Morir de amor…


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La pava, agonizando, minutos antes de morir

Estaban fuertemente unidos. Cuando él se alejaba un poco, ella clamaba su atención. Cuando él se despistaba por el bosque, ella iba corriendo en su búsqueda. Se les veía juntos por todas partes. Ella, algo más feucha, estaba completamente enamorada de él. Él, esbelto, fuerte, grande, la miraba con ternura, con amor, con cariño. Hacían buena pareja entre tanto pájaro raro. Paseaban por las veredas, ahora ya casi otoñales. Se acercaban al estanque para saludar a los patos. A veces se confundían entre las gallinas, peleando por algún trozo de pan duro que les echábamos entre horas. Era hermoso verlos en sus peculiares paseos por los verdes prados. Era hermoso pensar que el amor es relación, acompañamiento, comprensión en lo bueno y en lo malo. Me entusiasmaba observar la fidelidad que se tenían, especialmente en un mundo tan traicionero como el nuestro. Envidiaba de alguna forma, aquí arrastrado por esta soledad, su eterna compañía. Sentía que su relación era infinita, para siempre.

Una noche se perdieron. Debieron despistarse y no llegaron a dormir en el gallinero. Yo andaba de viaje así que me sentí impotente cuando me explicaron que en esa trágica noche el pavo macho había muerto en trágico suceso. Desde aquel día, la pava bizca sufrió de desamor. Su pavo había muerto, ya no estaba a su lado, ya no tenía su compañía, ya no podía gritarle cuando se alejaba más de tres metros o cuando en su media ceguera, no veía que estaba ahí, a su lado.

Desde ese día la pava bizca ya no fue la misma. Se la veía vagabundear por los prados, sentada sola, en las esquinas de los caminos, a veces con los ojos cerrados, como llorando la pena, a veces pensativa mirando al infinito. Su tristeza fue la mía, por eso estos últimos días hablaba de ella. Sentía como si de alguna forma pudiera entender su dolor que hacía mío. A veces, aprovechando que no veía por un ojo, me acercaba en silencio por el lado ciego, me sentaba a su lado, la cogía despacio, muy despacio, y le abrazaba, intentando animar su vida. La pava bizca se dejaba, no ofrecía resistencia. Era como si su propia vida ya no valiera nada, ya no tuviera sentido. Como estoy sensible con estos temas del abandono, sentí una gran compasión por ella.

Ella seguía caminando, pero cada vez se la veía más triste, más ausente. Buscamos un nuevo pavo con la esperanza de reanimar su ánimo, pero la empresa fue inútil. Ese no era su pavo, ella quería estar al lado de su pavo, de su gran pavo esbelto, hermoso, flamante. Al amor, cuando es verdadero, no se le puede distraer, no se le puede sustituir. Sigue ahí, permanece, en angustioso silencio, en agónica presencia, aunque el ser amado esté lejos, aunque el ser amado ya nunca vuelva. Sólo el Gran Espíritu de los pájaros, el gran Simorg, sabe lo que esa pava, esa pobre pava, ha sufrido en estos días.

Esta mañana ya casi otoñal, al alba, antes de la meditación, abrí temprano la puerta del corral. Extrañamente ningún ave salió a dar los buenos días. No le di importancia. No pensé que fuera el augurio de nada. Me marché tranquilo a meditar entra la niebla mañanera. Tras los rituales matutinos, nos pusimos a limpiar los troncos que irán en el futuro nuevo tejado. Escuché de repente algún alboroto en el corral. Me acerqué por curiosidad para ver qué pasaba. No vi nada extraño excepto a los patos que corrían de un lado para otro, como intentando avisar de que algo pasaba. Hoy he descubierto que los patos tienen una inteligencia y una sensibilidad especial. Hoy he sentido con mayor fuerza que nadie debería ir por ahí comiendo paté de hígado de pato, ni pato a la naranja ni pato de ningún tipo. Los patos deberían ser animales de compañía, como los perros y los gatos. No merecen ese trato, ningún animal lo merece.

Me acerqué corriendo para ver qué pasaba. Entré dentro de la pequeña cuadra y allí estaba la pava, la pava bizca, bocarriba, retorciéndose de un lado para otro mientras intentaba inútilmente ponerse en pie. Me acerqué a ella sin entender qué estaba pasando. Mi presencia la tranquiló. Noté su calma en la mirada. En un primer momento pensé que en su torpeza se había caído y no era capaz de ponerse de pie. La recogí del suelo con cuidado y la coloqué en una postura ideal. Pero sus piernas flaqueaban y se caía. La saqué fuera de la cuadra y la puse en el corral donde todas las aves la miraban con curiosidad, especialmente los patos, que se acercaban para protegerla. Entendí de repente la expresión “estirar la pata”… La pava de repente empezó a estirar la pata y colocar su cabeza de forma peculiar, mirando al cielo, suspirando los últimos alientos.

Veía ante mis ojos el que iba a ser el final de una vida que moría, sin duda, por amor. Me quedé a su lado. Puse música de fondo y acariciaba suavemente todo su cuerpo para que viviera el tránsito con calma. Los patos se acercaban cada vez más. También alguna gallina negra que debía haber confraternizado con la pava. Observaban la muerte sin entenderla. Sabían que algo no iba bien pero no sabían qué estaba pasando. El rostro de los patos era inquietante. Mi experiencia en los bosques me decía que estábamos llegando al final, y que sería cuestión de minutos. Permanecí sentado, acariciando su rostro, su pico, sus alas, a su lado, hasta el final. La pava bizca, la feucha pero hermosa fiel compañera murió con música de fondo, acompañada por un ser que de alguna forma la quería. Por un momento sentí un amor infinito hacia ese animal y un desgarro por su pérdida. Antes de enterrarla, me quedé un rato a su lado, mirándola, acariciando su cuerpo ahora sin vida. Pensaba mientras lo hacía en todos los pavos que morirán cruelmente estas próximas Navidades para celebrar una noche de amor. Sentí que toda esa gente no sabe nada de amor, no entienden nada de amor. Sólo la pava bizca, en su sensible y pequeña vida, ha comprendido la verdadera naturaleza del amor. Por amor vivió, por amor murió y ahora su amor vive en mí. Gracias querida por tu gran testimonio que llena mi vida de fe y esperanza. Descansa en paz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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3 respuestas a “Morir de amor…

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