Entre el colapso y la transición


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Ayer viendo el atardecer en la noche mágica de San Juan

 

Una de las mayores fortunas de este país me invita a dormir en su casa, en Madrid. También una conocida periodista, presentadora de televisión. Dispongo de un hotel de cuatro estrellas a mi entera disposición y casas por doquier en la capital del reino. Me siento tan afortunado y agradecido que decido marcharme a Vallecas, a uno de los hotelitos más baratos que encuentro con tal de no hacer ruido, de permanecer solo unos instantes en esta vorágine que es la gran ciudad.

Desayunos, comidas, meriendas y cenas una tras de otra. Algunas de trabajo y la mayoría por el placer de pasar un buen rato con buenos amigos. Amo a Madrid pero admito que cada vez me cuesta más estar entre tanto ruido, contaminación y gente. En la montaña, en la vida salvaje, perdí esa especie de capa opaca que nos inmuniza a todo esto. En la naturaleza te vuelves sensible. Los sentidos desarrollan una capacidad extraordinaria de asimilación de los contornos suaves, de las líneas maleables que se tejen en todo el espectro de color, sabor, olor, sonidos y tactos tan diversos y variables. En la ciudad solo hay un ruido ensordecedor, solo un color, normalmente gris, solo un olor como a cloaca o a colilla recién apagada. Solo hay un sabor amargo a amianto o a dióxido y monóxido de carbono.

Me duele la cabeza y solo llevo aquí un día. Deseo marcharme. Lo haría si no fuera por los compromisos adquiridos. Volvería al bosque, volvería de inmediato a la vida salvaje sin pensarlo. Ahora sé que no podría volver a eso que llamamos vida civilizada. Realmente esto me parece atroz, endemoniado. No es una crítica sin más. Es una realidad. La ciudad deshumaniza, intoxica nuestras almas, nos separa de la vida.

El fin de semana ha sido muy intenso e interesante. Tuvimos la gran suerte de disfrutar de una hermosa Ola que llegó suave desde la inmensidad del océano. Me sorprendió la profundidad de su mirada, la belleza hipnotizante de sus profundos ojos verdes. Cuando algo o alguien es bello te gusta contemplarlo anestesiado. A veces admito que siento cierto pudor al hacerlo, de ahí que tenga que disimular el amor hacia lo bello. Un amor sano, desapegado, maravillado. Un amor libre, pausado, tranquilo, maduro. Este amor por la belleza vino acompañado por un amor a la inteligencia y la elegancia. Llegó desde la capital de Europa un alto directivo, una persona exquisita, cortés, inteligente, educada, bello por dentro y por fuera, un enlazador de mundos. Con grandes inquietudes que me hizo coger notas de casi todo lo que hablaba. Eso me maravilló porque no siempre puedes tener la oportunidad de mantener conversaciones inteligentes, interesantes y que ayudan a pensar, a expandir la consciencia, a interrogarte sobre todas las cosas.

Así que esa doble belleza pudo pasear en la noche de San Juan por caminos y sendas que nos recordaban la importancia de la resilencia, de la renuncia, de la restauración, de la reconciliación entre lo humano y lo natural. Nos habló de la adaptación profunda que como especie necesitamos para no sucumbir. Nos habló del paseo del tiempo profundo, de lo insignificante que somos en comparación a la edad de la Tierra y de todo el daño que estamos ocasionando en tan solo doscientos años de locura tecnológica. Entre el colapso y la transición era el tema candente que nos hacía pensar sobre si aún estamos o no a tiempo de salvar el planeta, si se trata tan sólo de un pequeño resfriado, un estornudo cósmico, o de algo más grave y severo.

Viendo esta gran ciudad y todos sus avatares uno se vuelve grotescamente más a favor de las teorías del colapso al que estamos inevitablemente abocados. Pero cuando recuerdo el bosque, la pequeña cabaña, las montañas, los pajarillos y la belleza de cualquier puesta de sol, vuelve a mí la esperanza, la fe, la nueva buena. Me siento entonces pleno y glorioso y veo claramente que un nuevo mundo es posible. Muchas veces me pregunta por qué, pudiendo elegir entre la riqueza, decidí elegir la simplicidad voluntaria. Ahora lo entiendo mucho mejor. Si todos de repente lo hiciéramos, si dejáramos de consumir cosas y empezáramos a consumir atardeceres como el de ayer, experiencias, la vida de todo el planeta cambiaría para siempre. Esa es la apuesta, ese es el camino, cumplamos en la medida de nuestras posibilidades con nuestra parte. Hacer la vida más simple y sencilla es hacer la vida más bella y plena.

Gracias hermosas almas, gracias Cris y Fernando por tan hermosos paseos. Gracias por hacer la vida más bella con algo tan sencillo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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4 respuestas a “Entre el colapso y la transición

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