El azote del viento


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El viento azota fuerte las copas de los árboles. El ocaso ha terminado con las últimas lágrimas de sol y los rayos, ausentes, deambulan por el otro lado del mundo. Aún puedo distinguir la línea del horizonte, las montañas al fondo, el bosque aquí dentro. Hoy salió el sol y posiblemente las baterías mantendrán algo de electricidad un par de horas más. Luego la noche total, el silencio, el apagón que termina con todo lo que tiene que ver con lo humano. Luego el viento y su azote. Se apaga lo humano y se enciende el lado salvaje de la naturaleza. La oscuridad, el flujo mistérico, los animales del bosque que deambulan de un lado para otro, la soledad y los sueños, de nuevos repetitivos, de nuevo errabundos. La vida manifestada, invisible, palpitante.

Los caminos están plagados de setas. Como hay mucha humedad, las hermosas y vistosas salamandras inundan sus orillas. Hay que caminar despacio entre el crujir de las hojas del bosque para no pisar ninguna. Hay un perro blanco, hermoso, tímido, que se ha instalado al lado de la cabaña. Me cruzo con él e intento hacerme su amigo, pero las alianzas son complejas entre especies que no se conocen, entre seres que acaban de compartir saludos ajenos. Siempre hay miedo a lo desconocido. Por eso nos aterra el ciclo de la vida. Por eso tememos a la muerte.

Son las ocho de la tarde y me acuerdo que tengo que cerrar los patos y las gallinas en el corral antes de que algún zorro se de el festín. Dejo de escribir y me lanzo corriendo hacia el otro lado de la finca. Quizás cuando vuelva ya no tenga electricidad. Las viejas baterías están estropeadas y no dan mucho de sí. Me arriesgo. Lo primero es lo primero, mientras pienso que debo afrontar el invierno de forma diferente si nos quedamos de nuevo sin electricidad. Llevar una empresa y una fundación desde una cabaña no es fácil. Tiene su parte bohemia y romántica pero también sus complejidades. Una heroicidad, o una locura. Lo pienso mientras azota el viento y la vida sigue su curso.

Acabo de volver. Aún hay algo de luz. La gata Meiga ha entrado en la cabaña y posa su cabeza entre la almohada y la ventana, mirando el ocaso. El recuento ha sido perfecto. Diez gallinas, un gallo y dos patos. Echo en falta a los pavos, especialmente a la pava bizca. Le había cogido un especial cariño. Pero este lugar parece que no fue creado para pavos. De hecho, este lugar solo fue creado para valientes, locos o héroes… Yo estoy entre los segundos y eso me llena de cierta soledad que intento desahogar con paseos o escrituras o mucho trabajo. Las tareas del día a día nos distraen, las obras avanzan despacio, pero avanzan. Siempre hay mucho por hacer. San Francisco tenía una gran obra por construir. Ahora entiendo de cerca lo que deseaba transmitir. Es la humildad ante los elementos, también ante lo más elemental de la vida. La supervivencia te hace ver la existencia de forma profunda y dócil. Aprendes a inclinarte, a arrodillar todas tus creencias ante la inmensidad, ante el infortunio, ante el halo mistérico.

La escritura me fascina y la disfruto. Me gustaría dedicarme solo a escribir. Esta combinación de letras y palabras que vienen acompañadas de cierta energía, de cierta emoción, de cierto pensamiento y a veces, incluso de cierta alma. Me gustaría poder vivir abiertamente de la escritura. Editar algún libro, porque me fascina ese trabajo de escribano, de monje medieval que intenta rescatar los clásicos antiguos para que se transmita el conocimiento de generación a generación. La sabiduría perenne sigue llamando a mis puertas como antaño. Pero es una tarea ingrata, compleja, difícil. Para sostenerla los antiguos monjes tenían que labrar la tierra, cuidar de los animales, hacer el pan y rezar mucho para que Dios no descuidara la inmensa labor de proteger el misterio. Mi tarea es parecida. Tengo que editar diez libros ajenos a mi sentir para poder salvaguardar uno que requiere una dimensión espiritual diferente. La cultura ha sobrevivido a lo largo de los tiempos por ese rango de sacrificio que requiere soportar lo material bajo el prisma de lo intangible. Lo espiritual requiere de soportes ajenos a su dimensión profunda, hasta que llega el momento de espiritualizarlo todo. Entonces lo vulgar se vuelve sagrado y lo ordinario extraordinario. Entrar en lo milagroso por la puerta estrecha requiere de mucha disciplina, de mucho sostén y fortaleza interior, de mucha capacidad para soportar los envites de la ceguera. Te quedas sin luz, y de repente no sabes cuanto aguantará la batería del viejo ordenador. Es evidente que cuando en los monasterios se quedaban sin velas la catástrofe podría ser inmensa. En invierno los días son cortos, y la tarea siempre es más compleja.

Por la tarde fuimos a pasear y nos tumbamos en la hierba, en el prado de las hadas. Allí hablábamos sobre el amor. Por dentro sentía ganas de enamorarme. De la vida ya lo estoy, pero sentía ganas de ensanchar de nuevo el pecho, de inflarme por dentro hasta levantar dos palmos mi cuerpo sobre la tierra. La soledad tiene sus cosas buenas, pero la locura de estar enajenado por otro ser es algo que no tiene precio. Hoy sentía deseos de primavera, a sabiendas de que la primavera pasada se frustró el intento de volar un poco más alto y de que las futuras serán posiblemente meras ilusiones. Pero hace frío y el invierno acecha. Viento, hoy azota mucho viento y las copas de los árboles resuenan con fuerza. Así es el otoño en los bosques. El aire despoja y desnuda a toda la naturaleza. Solo permanece lo perenne. Como la sabiduría que estoy obligado a proteger, promover, divulgar. Contra viento y marea.

Por dentro todo está bien hilado. Siento que las vidas se conducen por un camino oculto, invisible. No podemos gobernar del todo los acontecimientos invisibles, pero sí podemos intentar entenderlos. Hay un gran plan universal que nos espera, que está deseoso que nos entreguemos a su causa mientras se teje con sutiles maravillas. Es cierto que nuestras distracciones cotidianas nos impiden ver esa gran belleza, esa oculta brillantez, pero persistimos. Sólo cuando miro al bosque y observo el balancín de las copas de los árboles en el ocaso mientras suena algo de música sacra en esta humilde cabaña puedo entender ese hilo misterioso. Persistir, era tras era, es lo que nos lleva siempre a tan arraigada disciplina.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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