Robar a los ricos para dárselo a los pobres


a

© Luca Eugeni

Cuando subo en un coche que vale más de cien mil euros algo en mí se rompe por dentro. Si fuera eléctrico al menos pensaría que todo es por la causa, pero cuando el coche tiene más de quinientos caballos de potencia y hago cálculos de toda la gasolina que consume imagino todo lo que se podría hacer con ese dinero y me da un síncope moral importante. Las grandes ciudades están plagadas de este tipo de ostentación. Es evidente que uno puede hacer todo lo que quiera con su dinero, pero me pregunto qué pasaría si algún día todas las mentes pudieran alinearse en una causa común donde la riqueza pudiera entregarse para crear un mundo mejor, más allá de nuestros egos, y no un mundo cada vez más ostentoso y perdido.

Por eso me gusta venir a la ciudad. Me siento una especie de Robin Hood que desea “robar” a los ricos para entregárselo a los pobres. A veces lo que robo solo son ideas, inspiración, formas de hacer las cosas para luego entregarlas al mundo de aquellos que carecen de ideas, inspiración o voluntad firme para llevar a cabo proyectos o mejoras en sus vidas. A veces no deja de ser un robo simbólico, pero admito que siempre hay algo de sustracción cuando cada vez más de incógnito, hago sugerentes incursiones a la gran ciudad.

El mejor de los robos es el desechar aquellas cosas que imprimen carácter al mundo egoico pero que nos alejan inevitablemente, por mucho que endulcemos nuestras vidas, del verdadero camino del alma o la consciencia. Podemos creer que somos mejores por dejar de comer esto o aquello o por poner difíciles posturas. Pero la virtud no viene marcada por modelitos y postureos más o menos espirituales. La verdadera virtud vendrá por nuestra conducta, a veces errática, a veces imperfecta, pero siempre con una intención clara de mejora, de exquisita generosidad, de cuidadoso respeto. Sea como sea, entiendo que cada cual hace lo que puede en su nivel conciencial y evolutivo, y que al final estamos aquí para aprender, para mejorar, para mejorarnos, mejor dicho, entre todos. Cuando hago recuento de la de veces que me equivoco al cabo del día, mi ingenua visión sobre la existencia se reduce a un halo de pobreza interior que intenta resurgir victorioso en la idea de que al menos “lo estoy intentando”. La mejora versa sobre la audaz forma de soportar lo a veces insoportable, de entender que la vida puede ser hermosa o cruel según como miremos interiormente todo cuanto sucede.

La moral perdida que se abre camino en los campos nada tiene que ver con la moralina encubierta que se destila en la ciudad. Y hablo de la ciudad porque acabo de llegar de ella y aún no he conseguido recuperarme del impacto que esta vez, bajo el manto de la sensibilidad natural que nace en la salvaje naturaleza, he sufrido en mis carnes corpóreas y etéricas. Realmente empiezo a entender por qué nos empeñamos en vivir  hacinados en esa masa gris. Todos queremos dinero, todos queremos un apartamento porque en el fondo todos queremos ser como los pudientes que tienen la oportunidad de marcharse a la villa del campo. Esta es la gran paradoja. Los desarraigados que vienen del campo quieren hacer dinero para volver al campo. ¡Qué gran absurdo! Y en ese juego macabro pierden su conexión con la consciencia, con la moral, con la ética, con los valores, con uno mismo.

Tener dinero es lo único que importa porque tener dinero te permite tener cosas, y por lo tanto, te permite llenar los vacíos provocados por el abandono de nuestros sueños, por el abandono moral de nuestras vidas. El dinero no mata en sí mismo, nos mata la avaricia y el egoísmo que encierra su uso. Engrandece el ego pero empobrece el alma hasta matarla de hambre. Por supuesto no es un problema de dinero, sino de todo aquello que hacemos o no hacemos con el mismo. Es la avaricia y el egoísmo lo que nos pervierte. Uno puede ser rico en todos los sentidos al mismo tiempo que se inunda de amor hacia los demás. Pero la tendencia es la de acumular y acumular dejando al resto en cierta cuneta extraña, anónima, invisible ante esos ojos rojos de avaricia.

Me he sentido extraño en la ciudad. Nací en una gran ciudad, me crié en una gran ciudad y ahora llevo nada más que cinco años viviendo en las montañas y sus bosques. Y a pesar de todo, sé que no podría volver a esa masa gris, con sus grandes coches contaminantes, con sus ruidos, con su tristeza. Sí, seguiré robando a los ricos sus ideas para dársela a los pobres, a esos pobres que vivimos aquí, perdidos en los campos, entre árboles, disfrutando amablemente de la grandeza natural. Pobres que no tienen nada. Pobres que solo esperan el próximo amanecer.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

2 respuestas a “Robar a los ricos para dárselo a los pobres

Responder a Editor Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s