vuelta, para momentos inocuos y leves. No tengo tiempo para lo breve. No me interesa lo breve. Mejor amémonos eternamente, para siempre. Si no, amor, mejor no llames a mi puerta. Prefiero Amar, aunque sea en silencio. A los libros, al bosque, a la música, al susurro, a ríos y montañas, y por supuesto, amar a los que aman infinitamente. Que el Amor prevalezca siempre, y que el miedo nunca nos venza.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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