Todas las sendas me son familiares


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© Humberto (Salo)

 

En algún lugar de la galaxia, por no hablar de algún lugar del más oscuro de los infinitos, debe hallarse una respuesta a nuestras inquietudes. Si paramos nuestras vidas y condensamos la existencia de todo lo pasado, presente y futuro en un solo instante, de alguna forma nos embriagamos en una tensión profunda. Si logramos parar nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros ánimos y nuestras necesidades corporales, algo que nace de lo más profundo de las nebulosas espaciales se manifiesta en nosotros. Las respuestas se amontonan en un diálogo incesante reducido a un segundo de inmensidad.

La diferencia entre un mago y un adepto es que el primero es capaz de transformar la realidad y el segundo, de adaptar su vida a la profunda transformación de lo milagroso. No es una cuestión baladí. La figura del rendido me fascina. La figura del entregado, del que comprende profundamente aquellas palabras que se pronunciaban con un calado inmenso al decir “hágase tu voluntad y no la mía”. Esas palabras encierran un misterio complejo, difícil de resolver. Los filósofos podrían dedicar algo de tiempo a describir algunas cuestiones fenomenológicas sobre ese asunto, pero pocos podrían experimentarlo con la inquietud propia del que consigue obrar dentro de sí estas cuestiones.

Por eso en algún lugar de la galaxia, que podría ser inclusive un lugar hallado dentro de nuestro pecho, debe haber una respuesta intuitiva a todas las cuestiones de la vida. Y cuando esas cuestiones se revelan en una suerte de intuiciones certeras, te entregas inevitablemente a la existencia, intentando, con el poder absoluto del discernimiento, penetrar en las sendas que son familiares.

La familiaridad tiene que ver con la gestión de dos tipos de cualidades que llamamos fuerzas y energías. Esas cualidades, y la calidad de las mismas, dependerán de nuestro esfuerzo para desarrollarlas dentro de nosotros. Uno puede transformar su realidad. Realmente no es nada complejo cuando se adquiere la habilidad de comprender las leyes que gobiernan la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. Uno puede convertirse en un mago que obra trucos admisibles dentro de lo que algunos dan por llamar la fortuna. Pero la búsqueda incesante hacia lo milagroso es algo bien distinto. Ahí las sendas tienen que ser inevitablemente familiares, es decir, tienen que tener la capacidad de invitarnos a volver a casa, como símbolo inequívoco de retorno a nuestras fuentes verdaderas, a nuestra esencia, a la intimidad del Ser.

La complejidad de la vida no puede resolverse en un cúmulo de experiencias que nacen de la cotidianidad embalsamada, estática y solemne en la que vivimos sin un mayor sentido que el de ir tirando, sin más. Hay un vasto campo de experiencia que nos espera, y que espera de nosotros el despertar inequívoco a otras dimensiones de realidad, a otras visiones más allá de lo ordinario. Penetrar en la vida extraordinaria es sumergir nuestras ideas, emociones y prácticas en un vasto universo familiar, inabarcable, cargado de infinitud, capaz de volvernos radiantes, diferentes, extraños, al mismo tiempo que luminosos. Fuentes que irradian manantiales capaces de terminar con la sed, al mismo tiempo que luminarias que enfocan luz en el siguiente paso. Penetra el portal, destierra el pasado, fortalece la visión y ensancha la experiencia. Nos esperan los caminos, las sendas, lo milagroso.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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