Desnudarnos danzantes ante ella


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© Ozkan Konu

La decisión de participar en el mundo viviente es un paso importante, atrevido, osado. Uno no decide encarnar en un mundo tan increíble y maravilloso para quedarse encerrado en un estado de aislamiento, sino para participar en la fiesta a la que ha sido invitado por un tiempo prudente y limitado. Uno no viene aquí a endurecer su concepción sobre el cosmos, sino que viene a experimentarlo, a vivirlo, a compartirlo con sus congéneres.

No venimos a ver las sombras del mundo, venimos a exprimir cada instante de sol, de luz, de claridad. La noche espera la exploración onírica, mientras que el día prospera como campo de experimentación y conocimiento vivencial. Vivir es salir al mundo, al campo, a la existencia que no para de fluir, de moverse, de incorporarse a nuevos avatares diarios. Las sombras son un mal sustituto de la mirada directa del mundo.

Somos una pequeña estrofa, pero la vida no podría entenderse sin la suma total y absoluta de todas sus estrofas. El aislamiento personal tiene sus peligros. Nos perdemos la vida, nos perdemos el desenlace de cientos de historias que nunca sucedieron. Nos perdemos la senda de la aspiración más noble, la expansiva llama de la experiencia. El estar vivos debería representar en nosotros un sentido de vitalidad y urgencia. Mover nuestro mundo a través del mundo, destripar las entrañas de los misterios que nos rodean, vociferar los cantos angélicos de cada una de las auroras vividas. Es urgente sentir la vida en nosotros, y desnudarnos danzantes ante ella.

Si hemos venido a esta fiesta, que sea para disfrutarla, amansar alegría, bienestar, paz, amor, cariño, humor. Si estamos aquí, si hemos atravesado tiempos y espacios infinitos para encarnar en este instante, que sea para abrazar al otro, llevarlo hasta los límites, permutar en cada instante talentos y suspiros, susurros y alientos. No perdamos el tiempo en amasar fortuna, excepto aquella que requiere de un total desapego y compartir constante.

A ambos lados del río existen caminos, sendas que se adentran entre campos de cebada y bosques frondosos de interminables sauces. Visten el mundo entre cielos de celeste presencia. Los ríos tiemblan con sus aguas frías, el universo entero tiembla en un latir suave y sencillo. Hay surcos en la tierra a ambos lados, espesuras, desiertos, montañas, valles que encierran algún tipo de puerta secreta. La vida es urgente porque algún día marchará a otra parte y dejará inerte todo aquello que amasamos.

Hay un pergamino escrito. Allí está trazada la aventura. Allí esta la invitación a la fiesta. Podemos o no participar en ella. Podemos encerrarnos o no en nuestra torre allá en la isla. Podemos tejer una y otra vez en el telar del aislamiento y mirar la vida desde un espejo que refleja solo sombras. Pero podemos romper esa maldición, podemos volver a la vida, agarrar la barca y cruzar todos los ríos, navegar por todas las sendas. Morir a la ilusión para abrazar la vida real, aquella que se presenta cuando somos realmente actores principales, y no solo sombras. Debemos respirar la urgencia. La vida no siempre estará con nosotros. La decisión de participar en el mundo siempre será nuestra. Y pasados los años, lamentaremos al recordar que fuimos invitados, y preferimos contemplar la existencia desde el espejo. Desnudo mi alma, salgo de mi isla y atravieso los mundos. Y en ellos, me entrego despierto y bullicioso al porvenir.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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