El agua corre, siempre corre de un lado para otro


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© Samuil Velichkov 

Seis de la mañana. Llueve y el agua corre, siempre corre de un lado para otro.
Imposible dormir en toda la noche. Hago como que no me importa, pero el cuerpo se resiente y no encuentra ya posición que valga. Siete de la mañana. Llego a la estación. Está todo oscuro y silencioso. Hace frío y sigue lloviendo. Me quedan cuatro horas de espera antes de poder recoger el coche, así que diviso una cafetería y allí me encierro a trabajar sobre maquetas, portadas, correcciones, ediciones. Pido primero un zumo de naranja. Luego administro el tiempo y solicito una tostada con tomate. A la tercera hora mis ojos empiezan a temblar y me pido un café con leche. Es cuando empiezo a observar atento a los comensales e imagino sus vidas, una tras otra.

Once de la mañana. Recojo el coche. Está reluciente, resucitado, como recién salido de fábrica. Me siento agradecido. Era como ir a comprar un coche nuevo, pero con más de un millón de kilómetros a sus espaldas, con cientos de aventuras e historias de todo tipo. Me alegra haberlo salvado. Hay objetos que tienen poder. Ese coche tiene algo. Es un tótem, un talismán, un fetiche. Doy las gracias a Miguel por el buen trabajo. Me subo en la nave nodriza feliz y contento y vuelvo a la montaña.

Mediodía en punto. Visito la tienda del pueblo y compro algo de comida. Luego paro en la oficina y atiendo los mil frentes. Paquetes, muchos paquetes, por fortuna. Uno de ellos, valorado en un salario mínimo con decenas de libros azules se pierde por el camino. Siento cierto disgusto. Enviar paquetes a Latinoamérica es toda una odisea. La pérdida es irrecuperable. Gajes del oficio, me consuelo intentando darme ánimos. A veces lo que ganas por un lado se pierde por otro. Así es la vida, como un continuo trasvase. Me hago fuerte y miro de frente. Habrá que reeditar algunos libros, esos eran los últimos. Casi no me queda tiempo para lamentaciones.

Aún así, me alegro por dentro cada vez que un libro sale de viaje hacia un nuevo hogar. Es como desprenderse de un hijo, de un trozo de vida. La labor de editor es muy hermosa. No sabría decir cuántos miles de libros se habrán lanzado al océano de la conquista en esta última difícil década, en ese ancho mar del compartir, de lo íntimo. Editar es una labor espiritual de primer orden. Aporta luz, arroja poesía al mundo, valores, encuentros, conocimiento, sabiduría, también placer y acompañamiento, ilusión y amistad. Editar es ser un puente. Un transmisor de lo perenne.

Sin tiempo, subo al bosque, me reclaman allá arriba. Un obrero pide trabajo, solicita que le ayude. Son las dos, no he comido, pero cargo mil cosas para despejar una de las nuevas habitaciones que han de recibir el nuevo suelo. Me da una rampa en el pie. Tengo que parar. Me doy un masaje. Es el cansancio. Ese tren es demoledor. Pero me levanto y continuo. La obra no puede parar. Podremos pagar por suerte esta semana a los obreros. Lo haremos en la columna Boaz, donde los aprendices reciben su salario. Si todo va bien, en la próxima semana, daremos el salario en la columna de Jakin. Parezco un maestro de obras, y eso me recuerda que el sábado tengo que asistir a un nuevo cónclave. No sé si tengo camisas limpias. No tengo tiempo para esas cosas, y a veces tengo que disimular de mil maneras esa falta de tiempo. Quizás debería comprar alguna camisa más. Debo hacerlo. Debo cuidarme y cuidar mi aspecto, siempre desaliñado cuando no tengo nada que aparentar. Sí, compraré una camisa. Debo hacerlo.

Ya queda menos, pero ese menos es lo más difícil. El drenaje, las ventanas, las puertas, el pequeño lavabo, el parking, la entrada. También la calefacción central y las placas solares que aún esperan pacientes para formar parte de la fiesta final, de la celebración, de la culminación. Respiro. Me siento fuerte, muy fuerte, y los vientos que arrecian por todas partes no pueden mover un ápice ante la templanza que siento interiormente. No hay prisa, ya no hay prisa, excepto para ver que la casa ya está segura y no se caerá.

