Déjate pintar


 

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El Angelus, de Millet

Pensamos que somos los artífices de una vida plena, entusiasta, emotiva. Si tuviéramos capacidad de acercarnos a la antesala de la música celeste, comprenderíamos que nuestra única labor sería la de permanecer quietos, en ascética posición, delegando la labor en el Pintor, el cual, observa con detenimiento, que cuando nos movemos, en vez de dibujar un ojo, dibuja un borrón. Dicho así, nosotros no pintamos nada. Somos meros instrumentos, o lienzos, donde el Creador de las cosas batalla con trazos toda nuestra vida. La vida unitiva, tras pasar por esa vida ascética, acontece cuando el alma se abandona o se deja pintar, por seguir con el símil. Cuando el ruido de nuestros intereses mengua, cuando vaciamos nuestro candor y nos volvemos diamantinos, trasparentes, se percibe entonces ese matrimonio inevitable con la unidad. Todo lo vano, lo pasajero, lo ilusorio, se estremece y disipa.

En esa unidad uno habita en dos mundos. De forma simultanea, uno vive en la ciudad celeste, en el mundo de las ideas, en el valle del amor conmensurable. Pero también en la abrumadora existencia que soporta nuestros pies. Lo ideal sería poder ser transparentes para que el mundo celeste permeara y cayera como gota fina hacia la tierra doliente. Si pudiéramos pulir nuestras vidas ansiadas de virtud, si pudiéramos despertar del sueño en el que vivimos para enarbolar la sincera disposición para ser pintados. Si al menos pudiéramos acallar nuestro ruido un poco de veces al día.

Espiritualizar el mundo es complejo. Uno nunca sabe por dónde empezar. Se regaza en la inconmensuralidad del trabajo. Se agazapa y se protege, a veces por miedo, a veces por orgullo, a veces por impotencia de sentirse inútil. Sin embargo, la necesidad de transcendencia siempre es infinita. La necesidad de una nueva ética, de nuevos valores, de nuevas motivaciones para que el mundo prevalezca en paz, amor y comprensión, para que la naturaleza sea capaz de vencer nuestras divergencias y derrotemos el egoísmo que nos diferencia.

“Déjate pintar”, me susurro. Cierra los ojos, medita en silencio, engúllete de la infinitud que lo callado expresa. El mundo silente espera cuando entendemos la necesidad de vaciarnos, de empoderar la poesía que somos, de permitir que la vida se exprese siguiendo el curso de su propio propósito. ¡Qué podemos hacer! ¡Hay tanto por hacer! Se me ocurre empezar por el vaciado de mí mismo. Se me ocurre quitar opacidad, excesos de ruidos.

Demasiadas cosas inútiles. Demasiadas cosas que nos alejan de lo natural. Demasiadas distracciones. Se me ocurre centrarme, discernir ante la voz del silencio. Se me ocurre entrar sigiloso, cada vez en mayor invisibilidad. Y luego hacer aquello que el Hacedor proponga. ¿Pero cómo saberlo? Solo se me ocurre desde la callada y atenta observación. Allí se expresan arquetipos, ideas, intuiciones. Allí brotan en grandes manantiales todo aquello que realmente necesitamos. Una vez acallados, una vez escuchado su susurro, despojarnos de todo aquello que no sirve y abrazar aquello que nos inunda de gracia, de ternura, de amor. Embriagarnos de la verdadera comunión. Son cosas que me digo. Son cosas que me vienen, porque la teoría sin la experiencia de practicar los caminos no sirve de nada. Por eso, en definitiva, me sumo a ser transparentes para que la vida nos pinte. ¡¡Bendita vida!!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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