Sol invictus


sol

Mientras terminaba de ingerir mi hamburguesa vegetariana, llegaron desde Italia los planos provisionales de la futura Escuela. Sentí mucha emoción que apenas pude administrar como se merecía. La emoción me embriagaba, pero también, con la misma proporcionalidad, la carga de la responsabilidad inevitable.

Cabalgando sobre la borrasca Elsa me fui volando hacia Madrid con los planos aún en mente. Después del bofetón en el tejado y la salvaguarda de algún ángel custodio que me salvó de la catástrofe, se sucedieron una serie de cosas a cual más surrealista. Estaba con los ánimos por los suelos y deseaba algún tipo de calor, pero sin saber cómo, terminé durmiendo en el coche, como en los viejos tiempos, intentando dar rienda suelta a esa sensación de libertad que esa experiencia transmite. El día siguiente fue de vértigo. Comí con el amigo Joaquín, merendé con la amiga María y cené con mi otra querida amiga María. Esa noche la pasé en la habitación de un hotel barato, agotado, pero intentando refrescar la memoria de porqué siempre ando metido en todo tipo de líos.

Al día siguiente hermosa reunión en la fundación que me nombra patrono de la misma. Me ruborizo interiormente ante estos reconocimientos, no sé si merecidos, pero al menos, hermosos por ver como los demás te reconocen de alguna forma y ese reconocimiento siempre es gratificante. Estuvimos toda la mañana y después de comer marché de nuevo cabalgando sobre la borrasca Elsa hacia Galicia. Quedo felizmente agradecido, muy agradecido y honrado por ver como una de las fundaciones más grandes de Madrid honra mi presencia.

Llegué tarde, muy tarde. La casa de acogida estaba toda inundada. El agua de la borrasca y los vientos habían hecho sus destrozos. Llegar a la cabaña fue una odisea de agua y ramas caídas por los fuertes vientos. Apenas tuve tiempo de mucho más. Dormí unas horas y a las seis y media de esta misma mañana estaba de nuevo en pie. Llevé a uno de los huéspedes hasta Orense, esta vez cabalgando sobre la borrasca Fabien, aún más virulenta y peligrosa que la anterior. El coche se movía para todos lados, pero yo seguía firme en mi propósito de dejar el huésped en Orense y seguir camino hasta Vigo, donde íbamos a celebrar con los hijos de la viuda el ritual del solsticio de invierno, del Sol Invictus.

Me detuve en mitad del camino por la virulencia del viento. Aproveché para echar gasolina y cambiarme el disfraz. Pasé de índigo informal a negro ritualístico. La corbata me apretaba, me notaba hinchado por todas partes. No estoy acostumbrado a comer tanto pero la ansiedad de estos viajes llenos de borrascas me hacía ingerir de todo.

Llegué puntual a la ceremonia. No puedo desvelar mucho más porque se suponen que son ceremonias discretas, solo para los hijos de la gran viuda, los hermanos del espíritu libre o los que profesan el lazo místico. Allí estaban todos los talleres de Galicia y allí estaba un servidor, humilde, silencioso, responsable con la luz del sol, observante.

Tras terminar me fui corriendo dirección a Vilagarcía de Arousa. Allí me esperaba la hermosa Natalia, un auténtico ángel encarnado en la tierra. Quedamos en la cafetería la Ola, desde la que veíamos el mar y toda la borrasca en su pleno apogeo. Los coches se movían de un lado para otro, el viento lanzaba todo tipo de objetos por los aires y las ramas volaban como si fueran cometas. Pero nosotros a lo nuestro, como si ese apocalipsis exterior no afectara para nada nuestra paz interior.

Hacía exactamente un año que no la veía y teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Estaba radiante, cambiada, mejorada con el tiempo. Me alegré mucho por su proceso de sanación, por su nueva vida, por su forma de encarar los nuevos retos. Hay personas que despiertan en ti la fuerza suficiente para seguir adelante, que desentraña con su intuición espiritual toda la madeja de los fenómenos que acontecen. Siento alivio por verme rodeado de estos ángeles. Siento paz interior por ver que a pesar de la peculiar travesía del desierto de este año, hay seres que sostienen con fuerza los lazos que nos unen. Me sentí muy agradecido por su mágica presencia, y por ver cómo entre los dos se desvelaban los secretos de nuestra unión. El lazo místico nos une, inevitablemente, pero también la complicidad de reencontrarnos y reconocernos.

Agotado, acabo de llegar a la cabaña. Escribo deprisa antes de que se agote la batería del ordenador. Cuando los días son grises las baterías no se cargan con las escasas cinco placas que tenemos. Tendremos que aumentar pronto la potencia para seguir trabajando.

Antes de que la oscuridad se apodere totalmente de este pequeño y frío recinto, pongo al día de forma alborotado mil ideas. A partir de hoy los días serán más largos. El sol habrá vencido, una vez más, a la oscuridad. A partir de hoy, el cielo radiante, la bóveda celeste, creará en nosotros la oportunidad del vasto dominio de la experiencia. Aprovechémosla mientras sigamos vivos. Ahora iré a descansar. Mañana toca recuento de daños de sendas borrascas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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3 respuestas a “Sol invictus

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