Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza


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© Jan Bedoire

Me siento feliz cuando llego a casa. El frío se apodera de todo, pero por dentro arde un volcán de emociones. El calor de la ilusión por ver como todo avanza, por ver como todo mejora y como la obra va transformando el lugar es algo que te hace sentir vivo. No por el hecho en sí, sino por todo lo que ello conlleva, implica y significa.

Acabo de llegar tras un largo día con la sorpresa de que el gran patio está ya casi terminado. No me lo podía creer. Ya tenemos el dinero para afrontar una o dos semanas más y luego seguir buscando bajo las piedras para que la obra se culmine con éxito. Lo vamos a conseguir, cueste lo que cueste. Esta semana la hemos podido pagar gracias al grupo de Teamers que gracias a un euro al mes estamos moviendo montañas. Ya somos 95 y estamos deseosos de pasar la barrera psicológica de los cien. La pedagogía del apoyo mutuo y la cooperación está calando cada vez más. Os invito a que participéis en esta iniciativa que obra milagros:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

A las siete de la mañana estaba de pie. Tenía que viajar junto al mar, en A Coruña, para atender la gestión del misterio. Paré a medio camino para ponerme el traje de gala que da solemnidad al momento que tocaba vivir. Prefiero hacerlo lejos del pueblo. Aquí están siempre acostumbrados a verme vestido de forma peculiar, siempre con esos harapos llenos de barro y cemento. No entenderían otra imagen que no fuera esa. No soportarían verme con traje y corbata dando conferencias en distinguidos lugares o codeándome con privilegios de todo tipo.

Para ellos soy el “jefe-hippie” o el cabeza visible de hippielandia. Por eso por dentro siempre sonrío cuando el juicio no deja de ser peculiar y sesgado. La imagen, que siempre es algo culturalmente construido dependiendo de cada visor particular y social, es totalmente un fragmento ridículo de la realidad. Por eso siempre me costó entender a las personas que viven de la imagen, o que construyen una imagen, siempre sesgada, del otro. El maya o la ilusión que eso provoca realmente es un fragmento que nace de la ignorancia, de ver siempre la vida de forma parcelada, y nunca en su dimensión más amplia y profunda. No puedo entender una vida sin espiritualidad, o una espiritualidad sin pensamiento, emociones, energía o materia. En la visión del conjunto está la verdadera magia del misterio en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Por eso es bueno no centrar nuestras vidas solo en los aspectos materiales, o emocionales, o intelectuales, o solo en los aspectos espirituales. La vida es mucho más rica cuando todo eso se integra en una unidad consciente.

Por eso nadie podría, en este contorno donde estoy tan estigmatizado, verme como un doctor en antropología, un editor o un pequeño empresario, un escritor o un filósofo existencial. El sesgo les impide verme de otra manera que no sea la que ellos han construido desde el estigma del extraño. Ese estigma hace el resto. Me daba cuenta cuando hace dos días fui al ayuntamiento a pedir el título de doctor y los permisos de la obra. Siempre esa mirada atenta, medio desconfiada y medio curiosa. Siempre ese matiz que hace peculiares a los extraños, a los forasteros, a los exóticos personajes que venimos de tierras lejanas y hablamos otras lenguas, bebimos de otras culturas o danzamos en otras arenas.

Todas esas cosas pensaba mientras conducía hacia A Coruña. Por suerte, en la mañana, el mallete sonaba fuerte sobre la mesa. No una, sino tres veces, indicando cómo la transmisión de la sabiduría perenne se realiza bajo la magia del sonido donado y bajo la cálida luz de unas velas, simbolizando la necesaria búsqueda de la verdad. Los trabajos fueron justos y perfectos. Fuimos al ágape y volví a casa, previa parada para cambiarme de trajes. Casi me siento un ser camaleónico, capaz de codearse con los más ricos y con los más pobres dependiendo del traje que me ponga. No deja de ser algo divertido y gracioso.

Príncipe por la mañana y mendigo por la tarde, o también viceversa. Y dentro las dos partes como algo real. Siempre me gustó eso de ser peregrino, por aquello de no aferrarse a ningún tipo de creencia. A diferencia de un mendigo, el peregrino siempre va a alguna parte, a un centro espiritual que le motiva a caminar. Eso es lo que a mí personalmente me motiva. Hay un centro por el cual mis pasos en el Camino tienen un sentido claro, una voz, una llamada. Por eso cuando miro a alguien lo veo como otro peregrino, sin juicio, siempre profundizando en la tolerancia y el respeto al diferente. Toda gestión del misterio solo es posible si uno vive instalado en el trono de la dignidad hacia todos los seres sintientes. Esto incluye a humanos y no humanos. Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza. Algún día entenderemos esto en toda su singularidad y la vida gozará en toda su plenitud.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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