Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes


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© Mark Scheffer

El abedul se precipitó encima de la cabaña, seguramente quebrado por el peso de la nieve. Por suerte la cabaña ni se inmutó y ahí quedó, asomando por la ventana los restos de un trozo de vida que ya no está. A las cinco de la mañana me desperté. Había mucha luz ahí fuera y se veían las sombras de los árboles moverse de un lado para otro. La luna resplandecía con fuerza detrás de nubes que arrastraban rápidas por el horizonte indiviso. Se esperan unos días de mucha lluvia, frío y nieve. Espero que los abedules y robles que rodean la cabaña no caigan en redondo, precipitados por nieves tempraneras, como las que el año pasado arrasaron con medio bosque, quebrando árboles enteros. Espero que todo resista el nuevo envite.

Mientras esperamos los acontecimientos, miramos al cielo. En esa mirada tímida, el Logos se manifiesta desde esa luz inteligente, prisionera de nuestro estado corpóreo, deseosa de completar el cuerpo humano en su triple manifestación. Somos imperfectos porque somos incompletos. Nos quebramos ante el peso de la vida cuando este es insoportable, como el abedul, esperando que al alma y el espíritu se manifiesten algún día y así completar nuestra textura total.

Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes. Los terrestres son como la sombra de aquellos que habitan los cielos. El abedul quebrado es solo una sombra depositada en otra sombra que a su vez es habitada por una penumbra aún mayor. La vida, vista desde una dimensión superior, es como una luminiscencia que fluye por todas partes, como luminarias que brillan en la oscuridad brillante. Desde nuestra finitud, todo parece oscuro y sin sentido, nacido de un azar incomprensible.

Algunos hospedan la luz sin saberlo. Brilla con fuerza en sus adentros, pero se mantiene opaca a los ojos de la ignorancia. La angélica presencia puede manifestarse cuando abrimos las canillas del alma y entra en nosotros el resplandor superior de la vida. El cuerpo celeste está deseoso de ser guardián en la tierra, pues en los cielos, en su estado angélico, requiere presencia constante e incompleta.

Al fin y al cabo, solo se trata de eso. De integrar nuestros cuerpos, los de arriba con los de abajo, para que la luz se precipite, para que el estado angélico y los que le preceden puedan volcar toda su llama en los corazones ardientes. La base esotérica para poder realizar este acto milagroso es compleja. Despierta en nosotros un anhelo que no sabemos conducir porque nos falta guía y muchas veces, valor. El valor es imprescindible para que la luz se precipite, para que nuestro cuerpo terrestre se vuelva un emisario celeste.

Es ese valor que se teje ante las dificultades. Es esa fuerza que se amansa a base de afrontar la vida desde la deconstrucción de los esquemas cognitivos.

Es difícil que la vida se vuelva luminosa si siempre nos regodeamos en las mismas sombras. Si no somos capaces de vaciarnos, de destruir toda nuestra segura realidad, de avanzar, a veces a ciegas, hacia eso que nos impulsa a vivir. Hay motivos suficientes para despertar más allá de nuestra condición humana, para divisar, aunque sea en el infinito horizonte, la unidad de todas las cosas. Abandonar nuestras máscaras, nuestra historia, nuestro origen, es abandonarnos para ser preñados de luz. Y allí, en la línea que separa lo de arriba y lo de abajo, estamos nosotros, interludios capaces de proveer de esa luz al mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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