Cien velos que caen


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© Alberto Espinosa 

 

Carmen me dejó leer el poema “Gracia”, de la hermosa Rosemerry Wahtola Trommer. Había en él belleza, profundidad y anhelo, pero sobre todo, ese interrogante que me hizo comprender el momento en el que me encontraba: “después de todos estos años de caer y caer, ¿cómo apareció el paracaídas?”. Uno siente por dentro que la vida está llena de paracaídas, de salvavidas que nos ayudan en momentos difíciles, cuando la taza se desborda y todo parece perdido. Lo he experimentado con alivio estos años. Hay ángeles de la guarda encarnados, que nos miran con compasión y alivian nuestra pena, nuestro dolor, nuestra soledad, nuestra travesía por el desierto. La vida no deja de ser un verso hermoso capitaneado por anhelos y profundos velos que nos van reconciliando con su misterio. Es una Gracia, es un regalo poder contar con esa mano amiga, constante, persistente. Esos paracaídas que están ahí siempre, esperando poder ayudar.

Cuantas veces las fuerzas del mar bravío nos alejó de nuestros horizontes, y cuantas veces retomamos la barca para remar hacia la orilla gracias al impulso y el aliento de los otros. Ahora más que nunca, se requiere la construcción de nuevas Invencibles, porque la oscuridad y el frío arrecian, y las almas, deseosas de luz y miel, requieren de nuevos y aventureros navegantes. No queda otra que seguir adelante, porque el anhelo no es nuestro, sino de los ángeles, deseosos de encarnar y ayudar, deseosos de renovar el Edén interior y expandirlo para todos.

La poesía siempre es angélica, te aproxima al halo creador de la existencia. El arte en su esplendor es un reflejo de la divinidad de las cosas. Nos acercan al rostro de Dios, del Omnisciente. No podemos comprenderlo, no podemos mirarlo de frente por temor a convertirnos en una zarza ardiente, pero podemos, sutilmente, acercar nuestras sombras a la sombra que desprende cada uno de sus párpados, esos que caen una y otra vez creando mundos.

Faltan paracaídas. Pero están ahí cuando más lo necesitas si has sabido sembrar esperanza. Una corte angélica apoyando causas, ayudando a unos y a otros. Unos dan y otros reciben y el ejemplo se multiplica exponencialmente. Como soles, se van contagiando unos a otros, ayudando de alguna manera, sosteniendo fraternalmente al otro, apoyando cada momento difícil y sosteniendo el trabajo Uno. Así hemos ido saliendo de avatares complejos, bajo el manto del apoyo, tras la oleada de cooperación de unos a otros, siempre generosos, siempre abnegados, siempre en profunda entrega.

Entonces caen todos los velos, como los poemas de Rosemerry y su hermoso blog cargado de poesía. Cien velos que caen una y otra vez para despertar a otra dimensión aún desconocida, omnisciente, imprescindible. Es la Gracia. Aquello que te permite atravesar uno tras otro todos los portales. Aquello que te hace ver la vida desde su resplandor, desde su misteriosa llama viva, desde sus pliegues más increíbles.

Mañana por la noche cogeré de nuevo el tren y abandonaré esta otra realidad. Requiere rigor y talento intentar vivir en dos mundos. El mío, el de la pequeña cabaña en los bosques, con su silencio y su naturaleza en estado puro, y el gran mundo, ese que se teje con la suma de todos los alientos. Y entre ambos, paracaídas que nos salvan. Agradecimiento, compasión, amor. También poesía.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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