Desde los tejados la vida se ve diferente


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Esta mañana reconstruyendo con sudor y lágrimas el tejado de la casa de acogida

Estar en el tajo es una expresión que intenta acercarnos a la difícil labor de aquellos que trabajan duramente con su cuerpo físico. En mis tiempos de estudiante solía tener trabajos duros, donde no me importaba hacer casi de todo con tal de sacar algún dinero para, básicamente, comprar libros y viajar algo. Recuerdo que leía las obras completas de Khalil Gibran mientras vigilaba el edificio del que sería el Hotel Les Arts, o leía cualquier libro que pudiera mientras trabajaba en cualquier cosa. Eran los tiempos en los que no había internet, y mi deseo era absorber lo “grande”, aún a sabiendas de lo difícil que era poder absorber desde lo pequeño en una consciencia que deseaba constantemente ensancharse.

Este siempre ha sido un dilema que me ha perseguido. Hoy lo pensaba especialmente cuando trataba de no caerme al vacío mientras intentaba desmontar el antiguo tejado de la casa de acogida. La podredumbre había llegado a las maderas y cualquier paso en falso podría haber acabado en una catástrofe. Ha sido un milagro que no cayera el tejado entero con las últimas nevadas. El peligro en estos tres días ha sido tal que he prohibido subir a nadie al mismo, excepto a una persona de máxima confianza y yo mismo. En algunos momentos, desde esos pequeños instantes de máximo peligro donde no sabías si el tejado se caería bajo mis pies, resoplaba interiormente y pensaba, más bien sentía, a esa consciencia ensanchada.

Solo una consciencia ávida y probada entiende la fragilidad de la vida, el mecanismo por el cual cualquier error puede acabar en tragedia. Me venía a la mente también la triste noticia de la muerte de Blanca Fernández Ochoa y pensaba en la fragilidad mientras arrojaba grandes losas de pizarra desde arriba al suelo. Un resbalón, un descuido, una torpeza, y todo se va al traste. Con estas letras me desahogo porque aún quedan dos días para ver la vida desde los tejados. Sentir la niebla matutina y su frescor y luego el intenso sol que está tostando las partes de mi cuerpo desnudo mientras toda la casa sufre este infortunio temporal. Las agujetas y el cansancio crecen y crecen cada día. Pero la ilusión por ver ese tejado cambiado puede más que todo lo demás.

Por las tardes intento descansar haciendo lo que más me gusta. Escribir algo, preparar la defensa de la tesis, trabajar en la editorial. Tengo mucho trabajo atrasado tras el verano intenso y me he propuesto no agobiarme, ir sacando poco a poco todo lo que pueda y estirar el otoño y el invierno desde el disfrute y el gozo de vivir. Ese gozo me resulta imprescindible ahora, especialmente cuando reflexiono sobre la necesidad de seguir adelante en el propósito interior. Porque, si somos tan frágiles, ¿por qué vivir pensando que somos eternos, y que la vida se alargará a nuestro antojo todo lo que podamos? La vida sobrevivirá a nosotros, quizás también alguna parte de nuestra limitada consciencia, algún átomo simiente que pueda unirse al océano consciencial. Pero nosotros, nuestro ego, nuestra personalidad, nuestro carácter, se extinguirá inevitablemente para siempre. Entonces, ¿para qué dejar las cosas para mañana pudiéndose hacer hoy? ¿Para qué retrasar nuestro verdadero propósito interior? ¿Para qué retrasar lo inevitable?

En estos momentos de mi vida siento que estoy haciendo lo inevitable, lo necesario, lo que realmente debo hacer, quiero hacer, vengo a hacer para apoyar a que la consciencia universal se ensanche. Eso me da cierta paz interior y me hace contemplar cómplice la vida de forma desapegada. Cada uno de nosotros es movido por una especial energía, pero siempre es necesario, mediante el impulso reconocible de nuestra inquebrantable voluntad, crear una dirección precisa para que nuestra aspiración interior pueda movilizarse realmente. A veces pasan los años y nos damos cuenta de que toda nuestra energía se consume en un circunloquio vacío, vacuo, sin sentido. Falta la dirección, la concentración necesaria para que las grandes losas que tirábamos desde lo alto del tejado cayeran en la posición adecuada, no se rompieran y así puedan servir para futuros suelos.

El esfuerzo fundamental de todo pasa inevitablemente por cierta renuncia, por cierto desapego. Siempre tenemos miedo a perder. Pero nunca entendemos esa máxima que nos advierte sobre la bonanza de las pérdidas. Perder algo significa que dejamos hueco para algo mejor. Si por mantener el tejado antiguo, por puro apego, hubiera quedado en su lugar durante unos meses más, posiblemente toda su carga hubiera caído al vacío. Lo viejo a veces se pudre y requiere renovación. Al sacrificar el hermoso tejado antiguo, vete tú a saber de qué tiempo, estamos salvando toda la casa.

Cada losa que lanzamos al vacío requiere un gran esfuerzo de concentración. Así es la vida, y así permanecemos en su fragilidad. Al mismo tiempo, también en su fortaleza, porque cada gesto, cada posición, cada momento de pura concentración, hace que veamos la vida de forma diferente. Sin duda, desde los tejados la vida se ve diferente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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