Sentido y seguridad. Nuevas fórmulas para cambiar el planeta


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No me sentía seguro en el tejado. Estaba lloviendo y todo resbalaba. Unas pocas maderas sujetaban mi peso frágil. No había nadie alrededor. Todos dormían. Me desperté temprano, fui a la pequeña ermita, encendí la vela y me puse a meditar para intentar observar el nuevo día desde una dimensión más transpersonal, más viva, más despierta. Desayuné y me subí a las alturas. La falta de seguridad estaba bien sujeta con el entusiasmo que el sentido de esa acción daba a mi vida. No soy carpintero, no soy albañil, no soy constructor, pero poseo un profundo sentido existencial, y eso es lo que me movía a arriesgar mi integridad bajo la lluvia hasta que a las tres de la tarde se acabaron las maderas y tuve que dejar de trabajar.

Seis horas de continuado esfuerzo, de arriesgado trabajo por un claro sentido, el crear un entorno único y diferenciado que sirva como posible exploración pedagógica de soluciones futuras a los retos que se nos presentan. Realmente el sentido no era hacer un tejado nuevo, sino el de crear una casa de acogida para que las nuevas ideas florezcan en la práctica continua de la transformación grupal. Una forma pedagógica de revolucionar las consciencias para que dejen de hablar y empiecen a actuar. Pasar de la palabra al verbo y del verbo a la creación consciente, grupal, colectiva.

El gran éxito del siglo XX en Occidente fue que las desigualdades se diluyeron gracias al trabajo asalariado y la circulación de la propiedad privada, el crédito y los años de paz que vivimos tras la hecatombe de las dos grandes guerras. Un asalariado que administrara bien sus bienes podía hacer cosas que hasta hace poco solo podían hacer las clases privilegiadas. El gran éxito del siglo pasado es que vivimos en un entorno de seguridad e individualismo al mismo tiempo que se iba reduciendo el entorno de sentido. La clase sacerdotal dejó de existir y el mundo se vio abocado a una pérdida de identidad, de sentido, de orientación filosófica y espiritual. Durante mucho tiempo hemos vivido única y exclusivamente para acumular cosas. Ese ha sido nuestro único sentido. Nos hemos convertido en una sociedad de pequeños propietarios que ansía dar libertad a su sentido de avaricia y acumulación sin mayores planteamientos. La seguridad está por encima del sentido de la vida y de las cosas. El éxito material ha marchitado nuestro progreso espiritual y filosófico, dando paso a un egoísmo donde lo único que importa es el disfrute individual. Estamentos como la comunidad o la familia están desapareciendo para promover aún más la soledad individualista que la acumulación de cosas, y por lo tanto, la seguridad, está promoviendo. La paradójica futura será el ver como esa seguridad provocará con el tiempo pérdida de sentido, y por lo tanto, vacío existencial.

Todos necesitamos un relato coherente para dar sentido a nuestras vidas. La lucha por la supervivencia psicológica es casi tan importante como la lucha por la seguridad de las cosas. Salvar nuestro honor o nuestra dignidad pueden provocar la creación de discursos distorsionados o convenientes que intenten amoldar nuestras vidas a las cárceles conceptuales que hemos creado para sentirnos cómodos. Nuestra mente intenta interpretar el entorno, pero muchas veces olvida la más importante de todas las interpretaciones, la de su propia naturaleza, la de su propia esencia. Todas las fuerzas y dimensiones del ser humano están entrelazadas y entretejidas. No sabemos nada de los tejedores, no sabemos nada de lo que da sentido a la existencia, excepto místicas y espirituales inspiraciones en las que nos refugiamos cada vez menos para intentar sofocar nuestra dimensión humana. El sentido, a grandes rasgos, ha desaparecido porque la seguridad que las cosas nos dan ejerce como perfecto analgésico ante los males que nos acechan.

Allí arriba en el tejado la dimensión de las cosas y la seguridad se ve de forma diferente. Alzando la mirada meditativa, bajo la lluvia, se ejerce un poder entusiasta hacia una forma diferente de ver la vida, de entenderla y expresarla. La seguridad es importante. No dudamos de ella, pero tiene que tener algún sentido. Hablan de que estamos abocados a una catástrofe mundial, climática. Realmente hablamos mucho sobre ello, con hermosos marcos teóricos, con bonitos discursos en foros económicos y con incesante activismo, pero de todo eso de lo que hablamos, pocos son los que arriesgan su seguridad en algún tejado bajo la lluvia.

Es evidente que lo del tejado es solo una anécdota, pero quiere ejemplarizar lo que actualmente ocurre. Ya no basta con concienciar, con decir lo que tenemos que hacer o lo que sería mejor hacer para no llegar al apocalipsis. Estamos entrando en la urgencia del actuar. Estamos penetrando en la compleja visión de que si no actuamos, es posible que nos acerquemos cada vez más a la pérdida total de nuestra seguridad, no ya individual, sino colectiva, grupal, como especie, como planeta único. Posiblemente estemos en la hora límite de la especie humana. Posiblemente tengamos que empezar a hacer algo, más allá de hablar sobre ello. Quizás estemos llamados a remangarnos las mangas y ponernos a trabajar desde lo más básico como puede ser nuestra alimentación o nuestra movilidad o lo que consumimos todos los días hasta lo más complejo como puede llegar a ser nuestras relaciones con los otros, con nosotros mismos, con el entorno, con la naturaleza e incluso, si arriesgamos un poco más, con el misterio de la misma. Las fórmulas para cambiar el planeta empiezan por nuestra acción diaria. A cada segundo estamos apostando por ello. A cada instante votamos qué deseamos para nuestro futuro y el futuro del planeta. Más allá de la seguridad, es una cuestión de sentido.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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