Relato de un príncipe


 

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© Joe _ Fotos 

Había recibido, como príncipe, el decreto en el cual se me nombraría en pocos días diácono provincial. Lo leía con cierta curiosidad, ya que cualquier tipo de responsabilidad añadida requiere una entrega extra, una disciplina y un honor que conservar, un relato que lleve la dignidad hasta donde se pueda. Lo leía mientras me dirigía a la cita con cierta curiosidad por ver cómo se desarrollaría el día.

Llegué puntual tras pasar un rato en el Museo Arqueológico. El servicio me abrió la puerta. “La señora está en su habitación”. Escuché una voz que me gritaba desde la otra parte de la casa. Acudí a su llamada. “Como hay confianza, siéntate en la taza del wáter mientras hablamos”. La situación me pareció surrealista, pero la belleza del momento requería improvisar. Tenía una entrevista en un par de horas y debía maquillarse para estar bella. Me senté, como un príncipe, en el trono propuesto. Le pregunté si alguna vez había sentado a un príncipe en la taza del wáter. No creo que entendiera la pregunta, pero sonreí ante la situación. Hablamos un rato mientras se retocaba la cara con esos productos que las mujeres utilizan para ponerse bellas. Siempre he pensado que las mujeres son bellas por naturaleza y lo son aún más cuando posan en natural estado. Pero admito que esos retoques siempre les sientan bien, como cuando vivíamos salvajes en los bosques y retocábamos nuestras caras para celebrar algún tipo de ritual.

Me habló de su último libro, de sus peculiares Navidades. Prometió enviarme el último capítulo y hablamos sobre mil cuestiones. Para ella resulta imposible entender mi estilo de vida. No comprende que un príncipe pueda vivir en una cabaña en mitad de un bosque perdido, pasando frío y quien sabe cuantas más calamidades, si con ello puede honrar la bandera que enarbola. Soy soberano de mi vida, y por lo tanto, tengo la libertad y el deber de ser el primero entre los primeros para defender la belleza y la virtud. Tengo una amiga que siempre me dice que tengo que aprender a vivir, que tengo que buscar la felicidad y pensar un poco en mí y no tanto en los otros. Bueno, eso de la felicidad es complejo. Te puedes sentir príncipe incluso encima de una taza de wáter.

Uno a veces es más feliz cuando no tiene nada que cuando tiene muchas cosas. Las cosas dejaron de tener sentido, excepto aquellas que puedan ser útiles o ahonden aún más en el sentido de libertad o virtud. Un móvil, un ordenador y un vehículo es por lo único que siento cierto apego. Del móvil podría prescindir sino fuera porque me da internet y con ello puedo comunicarme con cierto mundo. El ordenador es mi herramienta de trabajo y me permite escribir. Aun recuerdo con cierto dolor cuando no existían y el sustituto era la máquina de escribir. Requería mucho poder de concentración escribir a máquina para no equivocarte ni cometer erratas. El coche es algo que me da libertad. Viajar es de los pocos placeres que aún mantengo en secreto.

Salí del trono y nos fuimos al hermoso salón. Pregunté por educación dónde quería sentarse la anfitriona. El plato que quedó para mí no me gustaba donde estaba situado. No me gusta dar la espalda al mundo, y menos aún a la persona que nos estaba sirviendo la comida. Así que lo cambié de lugar y me senté en un lugar que vi más apropiado. La anfitriona se asombró. “Nadie nunca se había atrevido a hacer algo así”. No era por descortesía, era por confianza. Si por confianza me había sentado en la taza del wáter, me veía con la misma libertad de cambiar el plato de lugar. Le recordé que era un príncipe, y que los príncipes, aunque su trono temporal sea una taza del wáter, tenemos potestad para sentarnos dónde queramos, normalmente cara al sol, para que los rayos celestes iluminen mejor los rostros.

Ya en la mesa instalados hablamos sobre la profundidad, o no, de los pensamientos vagos que vienen y van y condicionan nuestras vidas, con sus miedos y avatares complejos y enrevesados. Averiguar la naturaleza de esos pensamientos es un trabajo ingente, nos decíamos, ya que normalmente producen sufrimiento. Lo decía Buda y él mismo nos daba algunas pautas -el noble óctuple sendero- para atajar el sufrimiento, el dukkha, y así llegar al nirvana. Supongo que el Buda hizo un gran esfuerzo por actualizar las enseñanzas del yoga y el también óctuple sendero que ya Patanjali describió unos siglos antes. Sea como sea, últimamente intento pensar que lo mejor que se puede hacer con esos pensamientos es ignorarlos, y poner, siempre que se pueda, el enfoque en la luz, o en aquello que entendemos como luz, como expresión superior de nuestra naturaleza.

Nuestros miedos, inseguridades y pesadumbres siempre van a estar ahí, es inevitable, vivimos y tenemos nuestro ser en un cuerpo humano con todo lo que eso implica. Cargamos con el peso genético, físico y psíquico, de antepasados que han sufrido todo tipo de calamidades, guerras, asesinatos, violaciones, hambrunas y enfermedades. Es normal que de vez en cuando nos asalten esos genes y nos llene la vida de bloqueos, de miedos, de angustias, de sufrimiento.

Somos seres descontentos e insatisfechos, por eso siempre sufrimos. Haber nacido en un tiesto u otro no nos libra de sus defectos y debilidades. Mi anfitriona podría abastecer durante treinta o cuarenta generaciones una vida digna a sus descendientes. Pero ni siquiera ese tipo de riquezas nos liberan del miedo a la soledad, del miedo de no haber sido dignos de nuestra vida, de no haber hecho aquello por lo que fuimos llamados. Así que, con respecto a esos pensamientos locos, solo debemos abrazarlos humildemente entregando nuestra vida por completo al Ser, a aquello que nace del Logos, de la parte más sublime de toda naturaleza. Esto es complejo cuando nos sentimos siempre insatisfechos y no tenemos capacidad de elevar nuestra mirada hacia lo más sublime de la vida.

En pocos meses hará dos años que no tengo pareja. Ahora que lo pienso, creo que siempre he tenido pareja por miedo a estar solo. Pero ahora siento que la soledad puede ser una llama. No lo digo yo, lo dijo el poeta en un arrebato de soledad. Si vuelvo a tener pareja no será por necesidad de ella, sino por amor. Pero no cualquier amor, sino ese amor que se entrega en silencio sin esperar nada a cambio. Eso también puede ser una llama, una luz, y algo hermoso cuando es correspondido. No hay respuestas a las preguntas sobre el sufrimiento, sobre los pensamientos que nos atormentan. Solo podemos seguir caminando hacia nuestro inevitable propósito y confiar en que cuando lo hacemos, el horizonte se abre ante nosotros de forma diferente. Si hay algo contrario al sufrimiento debe ser el amor. El amor incondicional. Eso que uno siente cuando lo sientan en la taza de un wáter y sonríe amable ante la circunstancia. La virtud del momento es lo que nos hace príncipes. El amor, eso es lo que hace la vida bella y virtuosa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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