Barcos de libertad


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A media noche hacía frío en la estación de tren. No había ningún pasajero, y a veces dudaba de que el tren llegara en algún momento. Miraba el reloj con insistencia. Cada segundo se hacía interminable. La soledad de invierno, el silencio de unas vías sin pasajeros, de una estación vacía, triste, desolada. Llegó el tren sinuoso con algunos minutos de retraso. Tenía el vagón número 25 pero la pesada máquina a gasoil solo traía dos vagones. No fue difícil averiguar cual me pertenecía. Entré en el vagón oscuro. Había unos siete pasajeros más. El revisor me pidió el billete, como si alguien más, quizás algún fantasma, se hubiera subido conmigo. Para ser un tren nocturno no parecía muy cómodo. Los asientos no se echaban para atrás, el vagón estaba sucio y era muy antiguo, quizás algún remanente sacado de algún cementerio de trenes. La imagen era desalentadora, diría que dantesca. Apoyé como pude la cabeza entre la ventana y el asiento y me dormí a ratos, despertando cada media hora por la incomodidad y el frío del lugar.

El tren llegó a la estación de Chamartín. Ayer noche, antes de marcharme, vi que habían hecho un pedido que debía ser entregado en el Paseo de la Habana, muy cerca de la estación. El pedido lo habían hecho a eso de las once de la noche de un domingo y a eso de las nueve de la mañana del lunes ya había sido entregado. El libro en cuestión estaba siendo muy comprado por personas de extrema izquierda pero para mi sorpresa, fue entregado en una organización de extrema derecha. Supongo que por eso de conocer al enemigo. La persona que lo compró, un conocido defensor de valores ultracatólicos, alucinaría por la rapidez del servicio. Algo nunca visto. De qué manera explicarle que se lo había entregado el propio editor de la editorial que además había prologado el libro que había comprado. El Paseo de la Habana está cerca de Pio XII y de la calle Triana. Pasé por la puerta de la casa que antaño tanto frecuentaba. Miré la ventana de la que había sido mi habitación en muchas ocasiones. Sentía algún tipo de nostalgia, como si en estos años hubiera ganado muchas cosas que, a su vez, había perdido. Tanta gente que viene y que va. Me gustaría que nadie se fuera, que todos permanecieran de alguna manera. Pero la vida es pura impermanencia, solo quedan los valientes, los auténticos, los verdaderos.

Como no quería molestar a nadie con esta tos bronca que tengo desde hace casi un mes busqué el hotel barato que frecuento últimamente. En la periferia la gente es peculiar. Viven agotados, con caras cansadas, grises, desfiguradas, imbuidas entre pantallas y miradas perdidas. Me dio tiempo a asearme un poco, afeitarme y encaminarme hacia esos barrios de la alta alcurnia. En ambos me siento bien. No tengo apegos, ni sobre la riqueza ni sobre la pobreza. Puedo deslizarme de un lado para otro sin mayor complejidad. Ser rico o ser pobre es una cuestión de suerte. Sin embargo, la aristocracia y la nobleza interior es algo muy diferente. He conocido a auténticos mendigos con un halo aristócrata y a auténticos aristócratas que viven una vida miserable. La elegancia es algo que ennoblece el espíritu, pero no tiene porqué venir asociada a la riqueza o a la pobreza. Ser un príncipe nada tiene que ver hoy día con tener dinero o títulos. Especialmente para aquellos cuyos reinos no son de este mundo.

Antes de la reunión en la calle Serrano, en esa hermosa casa que me trae algún recuerdo lejano, comimos en la histórica Residencia de Estudiantes, lugar frecuentado por ilustres personajes que decoraron sus paredes a principios del siglo pasado alrededor del movimiento pedagógico que se creó en la Institución Libre de Enseñanza. No caí en la cuenta del lugar emblemático en el que nos encontrábamos hasta que nuestro anfitrión nos dio alguna pista. De repente me sentí acogido y abrazado por la historia, afortunado por estar allí, tantas y tantas veces, sin saber que estaba “allí”. Qué paradoja. A veces me pregunto todas las cosas que me estoy perdiendo por haber reducido mi vida a pervivir en una cabaña perdida en los bosques. A veces se me llena el alma de acción y desearía estar entre el ruido y las gentes haciendo “cosas”. Son ramalazos que me dan cuando vuelvo a estos lugares y recuerdo mi pasado de acción y acción en esas “cosas”. Ahora la vida me pide otras cosas. O eso creo yo. Aún ando revisando mi existencia y preguntándome, sin perder ni un ápice de fe, porqué me ha dado por esta vida tan radical.

Después de comer y antes de la reunión que teníamos a las cuatro nos dio tiempo de visitar una exposición sobre los barcos que llevaron hasta México a miles de exiliados españoles que huyeron de la Guerra Civil. Leer sus testimonios y ver sus caras era impresionante. Cuantas cosas se perdieron en esa guerra. Cuantas gentes se marcharon. Cuantas familias rotas. La vida y sus ciclos migratorios. La vida y sus complejas contradicciones. Hijo de emigrantes, apátrida como pocos, sentí cierta nostalgia por esos barcos de libertad. El no tener tierra ni raíces, terrestres y celestes, te hace vivir en una constante nostalgia cuyo horizonte siempre, inevitablemente, se halla en el infinito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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