Democratizar el conocimiento y las riquezas


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San Francisco de Asís amando a los animales y tratándolos de hermanos

Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto. (Mateo 13:22)

La censura hoy día existe, pero es sutil. Es creada por saturación. Hay tanta información, tantas cosas, que no importa lo que digamos o lo que expresemos o lo que sintamos en nuestro interior, caerá en un saco roto. Es la perfección de un sistema que ha conseguido afinar sus técnicas de manipulación masiva. Por eso ya casi no hay revoluciones, excepto cuando no podemos comprar cosas (acordaros de la crisis del 2008). Resulta paradójico. Si tenemos un sueldo y unos grandes almacenes cerca donde poder gastarlo, no pensamos, no actuamos, no nos quejamos y apaciguamos tranquilos los pastos y las veredas del conformismo. Sin cuestionarnos nuestras vidas, sin revelarnos ante ningún tipo de acontecimiento ni mirar hacia los cielos cargados de luminarias para preguntarnos qué hacemos aquí o para qué hemos venido, si la vida tiene algún tipo de sentido más allá de ir a los grandes almacenes con nuestro “cari” a comprar algún mueble inútil (a falta de “cari” propia, me encanta ver pasear a los “caris” en los grandes almacenes, me quedo embobado viéndolos, envidiándolos sanamente, observando sus sueños y sus manos entrecogidas, ignorando la ilusión de esa imagen que nadie sabe cuánto durará entrelazada en estos tiempos de futilidad en los muebles y en las relaciones). Las redes sociales hacen el resto. Nos atrapan, nos engullen, nos roban nuestro único tesoro verdadero: el tiempo. Con o sin caris.

Un amigo que trabaja en el servicio de inteligencia dice que el mayor temor del Estado no es el terrorismo ni el cambio climático ni siquiera los nacionalismo. El mayor temor es el paro. Si la gente se queda sin dinero, sin sueldo, sin trabajo, el caos se apodera del sistema, porque si no hay sueldo no puedes sobrevivir en un sistema perfectamente atado, sin posibilidad de salir. La hipoteca nos atrapa, las tarjetas de crédito nos atrapan, las tarjetas de fidelización nos atrapan sutilmente con sus excelentes descuentos, los créditos al consumo nos atrapan… Son las cadenas de nuestro tiempo. Es la esclavitud perfecta, la trampa perfecta orquestada de forma voluntaria por sus participantes. El panopticón social perfecto. No hacen falta esclavistas ni vigilantes, nosotros somos nuestros verdaderos verdugos. La autocensura es perfecta. Lo escribí en el libro “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el Nuevo Orden Mundial“, (del cual ya estoy preparando la tercera edición revisada): “a los esclavos de sí mismos”.

Los mercaderes de los que hablaba Jesús dominan todo el espectro. Sus deseos nacen de satisfacer la avaricia. Ya no desean cosas, desean cosas grandes, voluptuosas, impresionantes. No desean un coche, desean el coche más potente y más caro. No desean una casa, un apartamento, desean un palacete en una gran finca. La avaricia es el hilo conductor que sustenta todo el sistema. Lo llaman “progresar”. Si la avaricia quebrara, el sistema quebraría. Los mercaderes dejarían de comprar cosas grandes, y por lo tanto, no necesitarían mano de obra barata y sumisa que enriqueciera sus arcas. Las ganancias, la verdadera plusvalía, viene de nuestra esclavitud. Ellos necesitan nuestro jugo más valioso, el tiempo, para comprar grandes cosas. Y esa mano barata no se vendería si no fuera por la ilusión irreal de aspirar, con un golpe de suerte, a tener también cosas grandes. ¡Qué gran trampa! Luego vendrá la revolución robótica y el sistema se autorregulará a un nuevo orden social mundial. ¿Quién comprará las cosas si son los robots los que trabajan? ¿Y si los robots fueran nuestros avatares? Por ahí irán los tiros. Pero este es otro debate.

En nuestra pequeñez, nos conformamos con comprar un apartamento con balcón. Tener balcón es síntoma de grandeza dentro de nuestro ridículo círculo, porque de alguna forma quiere emular el jardín, la finca. Además, nos da distinción ante los vecinos que viven en zulos sin balconada. Como no podemos tener grandes cosas, nos compramos pequeñas cosas, pero grandes, aunque tengamos que pagarlas a plazos. Grandes móviles, mucha ropa, grandes televisores. En el fondo es una especie de avaricia que nació en un tiesto pequeño. La vida en las ciudades tiene una lógica demoledora, subversiva.

