Los mundos se crean desde la quietud


geo y gaia

Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “Los mundos se crean desde la quietud

  1. “Contemplad pues con humilde mirada la pieza maestra de la eterna tejedora : como anima mil hebras una sola pisada, las lanzaderas disparan a un lado y a otro y las hebras fluyen encontrándose y un solo golpe sella mil uniones, esto no lo reunió ella mendigando, lo ha ido maquinando desde la eternidad a fin de que el eterno gran maestro pueda tranquilo urdir la trama.” Goethe

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