El mayor y supremo bien


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Esta mañana subido de nuevo en los tejados

Cero grados en la montaña, en los bosques, en la brisa nocturna. Dos grados en la cabaña y subiendo gracias al fuego que brota de sus entrañas. Suena música que invoca a la creación como una experiencia única e irrepetible, diría que religiosa, por eso de religar el cielo con la tierra, lo de dentro con lo de fuera. Lo existente como milagro, como acto mágico, como vulnerabilidad de cada instante, como supremo bien de la vida que todo lo recorre.

En mi súper nave nodriza he recorrido casi quinientos kilómetros. Tenía la necesidad urgente de empezar a poner orden en todo el caos, así que he comprado, cinco años después, una gran cocina para la casa de acogida. Una gran inversión necesaria viendo la imposibilidad de abarcar obras mayores. La semana que viene tendremos por fin una cocina normal, decente, higiénica y ordenada. Ha sido un acto psicomágico.

Esta mañana, rozando los cero grados, meditábamos en la ermita. Ordenaba en mi mente todas las tareas del día. Interiormente sabía que el constructor no vendría hoy tampoco, así que valerosos, con frío, congelados, hemos subido nosotros a los tejados, sin miedo, osados, valientes y con deseos de no dejarnos abatir por las circunstancias.
Después de casi tres meses de constantes lluvias, tenemos que aprovechar, cueste lo que cueste, esta semana de tregua. El tejado tiene que estar terminado sí o sí antes de Navidad. Lleva tres meses de retraso. También tendrá que estar montada la nueva cocina y habilitado el nuevo salón. Muchos frentes abiertos con el empeño de que el próximo verano esté la casa lo más acogedora posible.

Es tarde. Me faltan horas al día para completar todos los ciclos. Mañana temprano meditaremos en la antigua ermita. Hará frío. No importa. Luego subir al tejado de nuevo. Hará sol. Es importante la disciplina, especialmente a sabiendas que en unos días me quedaré solo durante no se sabe cuanto tiempo. Todos se marchan y la soledad servirá para celebrar la belleza de estar vivos y para entender que siempre debemos estar alerta para cualquier circunstancia.

Suena música, es casi media noche. Fuera hace cero grados. Dentro cinco gracias al fuego y subiendo. El cielo está estrellado y la luna está creciendo. La gata Meiga mira como golpeo el teclado con los dedos entumecidos. Todo está gélido y aún no ha llegado el invierno. No tengo deseos. Solo contemplo como la vida se desarrolla y me permito el lujo de participar en ella compartiendo, animando al mundo a respirar. Estamos vivos. Ese es el mayor y supremo bien. No quería acostarme sin recordarlo, sin compartirlo. Lo demás solo son anécdotas. Estamos vivos, eso es motivo de celebración, es motivo para ir desnudos por la vida gritando esa grandeza.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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