El camino arduo


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“La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan”. Henry Miller

Después de cuatro días sin salir de la cabaña ayer pude por fin, aprovechando unos rayos del sol, dar un pequeño paseo acompañado de los perros y Maia. Los bosques están cargados de humedad, de riachuelos que corren de un lado para otro intentando alcanzar algún lado. Las nieblas se juntan con las nubes, el sol aparece de repente y las gotas que aún caen desde lo más alto de los árboles golpean centelleantes sobre las hojas otoñales. La belleza está por todas partes. El verde oceánico, el azul cristalino de los ríos, el ocre de las veredas teñidas de los vestidos arbóreos.

Escoger el camino arduo nunca es fácil. Cuando atravieso el bosquecillo dirección a los Ancianos y el prado de las Hadas es inevitable pasar cerca de la casa de los vecinos. Sus tierras rodean todos los caminos y seguramente también los comentarios al vernos pasar. Pensaran que somos irreductibles, que hemos aguantado los peores inviernos cuando no apostaban nada por nosotros. Los saludamos con amabilidad y también con cierta complicidad. El compartir linderos nos obliga a llevarnos bien porque nunca se sabe cuando un vecino puede ayudarte o echarte una mano. Aquí la vida es dura, aislada, solitaria, y siempre viene bien un poco de charla. Especialmente en invierno.
Indicar el camino arduo es complejo, caminarlo es aún más embarazoso. Otros ya probaron de su sabor amargo y de su fatiga. Vivian bajo una convicción ciega. Ya no podían volver la mirada hacia atrás porque ya no les valía cualquier cosa. El camino arduo tiene esas cosas. Una vez lo has probado, ya no sientes deseos de seguir por otra vía. Te atrapa, te seduce, te hechiza con sus maravillas. Es arduo, es fatigoso, pero excita solo pensarlo.

La vida es fútil y absurda cuando entramos en el engranaje del sistema. Cuando nos damos cuenta nuestro tiempo ha desaparecido. Ya no nos pertenece. Creemos tener algo de calma y ocio, pero eso demuestra algo terrible. Es como cuando un preso sale al patio de la cárcel a dar su paseo diario y piensa, mirando el cielo, que aún guarda en sí mismo algún anhelo de libertad. Esos momentos de ocio son como ese patio, una ilusión de creernos libres mientras deambulamos en la gran cárcel que nos gobierna. Y además nos vigilan y nos censuran. Las normas y las costumbres no permiten que salgamos del camino porque los vecinos juegan un rol importante. Como los nuestros cuando nos ven deambular por las veredas. Nos miran, nos saludan, observan que todo está bien y buscan nuestra complicidad mientras piensan que somos irreductibles, extraños, diferentes.

Vivir una vida algo excéntrica aquí en los bosques puede ser revulsivo para los que nos observan desde lejos. Vivir en la naturaleza, al menos para nosotros, es vivir una vida rica y profunda. Los dudosos lujos y comodidades nos apartan de algo real: el contacto directo con la vida. “Las ocasiones de vivir disminuyen en la medida en que crecen los
llamados medios”, nos decía Thoreau. No le faltaba razón. Es en la humildad del contacto directo con la tierra, del charco, de la comunión con las aves o el bosque, del grito de la lechuza en mitad de la noche, el frío y la nieve, el agua y el viento, donde nace nuestra verdadera naturaleza. Aquí no solo existimos, aquí vivimos intensamente si nuestra sensibilidad nos permite comunicarnos realmente con las fuerzas naturales y sobrenaturales que nos envuelven. Si somos capaces de entender los mensajes arquetípicos de la creación, ancha y luminosa en cada paso que damos. Casi se puede vivir una vida virtuosa sin un exceso de esfuerzo.

Por eso nos mantenemos firmes en el camino arduo. Sin desfallecer, sin mirar atrás, sin desear nada mejor que esto. Desaparecidas todas las ambiciones, solo cabe esperar que mañana el contacto con la naturaleza sea aún más intenso, y así, desear un día más, ser poseídos por las fuerzas inextinguibles de la existencia. No hay mayor sabiduría y ejemplo que poder profundizar en el camino arduo, a sabiendas que la mayor conquista de todas es el poder respirar a cada paso y ser partícipe de toda la creación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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