Saber, placer, necesidad


 

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Hoy he agradecido que lloviera. Creo que todos lo hemos agradecido porque nos ha impedido subir al tejado cuando estábamos llegando al extremo del cansancio. De luz a luz subidos y cargando losas y clavándolas con sus respectivos martillazos en nuestros frágiles y delicados dedos, nada acostumbrados a este tipo de tareas que requieren una dureza especial. Los profesionales, en su infinita irresponsabilidad, dejaron de venir, así que aprendimos la técnica y nos pusimos sin miedo a poner las losas de pizarra. No teníamos ni idea, pero teníamos voluntad, ilusión por terminar y necesidad por hacerlo cuanto antes. No es un trabajo placentero, pero es necesario. La nueva cocina llegará al martes y tenemos ganas de montarla y que todo quede resguardado, protegido y ordenado. Y para eso es necesario que esté terminado el tejado y así deje de llover dentro de la casa.

Tener una casa lo más acogedora y acondicionada posible es una necesidad. También es una necesidad el comer, el dormir y descansar. Las necesidades que la inmensa mayoría de la humanidad tiene no distan mucho de las necesidades más básicas que todo animal precisa. En eso somos muy animales. O al menos somos muy homo-animales. Necesitamos comida, cobijo y sexo para que la especie siga adelante.

Más allá de la clasificación que Maslow hizo sobre nuestras necesidades, especialmente las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización, hay algo sutil que nos diferencia de los animales. Es el añadir a esos componentes un marco de placer. La comida ha dejado de convertirse en una necesidad básica y ahora buscamos el placer de comer. El vestido ha dejado de ser algo imprescindible para conservar el calor que nos proporciona la comida y ahora buscamos el placer de la moda, el vestirnos para gustar. Ocurre lo mismo con todo lo demás. Incluso el sexo se ha convertido, ya no en una necesidad de reproducción, sino en un instante de placer, muchas veces sobrevalorado y excesivamente exagerado.

Placer. Eso busca la mayoría de los seres humanos cuando han cumplido con la satisfacción de las necesidades más básicas. Por eso nuestro mundo, la mayoría del mundo, vive por placer, para el placer y con placer. Es el mundo ilusorio, el glamour, el maya, la lascivia que nace del sexo y se traslada a todos los componentes de la vida. Podríamos decir que vivimos en un mundo lascivo donde todo se regula por las bases más elementales del placer, un placer la mayoría de las veces inconsciente.

¿Pero qué ocurre cuando la comida, el sexo o el vestir ya no te producen placer? ¿Qué ocurre cuando se trasciende el placer, o simplemente no riges tu vida por el mismo? Ahí es cuando empieza a nacer lo inteligente, la necesidad de regir nuestras vidas por pensamientos, y no por simples deseos desbocados. La razón nos gobierna, nos eleva a otra visión diferente de las cosas. Podemos pasar la vida sin rozar el placer, o disfrutándolo de forma desapegada. No necesitamos un buen vino, o una buena comida en un buen restaurante, ni buen sexo continuado, ni buena ropa de marcas caras que nos den el placer del reconocimiento. Tampoco necesitamos demostrar nada por el placer de mendigar estima, cariño o calor.

Cuando se trasciende la necesidad y el placer, entramos en la esfera del saber. Primero el sabernos vivos, el saber que todo está vivo y por consiguiente, ordenar de forma racional el sufrimiento. Esto es un principio básico cuando se trasciende el placer y se racionaliza éticamente el sufrimiento. La dieta es una de las cosas que primero se ordenan en esta transición. Dejar de afligir sufrimiento a los animales por puro placer, ya ni siquiera necesidad, es una de las premisas de la inteligencia ética, esa que nace de una necesidad moral de coparticipar en un mundo vivo y sintiente.

A partir de ahí, lo que comemos, lo que vestimos, dónde vivimos, en qué trabajamos, como organizamos nuestro tiempo y con quién, empiezan a tomar una dimensión diferente. Nos dábamos cuenta de ello cuando poníamos el tejado para que otros puedan disfrutarlo. A pesar de la dureza del trabajo, del cansancio y el abatimiento, sentíamos alegría interior, trabajábamos con entusiasmo y esfuerzo para que personas, amigos y desconocidos, puedan disfrutar de un lugar seguro y cálido. Hacíamos algo por el bien común, más allá de nuestras necesidades o placeres individuales y egoísta. Es una visión diferente, es una forma diferente de ver el mundo. La necesidad es básica para sobrevivir. El placer es bueno para disfrutar la vida. La sabiduría es imprescindible para gobernar sabiamente nuestra existencia, sin que el placer ni la necesidad rijan nuestros designios.

Saber, placer, necesidad. Fijémonos cual de los tres rigen nuestras vidas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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