Como no podemos jugar a la bolsa, que es el juego ludópata de los ricos, jugamos a la lotería, que es el juego ludópata de los pobres. La ilusión es la misma, la sensación es la misma, pero a diferente escala. Los ricos invierten millones de euros, los pobres algunos céntimos, normalmente lo que sobra cuando vienes de comprar el pan, solo para una cosa: tener más, aspirar a más olvidando la lógica aplastante del mercado y de nuestro mundo: todo es limitado y los recursos no son infinitos. Por eso todo es calderilla cargada de ilusión, porque si por un remoto casual nos tocara la lotería, todo ese dinero lo utilizaríamos, sin dudarlo, en comprar grandes cosas, el coche más potente, la finca más grande, quizás un yate y un avión privado. Es como el balcón o la terraza, porque qué sería de la avaricia si no viniera acompañada de cierta vanidad. Por supuesto no todos los pobres ni todos los ricos son iguales, es sólo un símil, solo una idea para la reflexión de unos y de otros. Pondré un ejemplo ilustrativo, casi gracioso y ridículo para llegar al fondo de la cuestión.

Esta noche, como ya es ritual en este lugar, me metía en el pequeño gallinero para hacer recuento: dos patos, diez gallinas, un gallo y los dos pavos, el pavo y la pava bizca, pobre. Estaban todos, no faltaba nadie. A pesar de ser diferentes, de especies diferentes, de tamaños diferentes y de colores diferentes, duermen todos juntos, comparten el mismo espacio de amor todas las noches y por el día, durante las primeras horas, comparten el trozo de corral que les pertoca. A media tarde, cuando ya han puesto los huevos que luego degustamos agradecidos, les abrimos las puertas y campan libres por toda la finca, excepto los patos, que se van corriendo al estanque como si no hubiera más vida que ese chapuzón diario y excepto la pava bizca, que aún no sabe si es pato, gallina o pavo (vive en un mar de dudas quizás por esa media visión de las cosas, pobre). Esta finca no es de ricos, es de pobres, porque al igual que los pavos y los patos y las gallinas, la compartimos. La diferencia es significativa. No nos mueve la avaricia ni la codicia ni la vanidad de poseer nada, sino la necesidad y el estímulo de compartir, con amigos y extraños, con patos, gallinas y pavos, aunque sean bizcos. Esta es la ilustración, la visión, la consciencia diferente (y diría que urgentemente necesaria para que la avaricia no acabe con nuestro mundo).

Aquí el conocimiento es sutil. No nos esclaviza, sino que nos libera. Al no despertar en nosotros la avaricia (lo bueno de vivir en los bosques es que existen pocos estímulos), no deseamos tener ni poseer cosas. Queremos abrazar la naturaleza, comprender su misterio, enraizar con ella. Queremos pocas cosas que siempre compartimos. Es una apuesta compleja y difícil, arriesgada en los tiempos que corren, criticada, muy criticada, pero no es novedosa. San Francisco lo intentó hace casi mil años y Jesús, hace dos mil.

Mi querida Mercé, (hoy es su cumpleaños, felicidades hermosa alma), me regaló, a modo de guiño, el cuadro que comparto en este artículo. San Francisco fue un ejemplo puro de simplicidad voluntaria, lo que antes se llamaba votos de pobreza. Ahora somos más modernos y lo llamamos de forma diferente, pero en el fondo es lo mismo. San Francisco, al igual que su mentor Jesús el Cristo, combatió la avaricia mediante el decrecimiento voluntario. Ya lo dijo en muchos textos: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. “En verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”.

Realmente Jesús no se refería a los ricos ni a las riquezas en sí mismas que, si son compartidas, no hacen mal a nadie. El problema es el egoísmo que encierran en nosotros, seamos ricos o pobres, la avaricia y la vanidad que nos mueve. A día de hoy, esa avaricia (Weber decía que el capitalismo es una forma de ordenar nuestra avaricia, y por lo tanto es algo bueno) está destruyendo el mundo que habitamos. Por eso debemos buscar fórmulas para agitarnos, para compartir nuestras riquezas y convivir de forma humilde, con un bienestar mínimo, pero alejado de nuestras egoístas aspiraciones. Así que con vuestro permiso seguiré agitando las consciencias, sutilmente, pero despertando, al menos, la duda sobre lo que hacemos, de a quién le vendemos nuestro tiempo y lo más importante: para qué. Democratizar el conocimiento ha sido una gran revolución. Ahora nos queda pendiente democratizar las riquezas para que pavos y gallinas y patos puedan disfrutar por igual de una gran finca sin distinción de género, raza, creencia o condición social.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… ricos o pobres, gracias por democratizar vuestra riqueza… haré lo mismo con todo lo que aquí llegue… 

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