Ser una cucaracha no parece tan terrible


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© Sandra Herber

Gregorio Samsa soñaba que era una gran cucaracha. Kafka describió anecdóticamente como uno podía pasar de ser un tranquilo comerciante de telas a convertirse, de repente, en un gran insecto. Todos sufrimos alguna vez algún tipo de mutación o transformación, algún tipo de metamorfosis extraña. Yo mismo la he sufrido en estos meses. Ahora soy un individuo diferente. Tan diferente que estoy más próximo a las cucarachas que a lo que realmente era hasta hace muy poco. Justo en estos días hace un año que pasó algo aparentemente terrible.

Mi novia de entonces encontraba un trabajo y decidía marcharse lejos, a otro país, transformando mi mundo a partir de ese momento en una pesadilla kafkiana. El trauma y la transformación duró lo que dura un parto. Nueve meses. A partir de ahí, bajo las cuevas de Qumran, en pleno desierto israelí, mi vida empezó a deslizarse por otra dimensión anímica, por otras sensaciones emocionales diferentes. Entró en mí algo así como una nueva forma de entender las relaciones. En ese instante, ante la pasión del momento, la luna llena y el vacío que uno siente cuando se deja transformar por la experiencia, no me di cuenta de la mutación que empezaba a sufrir dentro de mí. Allí, en el desierto, empecé a transformarme en cucaracha, en un bicho raro.

Debo decir que he batido mi record en cuanto a soledad se refiere. Nunca, desde que muy tarde empecé a tener mis primeras novias, había estado tanto tiempo sin pareja. Las relaciones formales que durante tantos años he sentido como necesarias han dejado de existir en mi universo inmediato. Realmente no deseo ningún tipo de relaciones, al menos de esas que implican un compromiso y una responsabilidad estrecha en cuanto a la vida íntima. En este año he podido besar a dos mujeres, abrazarlas y desapegarme de ellas tan rápido como tan rápido pasa un veloz rapaz encima de su presa. Algo tan rápido y fugaz que ni tan siquiera pude saborear. Algo que nunca había experimentado hasta ahora pero que, de alguna forma, me ha liberado interiormente de unas ataduras y compromisos que no tenían ni pies ni cabeza.

He descubierto, a buena hora, que cuando una mujer se acuesta y yo me acuesto con ella, que diría el poeta, no implica necesariamente el tener que crear un vínculo inmortal. He descubierto que si una mujer te besa y te dejas besar por ella no tienes por qué inmolarte en la pila inmortal del deseo. En definitiva, he descubierto que ser una cucaracha emocional no es tan malo. Se puede sobrevivir a un beso sin mayor apasionamiento. Se puede sobrevivir a un abrazo sin necesidad de mucha más implicación, aunque el abrazo sea desnudo, sin cortapisas, sin estreñimiento. Incluso he descubierto que uno puede besar al prójimo próximo sin necesidad de estar enamorado, cosa que para mí, hasta ahora, era algo tabú.

Qué liberación más hermosa siento al no tener necesidad de compromisos emocionales. A buena hora, repito. Pero más vale tarde que nunca y más vale desnudarse poéticamente ante este nuevo relato desconocido, esta nueva forma de entender las relaciones humanas, este desapego inclusivo, abarcante, bello. Me siento un poco cucaracha en comparación a mi anterior versión. Algo más normal a la media, algo más distante, quizás algo más gusano. En todo caso, algo más insecto, sin mucha capacidad de sentir aquello que pueda hacerme daño y sin mucha ganas de repetir escenarios patéticos dónde la salud emocional pueda ser dañada por un plagio o una mentira. Me siento fuerte y libre, a buena hora. Y por ello, me siento algo más alejado de ese mundo de agua, de ese mundo escurridizo, de ese atormentado mundo astral, tan lleno de formas y colores y tan extraño para aquellos que vivimos más anclados en el mundo arquetípico. Me siento como caminando sobre las aguas. Me siento como volando a otros lugares más lejanos y diferentes. Sí, una cucaracha. Un gran insecto. Y no es tan terrible.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a “Ser una cucaracha no parece tan terrible

  1. Y pasa también que, igual que sentía Gregorio Samsa, tu sigues siendo tu mismo y entendiendo a los demás de la misma manera. Son los demás aquellos que no nos comprenden y no distingen en nuestra nueva forma a nuestro yo de antes.

    Eso exige una nueva liberación, aprender quién es uno mismo y pensar en estar satisfecho con ello, no estar intentando satisfacer a los demás, a aquellos que ni siquiera nos reconocen.

    TAF

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