Desafiar al infierno


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Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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