Distopía, utopía, entropía


 

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© David Burdeny

Es medianoche en punto y debería estar ya durmiendo, pero hace una noche plácida, la gata Meiga no ha vuelto de su ronda nocturna y las baterías aún dan un poco más de luz en esta cabaña perdida en los bosques. Sentía una necesidad de decir algo en voz alta. Algo así como “lo estoy consiguiendo” o “ya me queda poco”. Venía a colofón porque al darme cuenta de que la segunda edición del librito que escribí en 2007 en la bahía de Findhorn está agotado, andaba preparando ya la tercera y releyendo sus páginas.

“Creando Utopías” fue un libro profético, como un mapa que me estaba escribiendo para indicarme el camino futuro. Aún no sé cómo en ese año, cuando sólo contaba treinta y tres años, podía divisar con tanta lucidez aquello por lo que tendría que luchar el resto de mi vida. Mi segunda decisión radical de dejarlo todo para perseguir mis sueños me costó muy caro. En ese momento aún no era consciente. Tenía ahorros suficientes para sobrevivir algunos años y nada sabía de la crisis que un año después pondría a prueba todas mis hipótesis. Ese libro fue premonitorio.

Releyendo sus páginas me doy cuenta de que ser coherentes con ciertos sueños tiene un coste relevante. Me doy cuenta de que esa obsesión mía por las utopías tiene también algo de distopía y de entropía. La utopía es compleja, requiere de un alto grado de sacrificio personal, de una alta idealización, a veces inteligente, otras torpe e ingenua. Requiere coraje, un añadido de locura y mucha fuerza para resistir a esa estructura que tanto describo en ese librito. Pero de alguna forma lo estoy consiguiendo. No en un estado puro ni absoluto porque la coherencia en este mundo tan complejo resulta casi una entelequia. Pero algo estamos andando.

Lo noto especialmente cuando veo que los “perros ladran”, como decía Sancho al Hidalgo Caballero. “Señal de que avanzamos”, respondía el gañán Quijote. Ahí está la sonrisa interior. Algo se está avanzando. Quizás algo minúsculo, casi ridículo, pero algo se mueve. Lo noto cuando la inteligencia está reñida con lo mediocre. Hay fuerzas mediocres que intentan una y otra vez arrebatar la lucidez, mancillarla, atosigarla con insignificantes pero puntiagudas agujas de dolor. Se clavan en la sien, en lo más profundo de ese lugar donde la luz alcanza a brillar. Es un dolor agudo que puede volverte loco si lo dejas excesivamente a su aire. Por eso ahora estoy aprendiendo a defenderme con cierta calma interior. No dejo que la estupidez o lo mediocre tenga fuerza. Simplemente lo ignoro, lo dejo pasar, esperando que la brillantez vuelva a relucir y a llenar el mundo con cierto colorido, alegría y amor. Eso sí, cuando la crítica se cierne de forma destructiva, la zanjo de forma drástica. Ya no tengo miedo al qué dirán, ya no temo, creo que nunca lo hice, a aquello que no gusta por el hecho de ser diferente y discordante al resto.

Si la rebeldía me ha servido para algo es para saber en cada momento que podía confiar en mí. Que no importaba cuantas veces me equivocara. Lo que importa del Camino es andarlo, sin prisa, y ver qué ocurre. Lo importante es caminar, practicar los caminos, abrir brecha sin miedo a equivocarse porque el equivocarse, el perderse, forma parte de la aventura del caminar. Hay algo de rebelde a estas horas, en este lugar. Es cierto que ahora tengo ciertas comodidades. Un tejado verde firme, una cama apoyada en ocho pilares, algo de luz. También la compañía de la gata Meiga que hoy ha decidido seguir su ronda nocturna. No hay mucho mérito en vivir en una cabaña en mitad de la nada. El mérito, el verdadero mérito es hacerlo porque realmente eso es lo que sientes y eliges libremente que debes hacer. La rebeldía, en un mundo de esclavos, consiste en poder elegir. Esa es la rebeldía, la utopía, la sensación sensata de poder construir lo que realmente percibes desde dentro. Y eso nadie me lo podrá negar, ni siquiera aquellos que ladran una y otra vez. Señal de que avanzamos, sin duda.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “Distopía, utopía, entropía

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