Como gestionar una microempresa desde los bosques


 

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Foto: Marian de Vicuña

Según el Instituto de Trabajo, una microempresa es aquella que tiene entre uno y nueve trabajadores. Lo mío es micro porque solo hay un trabajador con un sueldo milenarista y luego algunos aliados que echan una mano a cambio de algún dinero. Pago mis impuestos como todo hijo de vecino, pago el autónomo y vivo y trabajo en una cabaña en los bosques. El vivir en una pequeña cabaña, con un sueldo pésimo dirigiendo una empresa micro no es una buena carta de presentación para nadie. Algunos piensan que vivo una vida cutre porque materialmente he renunciado voluntariamente a ciertos lujos. Incluso por haber renunciado una y otra vez a suculentas ofertas de trabajo que me alejarían de esta vida aparentemente pueril. Sin embargo, me siento como un verdadero príncipe en un pequeño reino rodeado de árboles y montañas. Es cierto que es un poco cutre no tener tiempo para casi nada en un entorno como este. Especialmente en verano donde decenas de personas reclaman un miligramo de atención, una mirada, una charla o lo que sea en este lugar privilegiado. Mi carácter huraño y tímido a veces me aleja del ruido que en estos días crece ante la multitud que se acerca para disfrutar de este bosque, pero siempre guardo algo de tiempo para compartir una sonrisa, un abrazo o un rato de risas y complicidad con alguien.

Esta semana siento que todo se me ha ido de las manos. Las relaciones de pareja lo veo ahora como algo imposible. No se me ocurre ni por un momento fijarme en nadie, mirar a nadie, ni siquiera ilusionarme por nadie a pesar de los maravillosos seres que por aquí pasan todos los días. Miro a las mujeres y me noto lejano, ausente, como si esa realidad social hubiera desaparecido para siempre de mi vida personal. Nunca había experimentado algo así, pero ahora que lo hago, veo y noto que la sensación es incluso buena. Un año desprendiéndome de un duelo y un duelo que me ha llevado a otra realidad diferente, más amplia, más silenciosa emocionalmente hablando, más sencilla. No siento deseo. No siento apego. No siento emoción, no siento ganas de seguir compartiendo parcelas de privacidad con nadie. Ni flujos, ni saliva, ni sueños, ni espacios, ni aconteceres. Así estoy bien, gestionando el misterio de la soledad.

A pesar de que la economía va como siempre, con ese exceso de sacrificio por mi particular vida de servicio, que no de servilismo, es decir, por esa especial fijación mía de ser útil, que no sumiso, en estos días he recibido una noticia extraordinaria. Es una noticia que no me repercute a mí como persona, pero que sí repercute positivamente al proyecto que abandero desde hace unos años. Es una noticia que lo cambia todo y que posibilita que a partir de ahora mi vida se centre en otra dimensión diferente. Todo empieza con un viaje en octubre a Inglaterra, a la Brockwood Park School. Allí tendré la oportunidad de retirarme unos días gracias a la generosa invitación de unas amigas. De ahí partiré a las tierras del norte, a mi segundo hogar, como a veces me gusta llamarlo, aunque sea algo simbólico y reminiscente. Escocia siempre me espera, y ahora como una oportunidad mayor de ampliar los horizontes y reorganizar mi nueva vida.

Todo ello antes de dos juicios, el académico y el civil. El primero para doctorarme, por fin, en antropología. El segundo para doctorarme, por fin, como persona que aprende a luchar por lo que es suyo. Ambos juicios ya están ganados, porque de alguna forma, interiormente, siento por dentro una gran sensación de desapego y olvido. No me interesa el resultado, me ha interesado en todo momento el camino, la enseñanza, el aprendizaje. Y eso ya está ganado.

Así que aquí estoy, intentando gestionar una vida particular, desapegada, libre. Sin esperar ningún resultado de nada. Simplemente viviendo, siendo, intentando ser mejor, aunque en ello me esté ganando una fama exquisita en cuanto a enemigos se refiere. Cada vez tengo más personas que me odian por algún motivo, pero por cada persona que me odia, encuentro a diez más que desean apoyarme. Así que siento como la balanza juega de momento a mi favor. Uno huye despavorido y dolido, diez se aproximan. Todo está bien.

Sobre cómo gestionar una microempresa desde los bosques, bueno, pues así, improvisando, haciendo lo que se puede, renunciando a tener familia, pareja, dinero, estatus, reconocimiento y muchas otras cosas difíciles de cuantificar. Pero al mismo tiempo, con un cierto grado de felicidad por sentir ese resquicio de rebeldía interior, ese halo de libertad absoluta, esa conquista del ser, más allá del tener. Sí, una gestión complicada, pero nadie dijo que veníamos aquí a realizar cosas fáciles.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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6 respuestas a “Como gestionar una microempresa desde los bosques

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