Sphairos, espiritualizar la vida, incluso en la práctica


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Empédocles decía que con lo que vivimos en cada presente ya nos aumenta el conocimiento, de ahí que en nuestro devenir vayamos cambiando constantemente lo que pensamos. Para el filósofo griego, Sphairos es la esfera primigenia, el motor de todo cuanto existe, la fuerza que todo lo mueve, la Fuente, de ahí que todo, de alguna manera, vibre en esa esencia primera y por lo tanto, cambie. Tal es, en efecto, nuestro intelecto, como nos recordaba Homero, tal es nuestra naturaleza. Por lo tanto, el despertar rotundo del Cosmos, el Sphairos, algún día se manifestará en nosotros, inevitablemente, como una explosión que nos hará despertar a nuestra verdadera naturaleza.

Mientras esa explosión ocurre, nuestro intelecto se encuentra ausente, como un dios-torbellino encerrado en una pequeña botella a la deriva a la espera de la gran ola que lo hará explotar en mil pedazos, liberando al genio que encierra. Nos sentimos como si estuviéramos enterrados en la tierra húmeda y cálida, justo en el epicentro donde se unen los cuatro ríos del mundo, engendrando algo que algún día, quizás de aquí a diez o veinte años, germinará. No sabemos aún lo que es, y no sabemos aún de qué manera se articulará y de qué naturaleza serán sus frutos. Pero la sensación interior de semilla la tenemos, y de que estamos en esa oscuridad de la tierra silente, también.

Hoy leía un artículo dónde se hablaba de espiritualidad y en algún momento me topaba con mi nombre y con alguno de mis libros. Había un párrafo que decía algo así: “el antropólogo Javier León, exponente de la Nueva Era –incluso en la práctica, con vida comunitaria–.” Debo decir que lo de exponente suena desagradable y exagerado, especialmente si se es de un movimiento cuyos matices están bastante denostados y en los tiempos que corren, diría que incluso trasnochados. Hay una nueva era pequeñita, cargada de egos, como el mío propio, que campan libres diciendo estupideces, a veces incomprensibles para los profanos de cualquier materia y a veces infumables para doctos y sabiondos. Pero la segunda parte de la frase me gusta: “incluso en la práctica“. Porque una cosa es hablar de espiritualidad, cosa que me gusta hacer cada vez menos, y otra cosa es ponerla en práctica. Confieso que a pesar de los esfuerzos, es una empresa de lo más costosa. Empezando por la comida, por lo que comemos, siguiendo con las relaciones, con el prójimo y la prójima, y luego con el propio entorno, con la vida. Si además tienes un auténtico anhelo de indagar en lo profundo, en el Misterio, la práctica se hace esencialmente compleja, porque ahí ya de nada sirven las riquezas, ni los egos, ni el glamour, ni la ilusión de las cosas. Ahí se trabaja con vibración, con energía y con fuerzas. Ahí uno se especializa en el Sphairos.

En ese trabajo estrecho e interior, lo que nos pide la vida es poder vivir una vida anónima y discreta porque el que sabe calla, y el que calla osa, y el que osa quiere siempre actuar discretamente, en silencio. Cuando empecé con la editorial un amigo experto en marketing me dijo que si quería vender libros, propios o ajenos, tendría que empezar a vender mi imagen, mi marca personal, tendría que hacer ruído. Esas cosas me aburren porque siempre fui un pésimo vendedor. Incluso cuando vendía pizzas en mis tiempos de estudiante, otros estudiantes aprovechaban mi bucólica forma de entender la existencia para engañarme con billetes falsos y zamparse unas sabrosas pizzas carbonara a mi costa. No sé venderme, y por eso me gusta tanto regalar libros. Tampoco sabría venderlos, ni sabría pedir a nadie algo que tuviera que ver con compartir el don. Tal es en efecto mi intelecto, es decir, si seguimos el hilo conductual de Aristóteles, tal es, en efecto, mi alma.

Como alma peregrina, es decir, como alma o ser que transita desde los tiempos del primer Sphairos, tengo la sensación de que ya que hemos venido a la Tierra, a esta existencia, en este siglo, algo tendremos que hacer. Podría vivir una vida diáfana, holgada de cosas, tranquila. Cuando lo experimenté sentía que algo faltaba, que, si la vida era única e irrepetible, algo habría que hacer al respecto. Viajar nunca fue suficiente, al menos viajar hacia fuera. El mayor de los viajes siempre fue hacia dentro, hacia el interior, hasta que un día descubrí, casi en una especie de iluminación sectorial, que como es adentro es afuera. Eso fue muy revelador. Entendí que las personas que se presentan en nuestra vida son una vibración, una especie de energía que resuena en concordancia con algún aspecto de nuestra propia energía.

Todo es vibración, y por ley de afinidad, atraemos aquello que somos capaces de construir dentro de nosotros. Pero además de vibración y energía, existe algo aún mayor que podríamos llamar fuerza. Es eso que mueve los mundos, los pensamientos, la emoción. Todos tenemos energía y vibración, pero no todos tenemos la suficientemente fuerza para ser polos de atracción, de movimiento, de transformación, de cambio. Debemos asumir este requisito de nuestra existencia. Especialmente si llegamos a la conclusión de que somos almas en un espacio limitado en una experiencia de tiempo finita. Aquí hay encerradas muchas preguntas con muy escasas respuestas.

Hay tres maneras de conseguir fuerza: con el silencio que se alcanza en los estados meditativos, con el estudio concienzudo de aquello que nos interesa y con la acción que se deriva de un correcto servicio a cualquier causa. Si somos capaces de aunar esos tres puntos de fuerza en un mismo nodo, nuestra transformación está garantizada y, de alguna manera, nos convertimos en focos de fuerzas, en un holograma del primer Sphairos. Cuantos mayores sean los intervalos de silencio, de estudio y de servicio, mayor será la fuerza que atesoremos. ¿Y de qué manera utilizar esa fuerza motriz, ese rayo poderoso y fulminante? Aquí hay encerradas muchas otras preguntas.

Me gusta mucho la idea del hágase la voluntad mayor. Hablé de ello en escritos pasados cuando me refería al kénosis, ese vaciamiento interior que permite llenarnos de algo diferente a nosotros mismos, ese empeño poético de concebir lo inconcebible. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Si esa voluntad mayor desea hacer de mí un exponente de la Nueva Era, pues a servir. Pero como digo, me siento semilla ardiente, aletargada en la tierra húmeda y cálida, con deseo de seguir silencioso, profundamente anónimo, a pesar de tanto ruido, a la espera de mi propia explosión, de mi propio Sphairos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “Sphairos, espiritualizar la vida, incluso en la práctica

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