Defensa de tesis doctoral


Cartel-lectura-de-tesis-2019

Tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia. Tampoco dice nada sobre nuestra sabiduría o nuestra habilidad para comportarnos correctamente en el mundo. Siempre fui un mal estudiante. De pequeñito confundía las consonantes, no sabía lo que era lo más elemental del lenguaje. Permanecía siempre en silencio y nunca hablaba. A veces, cuando me preguntaban, podía responder con un lloro a falta de palabras. Siempre fui excesivamente tímido e introvertido. En la primaria siempre fui un desastre.

En la secundaria no tuve mejor suerte: repetí dos cursos. En el primer año de carrera universitaria no aprobé ninguna asignatura. Un profesor al que le tenía cierta simpatía me quiso ayudar. Me aprobó su asignatura y eso hizo que no me echaran de la universidad. Cuanto le debo a la generosidad de ese hombre.

La segunda carrera tardé el doble de años en terminarla y ahora, tiempo ya lejano de aquellas primeras torpezas, puedo decir con cierto orgullo que he tardado la friolera de quince años en terminar una tesis doctoral. Como decía, tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia, y también viceversa. Siempre fui un mal estudiante.

El éxito de esa defensa tiene más que ver con la constancia, el esfuerzo y el trabajo que con mi capacidad reflexiva o mi inteligencia. No soy una persona excesivamente hábil a la hora de ordenar y aplicar la inteligencia. Siempre sufrí de falta de inteligencia emocional, pero también de inteligencia racional. Mi capacidad para enfrentarme al mundo es por pura supervivencia. Quizás he sabido, de alguna forma, adaptarme a todo lo que poco a poco me iba sucediendo.

La adaptación no define la inteligencia. He conocido a decenas de personas excesivamente inteligentes, pero siempre con carencias de adaptabilidad hacia el mundo. Al ser un mal estudiante, con una capacidad limitada para casi todo, eso me hizo sobrevivir sutil y sigilosamente por el mundo de las sombras.

Eso que a priori podría entenderse como algo negativo tuvo su propio contrapunto. De la falta de inteligencia y la supervivencia entre las sombras hizo que naciera una cierta lucidez, una pequeña luz interior que pudiera guiarme. Lucidez entendida como pequeño punto de luz, como guía necesaria. No un conocimiento o una inteligencia superior, sino un punto de visión diferente.

La adaptabilidad me hizo comprender ciertas fuerzas y energías que se desarrollan en el ámbito humano. La combinación de las mismas, no necesariamente una combinación inteligente, produjo algo de luz, de lucidez. Esto es paradójico.

En la defensa de la tesis hablaré de la paradoja de la antropología como arte, más que como ciencia social. La tesis parece más una etnografía intimista, un relato narrativo que una exposición racional de datos sistematizados en un marco teórico y en contexto de narrativas científicas. Podría decir que la ciencia estricta está hecha solo para personas inteligentes. Pero el arte, la narrativa intimista, requiere de un poco de luz, de lucidez.

Algo así como una visión diferente de las cosas, algo que ayude a ver el mundo desde otra mirada. Sin mayor mérito que ese. Sin mayor merecimiento. Espero poder explicarlo humildemente en esa defensa, añadiendo que siempre fui un mal estudiante, de pésima inteligencia y de últimas de vagón.

Estáis invitados.

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