Dos antropólogos en Marte


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Esta mañana trabajando en los tejados de la casa de acogida. Aquí se aprenden todos los oficios. No puedo desvelar quién hizo la foto, pero si os sirve de consuelo, diré que es de Plutón

Es una suerte compartir trabajos con colegas. Los antropólogos somos extraños y una raza en extinción por eso es toda una sorpresa el encontrarte con uno, y además, con alguien que está haciendo un trabajo de investigación sobre el tema que se ha saldado con casi quince años de mi vida. A su compañera de vida les gusta llamarnos “antropolocos”. No le falta razón. A base de estudiar al ser humano en todos sus contextos culturales, uno se vuelve raro, extraño, extraterrestre.

Esta mañana nos dábamos cuenta cuando subidos al tejado relatábamos anécdotas de la profesión, de nuestras carreras como observadores participantes, como activistas del género humano. Le confesé que estaba enamorado de mi objeto de estudio, y de tanto cortejar a unos y otros, terminé contaminado, asimilado, vacilando entre si dar rienda suelta a mis delirios académicos o ceñirme a la vivencia, a la praxis, desde aquello tan manido de la acción-participación. Admito que el “campo” epistemológico en el que me encuentro no tiene desperdicio y de que pocas cosas serían capaces de apartarme de este lugar. Eso me hace pensar, ahora desde la más absoluta de las serenidades, que mi camino seguramente será en solitario. Nadie en su sano juicio se vendría a pilotar una nave marciana dónde lo más normal que puede divisarse son algunos árboles y montañas. El resto es tremendamente extraño.

Si hubiese marcianos creo que los primeros que tendrían que ir en misión especial para comprender al “otro”, al “extraño”, al “exótico”, deberían ser los antropólogos. Me apuntaría de inmediato a la misión de intentar contactar con mentes diferentes, culturas ajenas a las terráqueas. Si algún día hubiera un contacto masivo los antropólogos deberían interaccionar con los alienígenas, porque somos de los pocos científicos sociales que podríamos persuadir a los otros para que no nos invadieran, o para que no nos exterminaran por ser, al parecer, una especie de plaga para el ecosistema de nuestro hermoso planeta. Los antropólogos tenemos una sensibilidad diferente a la hora de tratar con el mundo. Nuestra vida está llena de relativismos, de cinismo, de incoherencias, de pesadas bromas a deshoras que nadie entiende y que aburren o se hacen pesadas. Por eso creo que podríamos tratar de tú a tú con marcianos. Ellos, como los niños, que son inocentes, captarían enseguida nuestro modus operandi y sin juzgarnos, se pondrían con nosotros a filosofar sobre la vida encima de los tejados.

Hablamos tanto en el tejado sobre cuestiones metafísicas y profanas, que la faena iba a un ritmo diferente. Eso me alivió, porque el otro día, bajo la lluvia, terminé dolido por todas partes. Así que el trabajo amenizado con la charla filosófica y antropológica nos hizo poder estar allí arriba, en las alturas, disfrutando de los paisajes otoñales mientras clavábamos tablas a medida. Para compensar un poco el relajado ritmo de la mañana estuvimos hasta media tarde subidos a los tejados, hasta las seis. Luego tomamos una infusión y el tiempo pasó volando ante la hermosa y emocionante noticia de que el núcleo familiar se queda un tiempo más.

A veces me preocupa la fase de enamoramiento de este tipo de proyectos que siempre es hermosa y emocionante. Luego viene la rutina, el frío, las pruebas incontables. Un antropólogo que tiene la cabeza en marte puede asumir la dureza de este oficio en entornos salvajes y anárquicos como este. Pero me doy cuenta de que las condiciones son duras, y quizás sea eso lo que me atraiga de este lugar al mismo tiempo que hace que mis potenciales novias salgan huyendo de aquí. La dureza hace que interiormente te fortalezcas, que veas la vida con total desapego, con una visión más amplia, al mismo tiempo que requiere de sacrificios incontables difíciles de entender por la media de los mortales.

Esta visión bucólica del trabajo de campo experimentado y entremezclado desde la vida personal choca frontalmente con lo académico. Me doy cuenta de que el haber estado quince años investigando las comunidades no tiene nada que ver a estar unos años viviendo y participando activamente en una de ellas. Son mundos diferentes, y por eso no es de extrañar que la ciencia sufra de atrasos importantes. Es complejo poder tener una mente abierta y holística más allá de los corsés académicos y sus ortodoxias endogámicas.

La vida es compleja, pero la vida observada lo es aún más. Si te interrogas sobre la vida y sus fenómenos llegas a conclusiones inexactas, pero si además te empeñas en experimentar la vida desde su más profundo embrollo, ahí todo se complica. Uno puede intentar teorizar sobre el amor, pero nunca podrá explicar la sensación que uno siente cuando alguien a quien amas profundamente te besa los labios, te mira con profundidad o te acaricia el pelo en una tarde de otoño. Se podrá hablar sobre las cosas, pero experimentarlas y vivirlas en carnes propias es bien diferente. Me resultaría complejo explicar la sensación de libertad y amplitud que sentía esta mañana subido en los tejados, clavando maderas con un colega antropólogo y divagando sobre la vida y sus misterios. Nadie que no haya podido experimentar eso puede entenderlo.

Es cierto que podría estar haciendo miles de cosas, pero nadie podría entender la felicidad interior que siento al saberme partícipe de una gran obra. Los antropólogos entendemos mucho de relatividad. Más allá de la superficie, la línea y el cuerpo, no está, lo siento querido Einstein, el tiempo. Más allá de todo eso está el observador, y si me apuran, lo observado en sus procesos. Lo marco en plural, porque no hay un proceso que se pueda captar en cámara fija. Existen múltiples procesos que determinarán cada decisión que tomemos, a la vez que esa decisión determinará para siempre todo lo demás. Estar encima de un tejado es como estar en Marte. Desde allí se pueden ver los procesos, los arquetipos, en definitiva, se puede sentir la Gran Obra palpitando dentro de un compás de maravillosa realidad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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