Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra


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Esta mañana, paseando entre cultivos de estevia en el valle del Tiétar, con la impresionante sierra de Gredos al fondo.

Me encantó hacer el viaje con mi ex, en mi ex coche, hacia un lugar que determinó para siempre mi vida cuando decidí, ante una sugerente oferta de trabajo, buscar silencio en un retiro vipassana en el valle del Tiétar para reflexionar sobre la misma. En el retiro olvidé pronto la oferta y desde dentro solo podía sentir una cosa: Camino de Santiago. Y allí empezó todo. Practicando los caminos, los caminos me vuelven a traer al punto de inicio. Cosas del Camino.

Anoche llegamos y pude dormir en casa de la familia de Ana, mi querida Ana, que tanto amor incondicional le tengo desde que nos conocimos en las cimas y crestas de tiempos pletóricos. Y allí dormí y luego, en el plenilunio del nuevo día, me fui dos pueblos más allá, siguiendo la hermosa sierra de Gredos, desayunando con esa otra familia espiritual que más allá de los convencionalismos, se crea en los planos internos.

Más tarde paseábamos por la finca que pretende resurgir, que desciende por el valle para crear un nuevo punto de luz. Y mientras paseábamos por las alamedas y los cultivos ecológicos de estevia me preguntaba cómo se podía activar ese punto de luz que quiere nacer. Y me acordaba de las frías mañanas en la ermita, allá en el septentrión, cuando solo una vela acompañada de nuestra fe y esperanza creaba el “anclaje” en las cimas de la meditación. Sólo atrayendo luz se puede crear un punto de luz. Sólo mediante la fuerza del silencio, de la meditación constante, del coraje por seguir adelante, de la intención que acompaña a todo propósito interior, puede crearse algo diferente, algo luminoso. Sólo la luz constante que se crea en el silencio puede atraer más luz. Esa es la clave firme para seguir avanzando. Ese es el secreto para que la llama continue.

Alguien murió y tuvimos que regresar corriendo a Madrid. Entré en el hogar lleno de libros y me sentí como en casa. Libros de Atalanta, de Steiner, incluso libros de Nous y de este menda. Libros por todas partes que intentan guiar nuestra mente, nuestras emociones, nuestras vidas y nuestros cuerpos por la senda de la unión, en el intervalo que desea integrar el cuaternario con la triada.

En la corrección del nuevo libro se compartió un verso de Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra”. Cansado por tanto viaje, me quedé fijamente mirando las letras, el verso entero, mientras yo mismo sentía que caía hacia abajo, como si de alguna forma mi cuerpo se adentrara en la tierra. Seguíamos corrigiendo el libro en este hermoso despacho cargado de madera y libros, pero yo seguía fijando el corazón en los versos: “Cuando mueren las personas realizadas, el aceite esencial de su experiencia entra en las venas del espacio viviente y agrega un destello al átomo, al cuerpo inmortal del caos”.

De repente me sentí realizado y comprendí el caos, comprendí todo el desorden de este tiempo, y vi como el aceite esencial había penetrado en el espacio viviente cuando el tarro que lo sostenía se quebró. Entendí todo, es como si de repente la vida se hubiera ordenado en un sentido superior, más amplio, como si de alguna forma, al igual que hiciera Roberto Plá, también hubiera llegado a la otra orilla, y desde allí, las cosas se vieran de forma diferente.

Y seguía leyendo apresurado, como si algún tipo de revelación hubiera inundado todo el ser, toda la experiencia, toda mi insignificante y ridícula vida: “Porque el espacio está vivo y se mueve como un cisne cuyas plumas relucen sedosas con el aceite esencial de la experiencia destilada”.

Sonó entonces música de Max Richter y entré en ese éxtasis sedoso, seducido por la experiencia de la vida, por la unidad de las cosas, por no querer, ya nunca más, entrar en la disputa, en el rencor, en la envidia, en el celo, en la desdicha. Sonaba el piano mientras caía como fruto maduro al vacío de la existencia y solo podía sentir paz. Como si la luz del pequeño “yo” se hubiera difuminado y algo nuevo naciera desde adentro.

Allí, en las venas de la tierra, uno siente el fluir de la savia, de todo aquello que se desliza en los planos invisibles, en la verdadera ecuación de un mundo diferente, atractivo, imprescindible. Ese mundo que alimenta al resto sin darnos cuenta, trabajando a cada instante para que los sabores, la belleza, la inspiración, sigan existiendo. Ese mundo al que se accede en el silencio, junto a una vela.

Ahora soy testigo de un mundo diferente. Sigo siendo insignificante, ridículo ante la inmensidad, cargado de errores, pero testigo de algo que muestra la vida amplia y deseo, como siempre, seguir compartiendo. Ya no importa lo que digan, ya no importa lo que piensen, si están o no de acuerdo. Ya nada importa, porque el fruto ha caído y el aceite se desliza en las venas de la tierra.

Estoy en Madrid, dormiré en esta hermosa casa. Mañana viajo al sur, al mediodía. Queda dicho.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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