El camino de aquellos que no se extravían


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O Couso, hace cinco años. Las caravanas fueron mi hogar por tres años

Hoy veía unas fotos de hace cinco años, de nuestro primer invierno en O Couso. No daba crédito ante la amnesia que uno sufre tras tantas y tantas aventuras. Una de las fotos que acompaño a este escrito aparecen las caravanas cubiertas completamente de nieve. En esas caravanas estuve viviendo durante tres años, antes de culminar, gracias al esfuerzo y la constancia de mi querida y añorada Noelia, la construcción de la cabaña desde la que ahora escribo. Viendo la foto, recuerdo la dureza de aquellos días. Debo decir que esa experiencia estaba a camino entre la valentía, la osadía y la locura. Nuestro empeño por demostrar que se podían hacer las cosas de forma diferente rozaba todos los límites. Viendo las caravanas en las que viví, primero dos años en la blanca y más tarde un año en la caravana azul, me doy cuenta de que vivir en esta cabaña es todo un lujo y privilegio.

También me doy cuenta de que esos primeros momentos fueron como una especie de temeraria preparación. Desde entonces, y ya no tanto por los propios envites de la naturaleza si no más bien por la propia naturaleza del proyecto, se muestran día sí y día también diferentes pruebas que plantean cada vez más complejas decisiones. Supongo que todo esto debe ser algún tipo de entrenamiento para algo. Cuando miro hacia atrás con cierto desapego, la única razón de ser es que me estoy preparando para la ecuanimidad, para la equidistancia, para el desapego, para la quietud. Ahora siento mayor quietud ante los retos que se presentan. Lo observo en la gran obra que estamos realizando. Cada día es un reto importante y cada día es una oportunidad para que se revele algo hermoso. Ando como intentando desapegarme de todo cuanto ocurre, e intentando obrar la magia para aliviar cada prueba.

Mientras me enfrento a difíciles avatares, me doy cuenta como pasan los días, rápidos, veloces. A veces siento que me falta el aire y que todo terminará de un momento a otro. “Muéstranos el camino de aquellos que no se extravían“, prescribía el Profeta a los que practican la oración. A veces cierro los ojos e imagino ese camino, sin desvíos, sin atajos, en silencio, orando. También lo imagino acompañado, de alguna manera, de cualquier manera, porque la soledad profética siempre se endurece con las pruebas. Pero me doy cuenta de que es completamente imposible encontrar a alguien de tal naturaleza, alguien capaz de soportar la dureza de esta vida a la vez que explora la majestuosidad del misterio.

Cada revelación de la naturaleza es una oración. Ver volar a los patos que viven con nosotros, ver los rojos atardeceres, el verde de los campos, el canto de los pájaros en estos días de primavera, observar como los gatos salen a tomar el sol sobre el tronco partido o ver al viejo nogal junto a la ermita edificar su semblante con arrojo y poderío.
La vida es un milagro. Observo el milagro de mi cuerpo, de la energía que lo recorre, de sus emociones y pensamientos. Las ataduras del cuerpo son múltiples y variadas. Me pregunto como serán los cuerpos de aquellos que no se extravían, que siguen firmes y enteros en sus vidas ejemplares. He provocado en mí todas las disciplinas virtuosas posibles. Nada de comer carne, nada de ingerir ningún tipo de droga, tabaco o alcohol, ni siquiera en cálidos momentos festivos. Soy consciente de que eso solo son primeros pasos para alcanzar la virtud, por eso observo con sumo detalle la vida de los que no se extravían.

Me he vuelto disciplinado en cuanto a sencillez. He comprendido que el ser humano puede llevar una vida digna prácticamente sin poseer nada. Lo poco que poseo lo comparto con generosidad, y busco la manera de ayudar siempre al otro, a sabiendas de que otros antes me han ayudado desinteresadamente. De ahí mi voluntad agradecida, extrema y desapegada, y la necesidad de buscar almas extraviadas a las que asistir, a las que apoyar, a las que abrazar en silencio.

Al hacer todas estas cosas, el fenómeno que se observa es ver como todo el cuerpo respira con alegría y parece como si viviera más liviano, y ver como el alma se acerca despacio para rozar con sus pupilas infladas de luz nuestra sombra más oscura. El alma se acerca, ante la disciplina y el desapego, sigilosamente. Entonces nos inspira confianza y nos susurra algún detalle de aquello para lo que nos viene preparando. Y es ahí de donde surge la fortaleza, el valor y la hazaña, el aquae vitae de los alquimistas que sacia nuestra sed más profunda, nuestra Unio Mystica. Es de ahí de donde surge la certeza y el valor para seguir adelante.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “El camino de aquellos que no se extravían

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