Comemos. Lentejas que se enfrían rápidamente en el plato. Hace frío con las puertas abiertas. Los obreros entran y salen mientras nos ponemos al día. Resolvemos una incidencia en la nueva cocina. Echamos unas risas. Descubrimos una gotera en el tejado nuevo. No logramos ver por dónde entra el agua. Es casi imposible. El agua siempre busca salida. Como las emociones. Necesitan correr de un lado para otro hasta que alguna válvula de escape les quita presión. El agua corre, siempre corre de un lado para otro.

Me marcho a la cabaña. Estoy cansado pero hay mucho trabajo en la editorial y decido quedarme a trabajar a solas. Tengo que escanear las actas del curso pasado. Pido que lo hagan desde la oficina. Empiezo a maquetar, a mirar portadas, a hacer reimpresiones. Gracias a este blog y a la gente que participa generosamente en el mismo con donaciones mensuales puedo reimprimir libros agotados. Hoy tocaba el Manifiesto Comunista y Shamballa la Resplandeciente, ambos agotados. La gente aún sigue leyendo el Manifiesto. A mí me gusta más los escritos de los utópicos, o incluso el Manifiesto de los Iguales, de Babeuf. Ambos nos hablan de un tiempo difícil. Ojalá pudiera editar todos los manifiestos, cada cual con su mensaje histórico. Al releerlos, uno se da cuenta de lo privilegiado que somos.

Veo que también tengo agotados los dos primeros tomos de Tratado sobre los siete rayos. Eso son palabras mayores. Son libros de cientos de páginas y las reimpresiones son caras. Deberé esperar, o deberé incitar a que más personas se suscriban a este modesto blog. Todo sea por apoyar esa tarea espiritual de editar. Unas letras que alimentan a otras. Me gusta escribir, me gusta compartir estas reflexiones. Me desahogan al mismo tiempo que me relajan, y ahora también me ayudan a reimprimir libros. Quizás también para otras cosas, como esa camisa blanca que ya la diviso limpia y pulida en mi pechera. A veces recibo escritos dándome las gracias. Los escritores solemos tener grandes dosis de vanidad y orgullo. Me gustaría ser un escritor anónimo, y ensamblar palabras como los grandes poetas y pensadores. Ahora solo hago lo que puedo, estoy aprendiendo.

Al final descubro que es poco o nada lo que queda en las arcas personales. El prójimo siempre es una prioridad. Es una ley universal que estamos aprendiendo. Intento cuidarme, es cierto. Ya tengo capacidad para pensar en camisas nuevas. Esta mañana desayuné tres veces y suele hacerme algún regalo, como cenar un bocadillo de tortilla en el tren. Eso antes era impensable. Pero ahora descubro que yo también soy prójimo, y requiero cuidados. Todo fluye, y como decían aquellos de la cruz roja, de la antigua cruz roja, todo para ellos, nada para nosotros, todo en nombre de Su Gloria. Es un salmo hermoso, el 115. Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam. Lo tenemos también como lema de nuestra acogida. Es profundo y poderoso.

En el Cuaderno de Experiencia de Tres meses, centrado en la Acogida, lo encabezamos con una bellísima frase: “No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Es una hermosa frase que aparece en Hebreos, 13. Me gustan las frases de los textos antiguos. Tienen algo de poder y verdad.

Es casi medianoche en punto y sé que el mundo angélico es bienvenido y bien acogido en este lugar. Se escucha el viento fuerte. Meiga duerme solapada sobre mi pecho torpedeando mi necesidad de escribir. Los abrazos peludos consuelan siempre esa sensación de soledad que ya ha dejado de doler. Estoy tan cansado que no puedo parar de escribir. Pido disculpas. El agua corre, siempre corre de un lado para otro buscando alguna salida. Hoy dormiré bien. Poco pero bien. El agua corre…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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