Gran cónclave


masoneria 1

El himno de apertura era una mezcla entre el Coro de los pescadores de Bizet y el Coro de los peregrinos de Tannhäuser de Wagner. Así lo podías imaginar si cerrabas los ojos y trasladabas la imaginación a los antiguos templos, resguardados al mundo profano por temibles guardas que, espada en mano, protegían los secretos. En la entrada, dos grandes columnas con sendas granadas. Dentro del tabernáculo, inevitablemente, la experiencia de lo sagrado, del lazo místico, aunque hoy día esa experiencia solo sea posible cuando se ha pasado de la iniciación humana a la solar, adecuando cada práctica a los designios de los misterios de Sirio, la estrella de la iniciación. Los antiguos sabeos conocían algo de esta trilogía que terminaba siendo septenaria en su compendio angélico. Siete son los rayos-ángeles que portan la fuerza suficiente para administrar todas las energías del universo, todas aquellas que el Gran Arquitecto conserva para diseñar en nuestro mundo los planos pertinentes.

Tras el himno, la apertura de trabajos que terminaron en tercer grado una vez todos los oficiales estaban en sus puestos, deseosos de convertir el momento en un tiempo sin tiempo y un espacio, por lo tanto, sagrado. Se encienden las tres luces. Al Oriente, en el Mediodía y en Occidente, dejando el frío septentrión para el silencio de los aprendices, ausentes en la ceremonia. Sabiduría, fuerza y belleza, son las consignas para cualquier construcción. La luz siempre es un elemento recurrente, porque el cosmos es oscuro y entre tanta tiniebla, necesitamos las luminarias que puedan guiarnos en esa oscuridad brillante.

Una vez introducidos en el espacio sagrado, se tocan temas relevantes. Uno se sumerge en la atmósfera de saberse transmisor de un conocimiento, de un rito, de una tradición perenne. Los burros somos necesarios para portar el tesoro que es transmitido desde una dimensión a otra, con torpes interpretaciones, pero con certeras costumbres. En el fondo lo que se hace es una representación más o menos acertada de la creación del mundo. Cosmos, cielo y tierra representados con símbolos que recuerdan el orden, la pertenencia a una causa mayor, a un propósito que es necesario conocer, reconocer y servir.

Pasaron los trabajos y hubo un himno de cierre. La música siempre adornando con belleza todo templo. No se puede entender un templo sin música, que, además de representar el Verbo creador, anima a los espíritus en su peregrinar. Cierre de los trabajos y el velo se cierne de nuevo hasta que poco a poco la luz vaya minando por dentro nuestro cuaternario, uniendo bajo la mágica presencia, el terciario necesario para que la luz se manifieste en nuestro interior. En los trabajos de Hércules se dan pistas de como conseguir esa chispa necesaria, ese ardor por conocer los misterios que nos han de guiar hacia la puerta estrecha. Ya no se trata de iniciaciones menores, humanas, si no de índole solar, verdaderas ofrendas que se encasillan en los misterios menores para adentrarnos, poco a poco, y con gran esfuerzo, en los misterios mayores.
La luz tenue se vislumbra a lo lejos, pero siempre queda mucho por hacer para entender del todo la Gran Obra. Se cierran los trabajos, y aún nos queda mucho por descubrir. Viaje de ida y vuelta, solo con el propósito final de recordarnos quienes somos realmente y obrar en consecuencia. Como pescadores o peregrinos, según seamos más dignos de un Bizet o un Wagner. Termina el gran cónclave, todo queda bajo llave, en secreto.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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