El reloj del fin del mundo


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© Sergey Novozhilov

“¿De qué sirven las antorchas, la luz o los anteojos si la gente no quiere ver?”                    En un grabado de Khunrath.

Mediodía en punto.
No nos hallamos maduros para la verdad. No somos tan sabios, ni tan inteligentes, ni conocemos tanto, nosotros los conocedores. Me di cuenta al llegar puntual a la estación destino a un nuevo viaje. Dejé a los obreros pagados y contentos. Siete días más y las obras continúan. A partir de la semana que viene todo será un reto o un complejo laberinto que deberé resolver con perseverancia y tenacidad. Sólo con eso podré vencer la complejidad de la empresa y la madurez para afrontar la Obra.

Ayer ejercí de Experto en la Gran Asamblea. Son oficios que me dan pereza, pero uno viene a servir, a ser útil, y hace lo que puede. Los trabajos no fueron justos y perfectos, todo hay que decirlo. Hay que destacar que de alguna manera se ha perdido un poco el buen oficio, el artifex, que lo llamaban los antiguos, algo mayor y más profundo a eso de ser un artesano o un artista. Todo se pierde en este marco de tinieblas y confusión.

Lo vivido ayer fue catastrófico desde un punto de vista conservador y tradicional. Se puede decir que la Tradición, lo pongo en mayúsculas, se pierde. El Oficio se pierde, y la esencia de lo que somos se va perdiendo entre máquinas, materialismo y consumismo de cosas, no importa qué tipo de cosas sean. En definitiva, el Ser Humano se pierde en este laberinto, distraído y alejado de su esencia, de aquello que define su naturaleza, del swadharma que decían en la tradición hindú, del verdadero cumplimiento por parte de cada ser de aquello que nace conforme a su propia naturaleza. Lo decía René Guenon en alguna parte, siempre crítico con la deriva que ya en su tiempo observaba, y siempre apelando a la necesidad de que los “burros” soporten y transporten el “tesoro” para preservar el secreto. Lo vivido ayer era un síntoma inequívoco de que la humanidad vive en un declive esencial, o al menos, nuestra sociedad y nuestro modelo contemporáneo. Ahí estábamos, como burros de carga, soportando la levedad del oficio perdido, intentando resguardar de lo profano aquello que por su naturaleza es sagrado.

Lo de ayer fue solo un reflejo de algo, un síntoma, un indicador, como decimos los antropólogos. En ese sentido, estamos viviendo en el Apocalipsis. Lo dicen prestigiosos científicos y estamentos que nos alertan de que estamos a cien segundos para la media noche, o lo que es lo mismo, rozando el fin de la existencia humana tal y como la conocemos. Incluso los Elders, los ancianos del mundo, afirman que estamos en un momento complejo. No sabría qué decir. Todos los habitantes de nuestro país podrían vivir perfectamente confinados en una pequeña provincia. El resto del territorio, casi un noventa por ciento, quedaría vacío. Somos muchos, es cierto, y cada vez más, pero la tierra es inmensa, y sus océanos, y sus cielos, y el Misterio que nos rodea.

Pienso en el tren balanceante en esa necesidad de despertar nuestras habilidades latentes. Observar con perseverancia nuestro estado consciente, nuestra habilidad para estar vivos. No podemos negar que somos una obra maestra que dormita en una penumbra cargada de velos. Si al menos pudiéramos conectar con algún tipo de esencia, con algún tipo de verdad, con eso que nos hace únicos e irrepetibles.

Tras el Oficio decidí mover la realidad y empujarla hacia otra parte. Soy un provocador, y me gusta provocar mundos paralelos, dimensiones cognitivas diferentes, así que, cambiándome de ropa en un bosque oscuro y profundo, me adentré en una línea de tiempo que no estaba a priori registrada. Había en el fondo del ancho horizonte divisado una pequeña luz dentro de una cueva y allí, sentada en reposo, una ermitaña hermosa que tejía realidades. Un armario, un ruido, un gallo sin patas, pero allí estaba el resplandor, la tejedora. Sentí alivio al verla. De alguna manera la soledad se esfumó y también la pesadumbre del fin de los tiempos. Me sentí arropado y acompañado ante el telar de las palabras, pero sobre todo, ante el telar del Verbo y su Misterio.

Compartimos un rato y antes de que sonara alguna campana o de que algún perro ladrara o algún gallo cantara, regresé a mi cabaña. No tenía miedo, no sufría miedo. La realidad había cambiado, pero la esencia, la estirpe y el contenido modélico del Oficio y la Tradición seguían intactos. El fin del mundo no puede con el anhelo. Los pequeños misterios siguen a cubierto para seguir transmitiendo, cueste lo que cueste, el estado primordial, la materia esencial de la Gran Obra que nos acercará poco a poco a los Grandes Misterios Mayores. Hay que restaurar la influencia espiritual que de alguna manera nos indica qué somos realmente. Un proverbio turco dice: “ata primero a tu burro y luego encomiéndalo a Dios”. Es algo profundo y urgente.

Tras ese hermoso rato con la tejedora de palabras llegué sano y salvo a casa. Había descubierto un velo. Había modificado la línea de tiempo. Había sanado una parte de la realidad.
Era medianoche en punto.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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