Cosas, gentes, ideas


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© Xavier Beaudoux

 

Debería opinar, sin ciencia, sobre el día de hoy. Pero hace tiempo que estoy alejado de la crítica política, y solo cuando realmente se despierta en mí algún tipo de deseo desbocado, como en años pasados, suelo hablar de lo que ocurre. Interiormente siento que ya no ocurre nada, que es más de lo mismo, que en una fecha tan señalada para algunos, hay poco de lo que opinar. Quizás sea por esa sensación de hartazgo, de falta de ilusión por ver que en lo político poco pasa. Falta liderazgo de verdad, faltan ideas integradoras, que unan y no que separen, que miren más allá de los ombligos.

Cuando las personas nos llenamos de cosas y vivimos en ese empacho constante, nos falta tiempo para las ideas. ¿Quién quiere hoy día fijarse en el mundo de las ideas?¿A quién le importa realmente en los tiempos vacuos que vivimos ápices de filosofía o pensamiento? La lucidez está arrebatada, escondida en los entresijos del silencio y la negrura. Las cosas han invadido el mundo, las ideas se han refugiado en lugares secretos e inhóspitos. Por eso estamos recogiendo los frutos de una política ciega, aturdida, egoísta.

Lo hermoso de vivir en la sencillez es que cada vez necesitas menos cosas, y por lo tanto, cada vez estás con mayor deseo de poseer ideas. Debo decir que ya son pocos los pensadores y los pensamientos que provoquen cierto regocijo. El mundo de hoy es un mundo aturdido, por eso no tenemos más remedio que refugiarnos una y otra vez en los clásicos de siempre, personas que, al parecer, vivían más cerca del misterio, de la incertidumbre, del pensamiento, del logos.

Me gustaría poder integrar una cuadrilla de librepensadores, pero de esos que andan desapegados inclusive de sus ideas. Que son capaces de sabotear cualquier condimento que pueda refutar cosas que parecían claras. Los lúcidos, los hermanos del espíritu libre, ya no campan alegremente como antes lo hacían. Pocas son las almas que hoy día puedan sorprendernos con algún atisbo de brillantez. Pocos los seres que puedas mirar con cierta admiración, a sabiendas de que viven en el mundo de la moral, que son intachables inclusive en la presencia que destilan, que dan ganas de enamorarse por la pura elegancia en la que viven.

En un mundo de exceso de cosas también faltan los valientes, aquellos que se radicalizan para demostrar cualquier asunto que pueda transformar el mundo, o al menos, algún tipo de visión del mundo. Las cosas nos acomodan, las diez mil cosas que decía el Tao. Las cosas ahora tienen más importancia que las personas, inclusive que las ideas. Ya no hay logias donde el pensamiento campe libremente, fraternalmente. Ahora solo hay los restos cadavéricos de cementerios dinosáuricos donde nadie arriesga ni un ápice por cambiar nada. Las cosas nos acomodan y nos encierran en una prisión invisible, dependiente, insulsa.

Sin embargo, aún siento cierta sensación de sorpresa en la naturaleza. Cuando veo cómo se teje la complejidad de la misma, puedo hallar ahí, en la más absoluta ausencia de cosas, personas e ideas, un campo inabarcable de inspiración y sosiego. Filtrar la mirada hacia la paleta de colores, hacia la intensidad de sombras y luces, hacia los sonidos naturales de un bosque o un río, me produce gran satisfacción. Sólo falta ese nefasto detalle de no poder compartir esa mirada mistérica con alguna lúcida visionaria cargada de ideas entrañables y profundas. Sólo hecho en falta eso cuando me maravillo ante la presencia del Dios intangible.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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