De la representación a la revelación


 

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© Andi Agusandi

Hay espacios que pueden servir de inspiración. A veces son lugares cargados de símbolos, por eso de que el arquetipo, a nivel inconsciente, es capaz de atraer verdades diferentes a las que la norma o lo normal suele hacer. Es decir, el símbolo sujeta en nosotros una realidad más amplia de la que estamos acostumbrados a ver. El universo es una tentación totalitaria inabarcable. Las representaciones sobre el infinito universo pretenden homogeneizar esa mirada finita y limitada con la reconciliadora sensación de aproximarnos a cierto misterio. Hay un discurso y una práctica, una regla que seduce al avispado emprendedor, al curioso que mantiene fija la mirada en esos espacios arquetípicos.

Todos los templos, sin excepción, suelen ser lugares que intentan representar de forma simbólica el universo entero. Todo templo tiene su bóveda celeste, su planta terrena, sus estrellas, su sol, representado por diferentes figuras, ya sea una cruz, ya sea un círculo o cualquier otro aspecto que nos acerque al astro rey. Comprender esta esencia nos acerca con respeto, tolerancia y humildad a una verdad mayor: existe una necesidad interior humana para acercar el misterio a nuestras vidas, y al no tener un mapa detallado para ello, lo representamos, a veces torpemente, para cobijar en esa representación un sentido único de existencia.

Es por eso que toda representación es una auténtica revelación para aquel que recibe la impronta de lo sagrado. Sagrado en cuanto alejado de las formas, de lo sustancialmente cotidiano, y más cercano a la vida extraordinaria que se teje misteriosamente en nuestro interior. El símbolo nos ayuda, pero la ausencia de los mismos, acercados todos desde el noble silencio, puede llevarnos a cuotas de interpretación mayores.

El espíritu siempre busca saciar su espiritualidad más íntima y profunda en estadios mayores de comprensión. No se trata de adivinar hacia dónde queremos dirigir nuestros pasos ritualísticos, sino más bien hacia qué. No es un lugar, es un estado del ser. Y el ser, por definición, es omniabarcante, no como entidad individual que plasma su limitación en un espacio-tiempo definido, sino más bien como expresión de un todo mayor capaz de penetrar cada minúscula partícula de realidad. El ser siempre se inclina para ver, para penetrar, para respetar cada punto de la creación, cada error, cada detalle, cada curva, cada esquina. No juzga porque el ser está instalado en cada una de las partes que compone el todo. Como buen holograma, solo requiere visión. Y la visión siempre llega en el silencio. Veinte minutos de silencio para poder acceder al portal que nos lleva de la representación a la revelación. Veinte minutos de silencio para que el Ser se instale en nuestro pequeño ser y seamos Uno con el Todo. Así opera el Misterio, en audaz silencio. Así se revela.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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