La espiritualidad del presente


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© Joe Photos 

Estos días hemos indagado fugazmente sobre la idea de cómo sería la espiritualidad del futuro. Ciertamente es compleja la respuesta, y la sola idea. El alma cautiva mora siempre en el interrogante. Su misión es despojarse de aquello que la cautiva, lo material, sus estímulos, sus distracciones. Atrapada y dominada por la materia, sus anhelos de liberación le llevan, cuando tiene ocasión, a hollar los senderos, a veces peregrinos, que le conducen hacia la más estrecha observancia.

El estudio puede aliviar formalmente alguna idea, puede incluso guiar sobre respuestas conexas. La espiritualidad del presente puede presentarse como algo epidérmico, algo de lo que se habla, algunas vagas prácticas, algún interrogante. En general, hay mucha pérdida de luz debido a la condición de pura oscuridad en la que vivimos en este tiempo carnalmente materialista. Un tiempo de las cosas, un lugar de quehaceres compuestos por miríadas de deseos que esculpen en el ocio la panacea de la existencia. Una pérdida, diría, de verdadera vida.

Distraídos como estamos, es complejo penetrar realmente en el significado profundo de la espiritualidad. Los más atrevidos buscan hacer el bien, o encuentran en algún tipo de moral o ética aplicada una forma de aliviar un deseo elevado. Pero la mayoría de veces, la espiritualidad tan solo obedece a elementos estéticos y estilísticos, a poses, a modas, a creencias puramente modélicas totalmente vacías de contenido. Todo ello provoca una especie de acedía, de tristeza del alma. Distraídos como estamos, el alma se aleja a otras moradas y nosotros vagamos ciegos y orgullosos por un mundo banal. Nuestro deleite por las diez mil cosas que nos distraen provoca una pena inconmensurable.

¿Cómo atraer al alma hacia nosotros? ¿Cómo construir el inevitable puente para que su luz pueda irradiarse en nosotros? ¿Qué afanosa espiritualidad debemos dirigir en nuestras vías distraídas para que las moradas del espíritu se manifiesten en nuestras vidas? Si estamos aún apresados por las experiencias sensoriales, ¿cómo liberarnos de las mismas para atravesar el celeste acorde? Desprendimiento de las palabras, del ruido. Desprendimiento de lo material, desapego total y absoluto hacia las cosas. Desprendimiento de las pasiones. El desprendimiento psíquico con la eliminación de las opiniones que dividen y restan.

El orgullo espiritual es una de las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. De ahí que la verdadera humildad sea un correcto antídoto para dicha dolencia del alma. Los pilares de una buena espiritualidad siempre se basarán en el silencio continúo, la humildad y la acción al bien. No hay mayor gracia interior que fijar toda nuestra vida a obrar de forma correcta, sigilosa, humilde. No hay nada como colaborar con la inevitable bienaventuranza de la propia vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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