De vuelta a casa


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La semana ha pasado rápida. Trabajar tres veces al año en una oficina de ambiente internacional son mis verdaderas vacaciones. Es paradójico, pero es como tener un contacto directo con el otro mundo, con ese al que me costaría mucho volver si tuviera que hacerlo. Horarios, jefes, sueldos, comida rápida, todo el día inmovilizado en un espacio cerrado sin poder hacer otra cosa que trabajar. Sí, es extraño, pero son mis vacaciones y las disfruto, porque al volver al bosque siento profundamente que la vida que llevo no tiene precio, aunque a veces roce la marginalidad y la penuria.

Ginebra es un bálsamo interior. Me reconduce a mi esencia de alma libre y peregrina, y sé que mis límites están para no sobrepasarlos. Más de una semana en esa oficina sería asfixiante. Pero esos días que estoy trabajando como editor, en un ambiente agradable y con gente bonita me hace feliz, me convierte en un ser privilegiado que puede elegir, cueste lo que cueste, sobre su propio destino. También me pone alerta sobre cuestiones principales de la existencia. Como esas tentadoras ofertas de trabajo que me incitan a tener que elegir un destino u otro. La última nada más y nada menos que en Bruselas, en un ambiente político con suculentos privilegios. Pero solo pensar en esa posibilidad me pervierte interiormente, y me anula en mi experiencia actual. De momento deseo tener control sobre mi destino, o al menos, me gusta esa sensación de saber que lo que estoy haciendo es realmente lo que deseo. Eso me da fuerza y valor para seguir adelante, cueste lo que cueste.

Esta madrugada, cuando a las cuatro venía el taxi a recogerme para trasladarme al aeropuerto, sentía bajo los pies de los Alpes que se entreveían a lo lejos esa sensación de fortuna. El taxista, hijo de emigrantes gallegos, hablaba con cierta emoción de lo bien que vivimos en España. Suiza es un buen país para ganar dinero y prosperar en el plano material, pero falta cariño, emoción, amor. Escuchaba atento a este hijo del destino que se sentía totalmente suizo, pero que en cierta forma añoraba nuestro estilo de vida.

En dos horas ya estaba en España. Vista desde los aires es un país hermoso. A vuelo de pájaro puedes comprobar la privilegiada naturaleza que nos envuelve, su clima, sus gentes, su música, sus culturas. Aún puedes encontrar bosques donde habitar una cabaña y llevar una vida simple. Este fin de semana me han invitado a disfrutar de unos días en la playa. Mientras espero en el aeropuerto, me gusta la idea de poder desconectar del mundo en un ambiente diferente. Pasear con buena compañía, disfrutar de unos paisajes que prometen belleza y paz. Estoy feliz por los regalos que estoy recibiendo. Ya tocaba un poco de paz. Me alegra saber que más allá de toda tormenta puede venir cierta calma. Especialmente esta calma interior que ahora siento. Me gusta el poder permitirme el cuidar de mi niño interior y alimentar con ello sus ganas de vivir y aprender.

Buen trabajo en Ginebra, feliz por todo lo compartido allí y por el trabajo que suma para traer lucidez al mundo. Ahora de nuevo a la aventura del vivir. Me espera un bonito fin de semana que espero disfrutar al máximo en esa playa perdida.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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