La muerte es un instante


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© Massimiliano Balò

Llegué el jueves a Galicia después de doce largas horas interminables en tren. Es cierto eso que dicen que allí está el fin de la tierra conocida. Más allá no hay nada y allí está todo. Al día siguiente repartíamos las tareas. Me asigné el limpiar los lavabos de la casa de acogida. Me puse los guantes y al poco rato de empezar a limpiar las letrinas recibí la noticia de que el hermano de mi madre estaba ya desplazando su vida hacia el otro lado. Una buena amiga me dejó su coche ya que el mío está también en tránsito. Me afeité las barbas, me duché y me enfilé con ropa limpia de nuevo a Barcelona. Estaba cansado y solo paré un rato para echar gasolina. No comí nada excepto algún trozo de bollería. Los ojos se me cerraban pero tenía que llegar como fuera antes de que terminara el velatorio.

Tras mi caminar por los Pirineos y la ruta cátara, días antes pude ver a mi tío con vida, bromeando como si la metástasis no fuera con él, lúcido como si la muerte fuera algo que había que soportar inevitablemente, pero sin mayor drama a pesar del cáncer terminal que sufría. Miraba con atención su coraje, su fortaleza interior, su dignidad. No quise saber nada de lo que había podido hacer en su pasado, fuera bueno o malo, fuera positivo o negativo. Sólo me interesó el estado valiente con el que aguardaba el momento final, aún siendo tan joven, aún estando en sus últimas horas.

Lo hermoso de la muerte es que une familias que hace años que no saben unos de otros. Si la muerte tiene algo hermoso, más allá de la propia regeneración de la vida, es que permite unificar, como el amor, a todos los que de alguna forma encierran dentro de sí algún tipo de lazo. Reconozco que mi familia y yo mismo somos peculiarmente desapegados, pero por un día, quizás dos, mientras ha durado el duelo y el velo, hemos podido estrechar algún abrazo, compartir alguna complicidad, mirarnos a los ojos y ver que, a pesar de nuestros aspectos ya cansados por la edad, seguimos siendo los mismos.
Mi padre fue el primero en marcharse, ahora mi tío materno, el único varón de la saga matriarcal. Supongo que ha medida que vas creciendo, la lista empieza a engrosar números incontables de seres queridos que empiezan a transitar al otro lado del espejo. Todos vamos muriendo, todos vamos directos a enfrentarnos con la inevitable verdad, con o sin consciencia de ella, y esto es lo importante de la tragedia en la que vivimos.

La muerte es un instante. Es silenciosa, excepto por los sollozos reprimidos de aquellos que se atreven a expresar abiertamente el dolor. La emoción de ver un cuerpo ahora sin vida cuando horas antes estaba tranquilamente bromeando sobre todo resulta siempre extraña. Especialmente si pensamos que a todos nos aguarda ese final. Primero morirá nuestro cuerpo físico. Se apagará como una flor que va despejando sus últimos pétalos. Luego nuestra energía, con el último suspiro, se diluirá en alguna parte, en alguna dimensión cuántica que de momento desconocemos. El cerebro se apaga, y también nuestro corazón, y con ellos, las emociones empiezan a diluirse. Y luego la mente, los pensamientos, hasta que ya no queda nada. Bueno, quizás sí, quizás la vida eterna, el alma, o el espíritu, o aquello que dicen nos hace inmortales. Sea lo que sea, la vida es un instante, algo breve, algo que se nos va de las manos sin darnos cuenta.

Hace calor en Barcelona. Mañana vuelvo a Galicia. Algo de mí también muere a pesar de las impresionantes ganas que ahora tengo de vivir. No sé como será mi final, pero es hermosa la tierna belleza de la muerte cuando es capaz de reunir a un grupo de lazos afectivos. Me gustaría poder hacer esto en vida. Veré cómo lo hago.

Feliz viaje querido Antonio. Otro Antonio de profundos ojos azules te estará esperando en el otro lado, allá en ese cielo soñado por todos.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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