Sentencia


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Hoy a las cinco de la madrugada me desperté totalmente despejado. Interiormente intuía que algo iba a pasar. Miré el móvil. Había un correo de mi abogado. Había llegado la sentencia del juez. En resumen: los tres pisos a subasta y yo me tengo que hacer cargo de las costas del juicio, unos veinte mil euros. Me parece surrealista.

Me levanto sereno. Voy a la ermita e intento no perder la calma. Medito en silencio y dejo que amanezca el día. Tocan a la puerta de la ermita. Es el taxista del pueblo que me informa que Geo está en la comisaría de la Guardia Civil. Sonrío por dentro. Recojo mis cosas y voy a buscarlo después de estar un día desaparecido. Se fue de parranda y terminó en el calabozo. El cabo del cuartel me entrega a Geo, el cual se pone contento al verme, pero con esa cara de circunstancia que pone cuando sabe que ha hecho algo que no está bien. Es la misma cara que tengo en este momento. Algo no hice bien, especialmente confiar en la gente, intentar ayudarla de forma tan desproporcionada, dejarme llevar por mi ingenuidad a la hora de enfrentarme a la vida. Me faltó equilibrio y ahora lo estoy pagando.

Subo a la editorial y leo con calma de nuevo la sentencia. Llamo a mi abogado. Me explica que es injusto y que deberíamos apelar. Me informa que los veinte mil euros se los queda el otro abogado, que de eso trata las “costas” de los juicios. Le digo que no entiendo nada, que no entiendo la “justicia” ni su funcionamiento ni porqué un abogado tiene que ganar tanto dinero a mi “costa”. Intento no implicarme emocionalmente. La depresión que sufrí a cuenta de todo esto me hizo fuerte y ya nada me afecta como antes. Sólo analizo los hechos para entenderlos.

Los hechos son objetivamente claros. Me compro iluso e ilusionado unos apartamentos con la persona con la que en ese momento deseaba compartir mi vida, vivir una vida juntos. No tenía necesidad de hacerlo, pero ella quería vivir a toda “costa” en aquel lugar. Cedí a sus deseos con la esperanza de pasar más tiempo juntos. A los pocos meses ella encuentra un trabajo en el extranjero y decide romper la relación, ocupando su familia los apartamentos. Caigo en depresión y la depresión me hace caer en bancarrota. En esa situación tremenda decide demandarme con la intención de quedarse con los tres apartamentos a cambio de nada. Lo quiere todo. Para la compra de esos apartamentos me endeudo con un amigo y con un banco para pagar la entrada y amueblar los pisos. Me endeudo con el abogado para hacer frente a la demanda de quererlo todo. Llega la sentencia y dice que los pisos van a subasta, por lo cual lo pierdo todo, los pisos y lo invertido en los pisos. Y además, así es la justicia, debo pagar cerca de veinte mil euros de costas. Me entero que las costas son los honorarios que se llevan los abogados, lo cual me resulta insultante. Es evidente que la justicia es solo para unos pocos. Porque si alguien que no tiene nada desea pelear por lo suyo, no sólo lo pierde, sino que además debe indemnizar a los avaros que buscan lucrarse ante la debilidad de los mismos. Estos hechos y su injusticia me alejan de la realidad. Es evidente que el mundo gira en un sentido extraño que no soy capaz de entender, ni atender.

Pienso en ello e intento hacerlo desde la serenidad. Intento descifrar este mundo del cual me deseo desprender poco a poco, pero es complejo poder abarcar algo así. Me llama una amiga y me dice que la gente mata por dinero, que yo vivo en otro tipo de mundo que supongo, no es real. Que la vida no es como yo la sueño. Que hay gente que desea hacer daño, y cuando lo hace, se regocija del mismo. No quiero creerlo, respiro profundo y sigo pensando, en el fondo, que el ser humano es bueno por naturaleza. Solo eso puede darme fe y esperanza para seguir adelante. Y solo por eso merece la pena seguir.

En fin… me toca pensar qué hacer mientras respiro profundamente, mientras intento encajar este nuevo golpe. Además de seguir pagando durante años el préstamo que pedí para comprar los pisos, además de ver como pierdo algo que también era mío, además de dejar que me embarguen lo poco que tengo para poder hacer frente a las injustas costas del juicio, además de no cometer ninguna estupidez que pueda empeorar las cosas, realmente no sé qué hacer, excepto respirar profundamente y dejar que la vida entre en mí. Quizás no deba hacer nada, solo respirar y respirar, preñarme de vida. Quizás deba abandonarlo todo, como cuando en alguna tragicomedia uno siempre se debate entre el ser y la nada, y decide la heroicidad de ser.

Al menos me toca felicitar al mal, que parece que va ganando batallas poco a poco… Algún día me tocará sellar todas sus puertas, las puertas dónde se halla el mal, y vencer todas estas batallas. Mientras, sigamos fortaleciendo el alma, sigamos aprendiendo, sigamos buscando luz, más luz…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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