La ilusión de los hechos transitorios


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Después de muchas semanas, por fin estoy descansando en la pequeña cabaña, aquí en los bosques. La última semana la pasé en la casa de acogida, intentando entender sus energías, sus interacciones, sus infinitos movimientos hacia fuera y hacia dentro. Lo que allí se vive es muy intenso. Casi no hay tiempo para uno mismo. Hagas lo que hagas, siempre hay alguien que quiere explicarte algo, preguntar algo, hablar sobre algo. Era difícil encontrar un momento para estar a solas, excepto cuando ibas al baño o cerrabas los ojos en las meditaciones. Quise experimentarlo, quise entender toda esa secuencia humana, esa ilusión de hechos transitorios y ver qué ocurría. Debo decir que ha sido una experiencia hermosa, como si hubiera hecho mi propia semana de experiencia siendo uno más.

Realmente la vida allí es agotadora, al mismo tiempo que enriquecedora. Víctor Hugo decía aquello de que amar a un semejante es mirar de frente a Dios. Sin duda lo es. Amar al semejante de forma incondicional, ofreciendo la parte más valiosa de uno mismo que no es más que tu tiempo, tus recuerdos, tus sonrisas, tu dignidad. Ahora entiendo que todos esos años de teoría para poco han servido. Ni siquiera soy capaz de contestar algo inteligente cuando me preguntan sobre cualquier cuestión metafísica o antropológica. Me sonrío interiormente viendo la inutilidad del conocimiento académico que no puede ser expresado mediante la praxis. A sabiendas que la práctica no es más que el gesto minúsculo de esa complicidad que se consigue con una canción, con una sonrisa, con un abrazo. Más allá de eso, el amor se complica, se diluye, porque el amor, si no es sencillo, sino es francamente práctico, agradable, bello, armónico, simple, no sirve para nada.

De treinta hemos pasado a ser seis personas. Nos pusimos todos esta mañana, los que quedábamos, a cambiar el tejado viejo, el último eslabón perdido de un edificio antiguo que reclamaba ese cambio. Esta mañana, con el sol fijo en la cabeza, el cuerpo lleno de polvo y las manos agrietadas por el dolor de las piedras, observaba el milagro de que ese tejado, con todas sus maderas podridas y sueltas, haya sostenido durante estos cinco años esas grandes y pesadas losas. Ha sido todo un milagro que no se haya caído de repente encima de nadie. Por eso ahora me lleno de agradecimiento y tranquilidad al saber que por fin el último repunte de peligro real quedará reducido a escombro en una semana.

No sé si tendré tiempo de descansar, después de este agotador verano. Subir a los tejados no es algo que me motive especialmente, pero de momento es algo que tengo que hacer. Si San Francisco de Asís fue capaz de reconstruir cuantas ermitas encontraba a su paso, no seré yo, fiel mensajero de su palabra, menos en la obra. Cantaré así sus alabanzas y por cada piedra que recoloque, por cada nueva teja que cuelgue en ese edificio pensaré en su valía, en su milagrosa vida de ejemplo y beatitud. Si el amor no puede ser expresado de formas tan diversas, mejor que calle. Si ahora que soy capaz de ver un trozo de lino en las pesadumbres más oscuras no sirvo de la mejor manera, es mejor que me encierre en cualquier beata capilla y no mire nunca más al mundo. Pero ahora me siento con deseos de seguir apretando un poco más y pensar fielmente que de algo servirá todo esto. Si sobrecoge a cualquier corazón, ya está bien.

Sobre la ilusión de los hechos transitorios, aquellos que nos alejan del espíritu para pensar que somos algo así como inmortales, mejor dejarlos de un lado. Lo transitorio, lo que no perdura, no merece la pena. De ahí mi necesidad actual de arraigarme a lo sólido, de buscar firmeza material, emocional, intelectual y espiritual en todo lo que hago. Que así sea.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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