Los viejos creyentes


Agafia Lykova nació en la taiga, en el más remoto bosque boreal ruso, en una tina de pino ahuecada en el año 7453 desde la creación del mundo, según la antigua cronología. Sus antepasados eran viejos creyentes, aquellos cristianos ortodoxos partidarios de la vieja liturgia que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654. Debido a que fueron  perseguidos, muchos de ellos se refugiaron y aislaron en lugares remotos. Hoy conocía la historia de Agafia que aquí comparto.

Conocí no hace mucho a alguien que de alguna forma me recuerda a Agafia. No sé muy bien cómo llegó, pero una fría noche de invierno caminó desde su casa hasta aquí, se equivocó de camino y terminó pasando una de las noches más frías del año medio congelada a pocos kilómetros de nuestra casa. Bella, elegante, totalmente extraterrestre e inteligente, quizás una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Hablar doce idiomas es solo una anécdota. Vivir como una auténtica anacoreta posmoderna, sin dinero, sin recursos y sin prácticamente nada es solo una forma de vida extinta, pero valiosa en sí misma, muy parecida a la de los viejos creyentes, muy parecida a la de Agafia.

Puedo decir que una vez me salvó la vida. Cada vez que la recuerdo imagino un pozo oscuro y una mano, la suya, que me sustrajo de una muerte segura. Tuve la suerte de viajar a Israel con ella y fue uno de los viajes más fascinantes que recuerdo. Intenté enseñarle el oficio de editor pero su libertad siempre fue irreductible. En una feria del libro en el sur de la península, sin dinero, sin nada, decidió desaparecer. No supe de ella en mucho tiempo. Estuvo más de tres meses viviendo en bosques, en caminos, mendigando comida, malviviendo, pero libre.

Hoy, tras meses sin verla vino a verme. Estaba muy cambiada. Algo más delgada y demacrada. Tuvimos un buen rato de charla, comimos algo y se marchó. Me gustó verla con su nueva vida, con su luz hermosa y enraizada algo más a la tierra. Sentí alegría por ella, y un gran desapego por mi parte.

Siento compasión por Agafia, por todas las Agafias del mundo. Me imaginaba a mí mismo con setenta años, aquí en la cabaña, con algún gato, mirando el cielo, esperando ver algún rayo de sol. Como un viejo creyente escondido en los bosques, rezando con fe y esperanza ante el advenimiento final mientras busco en los entresijos de la vida una fina hebra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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