Aprendiendo a Ser junto al Ser


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Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la “fuerza”. Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la “sabiduría” para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la “belleza”. La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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