Una belleza oculta


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© Nathan Wirth 

Hay muchas formas de mirar la vida. Uno puede mirar la existencia desde el enfado o desde la alegría, desde el rencor y la rabia o desde la gracia de sentirse vivo, útil, amable. La vida oculta una belleza arrolladora. Se expresa de mil maneras, aunque no siempre podemos captarla debido a nuestras preocupaciones, a nuestra forma de mirar, a nuestra forma de ver, que no siempre es amplia y extensa. Cuántas cosas nos perdemos en cada mirada por no saber ver. Cuántas cosas somos capaces de perdernos por no saber experimentar la vida desde una cordialidad presumida.

Hoy me he sobrecogido con esa belleza oculta. Lo hice al alba, en la pequeña ermita, mientras meditaba en silencio. Lo hice con los acordes que iban brotando de mis manos mientras tocaba melodías en la guitarra. En los paseos en el bosque. Acariciando y jugando con Geo. Tomando el té con la hermosa vecina y con la también hermosa María que ha venido a pasar unos días con nosotros. También en el breve rato que he podido compartir con la bella tejedora.

Encuentro también belleza en esta soledad compartida, libre, afanosamente libre de compartir el tiempo con el universo entero, sin restringirlo a nada ni nadie. Es una libertad extraña, especialmente cuando estás en consonancia con la naturaleza. Observo con asombro que aquí en los bosques, en la naturaleza, uno tiene mayor consciencia de la belleza, y, paradójicamente, también de la muerte, como algo natural, anexo a la vida. La muerte como la entendían los romanos, un ad plures ire, la experiencia de lo bello en un movimiento constante hacia el devenir.

Lo bello oculto también puede ser esa familiaridad con la que uno se siente cuando se relaciona desde la incondicionalidad. Amor es relación, amor es belleza en acción, lo bello, lo hermoso, se transmuta en vida cuando abrazamos al otro. Es como el canto de los pájaros en primavera, o el rugir de la nieve en su deshielo. Algo se quiebra, a veces el silencio, a veces una estructura, para formar algo mayor, algo mejor, algo más bello, como cualquier melodía que se atreve a morir y quebrar lo taciturno.

El amor siempre tan misterioso… me gusta poder amar sin necesidad de poseer… amar el mar y la vida y las montañas sin intentar atraparlas… ahora empiezo a entenderlo… amar sin poseer… Quizás solo había que entenderlo desde la pérdida. Cuando la desgarradora mañana amanece y perdemos los sueños de la noche. Cuando el aullido del alma nos recuerda la levedad de estar vivos. Esa es la belleza oculta. Por eso ahora puedo, en silencio, amar sin poseer, amar sin adueñarme de la vida del otro. En completo desapego, observando la belleza crecer en las montañas, en los bosques, en su mirada, en su telar, en lo oculto. Algo tan bello solo puede apreciarse calladamente. En silencio.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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