Un otoño caliente


 

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La niña-ángel trabajando duro para mantener el gallinero limpio

Es maravilloso ver como caen las hojas secas de los árboles. Esta mañana intentaba sacar algunas del estanque, pero era imposible. Sacaba diez hojas y con la brisa otoñal, aún de cálida caricia, caían veinte. La niña-ángel que nos acompaña estos días se reía con las bromas. Nunca había visto un ser tan puro, tan alegre, tan bello por dentro y por fuera con tan solo seis años de edad. Habla como un maestro hablaría, con simpatía, con amor, con respeto, con gracia, con humildad, con tacto. Es la más trabajadora de todos, pero al trabajo le añade un alto grado de filosofía y consciencia. Hablamos en valenciano y en su mirada se dibuja a cada gesto un amplio halo de humanidad. Ha sido un regalo del cielo el haber podido conocer a un ser tan despierto e iluminado. Un verdadero destello para los corazones amables, un verdadero regalo para el espíritu sediento de almas puras. Cuando conoces a niños así, la vida te llena de esperanza, de fe, de fuerzas. Una niña ángel cargada de belleza, de luz, de esplendor, de lucidez. “Hoy ha sido el mejor día de mi vida“, decía ayer mientras limpiaba afanosa y entusiasmada el gallinero. “Hoy ha sido el segundo mejor día de mi vida“, decía hoy mientras sacábamos las hojas del estanque. O Couso y su sencillez sigue despertando este tipo de cosas.

Ahora veo a los pájaros comer en el comedero que aquella otra mujer-ángel instaló frente a la cabaña hace unos años. La recuerdo con amor, con dulzura. Me duele en el alma haber perdido la comunicación con ella. Sobre todo, me duele en el alma el que en pocos días tengamos que ir a juicio para una división de cosa común. No logro entender aún, un año después, como pudieron ocurrir las cosas de aquella manera. Como pudimos pasar del amor profundo, del respeto profundo, a la más completa de las ignorancias, la distancia, los recelos y la rabia. No sé porqué los corazones se rompen de forma tan frágil al primer viento.

Fue un golpe duro, muy duro, del cual aún guardo algunas secuelas. Este otoño se complicarán cuando volvamos de nuevo a reabrir esas heridas y de nuevo me enfrente a otra casi segura sangría por no haber resuelto amistosamente algo que en principio parecía fácil: mitad para ti y mitad para mí. Pero el todo o nada nos va a salir muy caro, y veremos como la vida nos ayuda a recuperarnos de este nuevo duro golpe. En fin, será un nuevo reto, una nueva prueba en el ascendente camino de aprendizaje. A ella le deseo siempre lo mejor, porque a pesar de todo, a pesar de la dureza de su partida, de su silencio y de su forma de solucionar “lo común”, para mí siempre será una “mujer-ángel” que vino a enseñarme la importancia del desapego emocional y de la necesidad de luchar por lo que a uno le corresponde. Lección aprendida. Primer juicio en breve.

El segundo juicio es importante para mí. Tras pasar por los juzgados para la división de cosa común, tendré que enfrentarme un mes después a la defensa de la tesis ante el tribunal académico. Es todo un reto, es toda una enorme responsabilidad tras casi quince años de grandes esfuerzos y renuncias. Una tesis doctoral que cambió mi vida cuando hace años decidí dejar toda mi plácida vida para lanzarme a la aventura en la que ahora aún me encuentro.

Uno de los problemas de alargar tanto una tesis doctoral es que puedes cometer la imprudencia de enamorarte del objeto de estudio. De alguna forma eso me ha pasado, no lo niego, y de alguna forma, mi vida ya no puede volver a ser normal después de esta intensa experiencia. El trámite académico se ha quedado pequeño, tan pequeño, que el marco teórico nada tiene que ver con la experiencia vivida desde la subjetividad antropológica. Casi no sabré qué decir de las utopías cuando me toque defender mis hipótesis de trabajo. Casi no sabré de qué manera disimular lo alejado que ahora me encuentro de la mirada antropológica, entendiendo que una nueva forma de ver las cosas se ha abierto ante mí. Haré lo que pueda, sin mayores aspiraciones, y satisfecho, profundamente satisfecho de todo el esfuerzo, sacrificio y trabajo realizado.

Siento profundamente que este otoño, cuando resuelva estos dos juicios, una nueva vida se abrirá ante mí. Aún no puedo intuir como seguirá, de qué forma continuará mi agitada existencia. Pero cuando por fin tenga estos dos apartados en orden, haré un viaje para celebrarlo. Aún no sé dónde, pero será lejos. Será mi regalo ante tanto esfuerzo. Y en ese viaje hacia las profundidades del ser, bucearé en el siguiente escalón, en la siguiente exigencia vital, en la siguiente meta o propósito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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