No guardes recuerdos…


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© Andrej Šafhalter 

“Olvidando las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu elevado llamamiento”. San Pablo

Está nevando. Hace frío. El camino desde la casa de acogida hasta la pequeña cabaña es toda una aventura. Un barrizal de agua y nieve que en pendiente y rodeado de maleza puede ser toda una odisea. Como no sale el sol no tenemos electricidad en todo el día. A las seis ya es de noche. Aprovecho, ante la imposibilidad de poder hacer nada, para leer a la luz de un frontal. Es dura la vida aquí. Y con tantos días de lluvia, sin ver el sol, se hace aún más cruenta. Si hubiera seguido la vida del ego viviría plácidamente en cualquier parte del mundo, sin frío, sin temores, sin posibilidad de queja. Pero elegir la ardua vida del alma es complejo. Discernir entre ambas aún lo es más. ¿Ya sabes cual es tu lugar? Me preguntaba hoy una buena amiga. Sólo se me ocurre un lugar: utopía. No hay tal lugar. Ese, y no otro, es el lugar del alma. De ahí que crear utopías sea un camino, un no lugar.

La vida monacal debió ser hace mucho tiempo muy parecido a esto. Hace unos días tuve un sueño revelador que no consigo olvidar. Tiene que ver con la vida en los monasterios. Viajé hasta las cimas más altas del Himalaya. Podía reconocerlas, como si de alguna forma me fueran familiares. Allí había un templo con siete pagodas o estupas, no sabría decir bien qué eran, pero estaban alineadas a los pies de una gran montaña. Unos monjes me enseñaban una por una todas las estupas excepto la última. A esa no vayas, está casi derruida, me decían. Sin embargo, mi curiosidad era mayor y fui acompañado de un monje silencioso hasta la última, cuando el resto volvían distraídos hacia el monasterio o la lamasería. Efectivamente, la última escultura estaba totalmente derrumbada por una de sus caras. Parecía famélica, y sin embargo, al acercarme y entrar por su lateral derruido, se habría de repente una puerta, un portal, que conducía a un lugar increíblemente lejano, en lo alto de unas grandes montañas nevadas. Allí había un pequeño edificio que parecía de cristal y una mujer sentada en su centro, contemplando todos los universos posibles en una posición de loto. Un loto del corazón con pétalos de amor a su alrededor que explosionaban en brillante lucidez.

No puedo olvidar ese sueño sobre el “brillante centro” que me hizo ir a las estanterías y empezar a releer de nuevo los libros azules, aquellos que fueron escritos por un maestro tibetano. No puedo dejar de leer, como si de alguna forma ese sueño me conectara con algo familiar, a la vez que lejano, un lugar donde el sonido y el color tienen un significado oculto, diferente, especial, donde la vida monástica que ahora llevo aquí en las montañas, entre bosques, en esta pequeña cabaña, tuviera algún tipo de relación con algún pasado remoto, y también algún tipo de significado.

A veces los sueños son delirantes y reveladores. Esconden algún tipo de mensaje o señal difícil de captar. Su lenguaje, siempre simbólico, escapa a nuestra lógica racional. Hay sueños pasajeros y hay sueños que nunca olvidas. En la soledad de la cabaña es fácil conectar con la voz del silencio y con el recuerdo de sí mismo, fusionando de alguna manera lo que creemos que somos con lo que realmente somos. El frío ayuda, la terquedad y la constancia permiten que la visión se amplifique necesariamente. No es cuestión de ver cosas del mundo fenomenológico, es simplemente una especie de atención plena que conecta con el mundo de significados, con el mundo arquetípico de donde nacen las formas, con ese lugar que te hace viajar desde la adoración a la invocación, evocando al mismo tiempo los mensajes, las enseñanzas, el Propósito. Es el lugar de los Custodios, de los Tejedores al que se llega desde una fina y delgada hebra imposible de explicar, relatar o presentar. Por eso el noble silencio sepulta cualquier intento.

Por eso a veces, ante la incomprensión necesaria, emito una llamada a través del desierto, sobre los mares y a través de los fuegos. Hay un punto de tensión inevitable que sobrepasa la silenciosa expresión. Hay un portal que separa un estado de consciencia de otro. Como aquella séptima y derruida estopa que conducía a otro lugar desconocido, habitado por un ser que emanaba pétalos de amor. “No guardes recuerdos”, parecía decir mientras miraba con profundidad las montañas nevadas. “Olvida las cosas que quedan atrás, sigue adelante hacia la recompensa de tu propio llamamiento”. En el desapego absoluto en el que ahora vivo, el portal y el pasado quedan atrás. Una nueva consciencia se abre, un nuevo lugar silencioso desde el que trabajar invisible. Es la vida del entregado, del que se rinde ante la grandeza del universo. Aquí, en los bosques, desde la llama ardiente, hilando la fina hebra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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