La piedra, la hoja, la puerta ignota


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¡Paseo Geo!

A M., agradecido…

Cinco minutos de silencio transforman tu vida. Desnudo, perdido, los libros se amontonan en mis pupilas. Enciendo la barra de incienso y recuerdo las palabras de aquel poeta: la piedra, la hoja, la puerta ignota. Me gustó la película sobre Thomas Wolfe, pero especialmente por el papel de su editor y por la compañía. Los momentos ahora son recuerdos, pero los recuerdos también pueden ser una llama.

Las hojas se amontonan en los aledaños de los caminos. La vida se estruja en cada instante. Todo pasa rápido, todo lo engulle el tiempo. Sí, la vida pasa mientras paseo junto al río viendo como los frutos de otoño caen destrozando avenidas. Extraño todo. Extraño todo aquello que no puedo abarcar, todo aquello que ya será imposible arremolinar entre los sentidos.

Es siempre seductor un cuerpo desnudo. Está prohibido hablar sobre ello, pero cuando se desnuda la vida, podemos observar su fragilidad. El lector de cualquier libro puede danzar en su imaginación sobre pensamientos que engulle de esa prisión indecible e inexplicable que es este mundo. Frágil, vidrioso, quebradizo. La vida se replica, pero sabemos, aunque no queramos admitirlo, aunque vivamos ajenos a ello, que en cualquier momento despertará en nosotros el temor. Somos extranjeros de paso, estamos aquí, vivimos una experiencia humana y la abandonamos en cualquier instante. Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos, nos decía el poeta. Perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Nos replicaba. Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? Se preguntaba.

Admitamos que no sabemos nada. Que vamos improvisando, que vamos arrastrando el alma de un lado para otro, pero sin caer en la cuenta que el alma muere en el soma, en el cuerpo que lo habita. El alma asfixia su propósito mientras que exploramos ciegos cualquier posibilidad, olvidando siempre la gran oportunidad que se nos dio para dar cobijo a la vida, a la expresión máxima de la existencia. Somos demiurgos de nuestra propia ignorancia. Somos presa del pánico que subyace en el olvido de nosotros mismos.

Miro las montañas de libros y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Pero luego resulta que recibo un cariñoso saludo desde Uruguay y eso me abre el corazón, me parte el pecho. Y de madrugada, una mano roza el cabello mientras el bosque eriza su pesada carga. Y vuelvo a la vida reviviendo cada instante sin que me tiemble el suspiro. El perdido sendero que conduce al cielo se aproxima cuando observo que nada permanece. Todo está bien cuando se contempla desde la unidad que los gunas aportan en el estado sátvico. En la unidad del espíritu, la piedra, la hoja y la puerta ignota son una misma cosa. La grandeza del ser solo puede entenderse desde su sencillez, desde su humilde condición humana, desde el inacabado estado de consciencia despierta.

Batido por el viento deambulo de aquí para allá, intentando satisfacer las voces que reclaman agua en el desierto, los cantos sílbicos de aquellos que promulgan una palabra perdida, un verbo creador. La desnudez preñada de noche. La ausencia de luz no es producto de un acto reprochable. Son los ciclos. Debemos adaptarnos a cada nueva estación. Así es la vida. El sol viene y va, esperando nuestra generosa respuesta, muy parecida a ese entendimiento de sabernos dignos de la vida gracias a generaciones y generaciones de supervivientes que durante siglos anduvieron por estas tierras. Y esa generosidad se expande arrojando luz a los otros, a los que nos acompañan en el arrebatador viaje. Miramos el sol pero no comprendemos su grandeza. No es por la vida, es por la generosidad que expande día y noche. Incluso cuando todo resulta oscuro.

Llega el crepúsculo. En otoño es difícil adivinar qué tipo de luz vendrá cada noche. La oscuridad es diferente, cargada de ansiedad pero sosegada, viciada de estrellas pero temida al frío. Miro las estanterías y cientos de libros se amontonan unos sobre otros. No puedo parar de mirarlos. Miro el suelo y cajas y cajas enteras se apilan buscando salida honorífica a tan nobles letras. Aún guardo el adorable paisaje del amanecer mientras me pregunto como hará la luz para adentrarse entre tanta tiniebla. La piedra, la hoja, la puerta ignota. Sólo son fragmentos de una realidad esquiva, fragmentada, ilusoria. Si te instalas en el estado sátvico verás que la luz rodea por todas partes… le digo mientras la imagino caminando entre alamedas de asfalto. Aquí el bosque tiembla. Aquí el bosque se llena de luz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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